El profetismo en la mística de Santa Teresa

Extracto de la Conferencia del P. Saverio en el Congreso ALACAR, 29/10/2015

Hablar de Teresa a todos vosotros, familia carmelitana, es algo más que dar una conferencia de tipo académico o una meditación espiritual...

El profetismo de Teresa se resume hoy en una palabra y en un testimonio no aprendido en los libros o en un aula universitaria, sino gracias a la manifestación de su Espíritu y de su poder. Su profecía tampoco es una explosión de entusiasmo carismático, que se manifiesta de modo informe, emocional, irreductible a una formulación racional. Teresa, por el contrario, se esfuerza continuamente en interpretar, verbalizar y comunicar su experiencia mística, siguiendo también aquí la enseñanza de san Pablo: «El que profetiza habla a los hombres para su edificación, exhortación y consuelo [...] En realidad es más grande el que profetiza que el que ha recibido el don de lenguas, a menos que este no pueda interpretar, para que la asamblea sea edificada» (1 Cor 14,3-5). De este modo, de la mística brota un anuncio, un discurso profético dirigido a la Iglesia y al mundo, del cual es posible individuar los puntos y los temas cruciales, aun sabiendo que como todo discurso, admite diversas interpretaciones y formulaciones.

  1. « Y el Verbo se hizo carne » (Jn 1,14)


Teresa nos coloca ante el Dios visible, ante el escandaloso Dios «menor», que nos obliga a buscarlo no en la indeterminada lejanía de los cielos, sino en la proximidad de la carne, en lo concreto de su fragilidad, de sus heridas, de su «imperfección». El Dios Altísimo, mas allá de toda definición, es reconocible solo como el Dios bajísimo, que se hace infinitamente pequeño, hasta el punto de hacerse, no solo carne, sino pan que nutre esta carne, aceite que la unge, agua que la baña, vino que la restaura. Es un Dios que se hace carne para «modelar» nuestra carne, para plasmarla, transformarla y hacerla igual a la suya. Por eso la carne de Dios es una carne viva y dinámica, es la persona del Hijo que nos lleva de la mano, nos acompaña en el camino, no nos deja solos hasta que no alcanzamos la meta.

Junto a la verdad revelada de Dios como Amor misericordioso que se acerca cada vez más y se asemeja al hombre, Teresa insiste sobre la verdad de la condición humana. Este segundo aspecto se ha quedado un poco más en la sombra, pero no es menos importante que el anterior. El hombre, advierte Teresa, incluso cuando alcanza las cotas más altas de espiritualidad, no podrá ser nunca puro acto de voluntad, quedarse absorto en amar a Dios. Aun cuando lo desee, eso no es posible en esta tierra. Constantemente y hasta el último momento, la voluntad necesita ser acompañada por el intelecto, que le muestra el objeto de su amor. La vida del hombre está hecha de espacio y tiempo, es una vida que transcurre y discurre. Por lo tanto, no es pensable que el hombre pueda llegar a «pararse», por decirlo así, en Dios y en el amor de Dios. El hombre tendrá siempre necesidad de su cuerpo, de ejercitar los sentidos, la memoria y el intelecto en su relación con Dios. Pretender prescindir de ello sería un peligroso acto de orgullo. La oración del hombre es siempre, hasta el final, la oración de un peregrino: «Pues créanme y no se embeban tanto, como ya he dicho en otra parte, que es larga la vida y hay en ella muchos trabajos y hemos menester mirar a nuestro dechado, Cristo, cómo los pasó, y aun a sus apóstoles y santos [...] Y la que dijere que es un ser tendríalo yo por sospechoso [...] y así lo tened, y procurad salir de este engaño y desembeberos con todas vuestras fuerzas y, si no bastaren, decirlo a la Priora para que os dé un oficio de tanto cuidado que se quite el peligro; que al menos para el seso y cabeza es muy grande, si durase mucho tiempo» (6M 7,13).

La contemplación y el amor de la persona humana no pueden ser tan absorbentes que resten fuerzas a la actividad mental, imaginativa, afectiva. El desafío de la contemplación cristiana es el de vivir la relación con Dios en medio de las vicisitudes de la historia, tal y como hicieron Jesús, María y los santos. Hay un profundo realismo y una aguda sensibilidad ante el valor de la historia y de la condición terrena en esta posición de Teresa, que definiría como radicalmente anti-gnóstica.

Veo en esto un aspecto central de su profetismo, ante una humanidad y una Iglesia siempre tentada de transferir el punto de encuentro con Dios de la carne de Jesucristo y de la carne del hombre a otro lugar, más espiritual, más puro, menos «doloroso». Pero esta no sería la verdadera contemplación, sino el enésimo intento del hombre de procurarse un bien ilusorio, evadiéndose de la historia y de la propia verdad, que es siempre muy pequeña, muy baja, muy humillante. Dios ama al pobre, al que se rebaja, no al que pretende elevarse hacia las alturas celestes, que, en realidad, no existen, porque -nos dice Teresa- el único cielo verdadero es la historia de un Dios que es comunión en sí mismo y con la humanidad en camino.

2. « Ellos están en el mundo, pero no son del mundo » (Jn 17,11.16)


El hecho de ser contemplativa y monja no le hace a Teresa huir de la historia, porque su Dios la espera precisamente ahí, en medio de la lucha de cada día. Entre los muchos textos de sus escritos que se pueden citar, recuerdo uno de los más famosos, extraído de las Fundaciones (5,15-16): «Aquí, hijas mías, se ha de ver el amor, no en los rincones, sino en mitad de las ocasiones [...] El verdadero amante en toda parte ama y siempre se acuerda del amado. ¡Recia cosa sería que solo en los rincones se pudiese traer oración!».

Con todo, la inmersión en la historia, el vivir en el mundo va siempre unido a un deseo impetuoso de la patria, del arribo definitivo. No se entiende a Teresa si se olvida o se subestima esta tensión escatológica, que una vez más la acerca a san Pablo, a su deseo de «ser liberado de este cuerpo para estar con Cristo» (Flp 1,23). La libertad de Teresa, su juicio crítico con relación a los condicionamientos culturales y sociales de su tiempo no se explican sin esta «reserva escatológica». Teresa es capaz de relativizar tantos principios absolutos del mundo que la rodea porque su experiencia de Dios le muestra la provisoriedad y la visión parcial de todo eso. «Todo se pasa, Dios no se muda». Teresa se ha podido adentrar tan profundamente en las batallas de la historia solo porque su corazón permanecía libre y su mente lúcida, centrados los dos en la fidelidad inquebrantable de Dios. Quien hace la experiencia del todo de Dios no podrá nunca cambiar los muchos fragmentos de verdad y de error, inextricablemente mezclados en el puzle de la historia, por el todo. «La verdad que se me dio a entender, es en sí misma Verdad, y es sin principio ni fin, y todas las demás verdades dependen de esta Verdad, como todos los demás amores de este Amor, y todas las demás grandezas de esta Grandeza» (V 40,4).

Aquí no importan las ideologías o las posiciones políticas. El profetismo no es ni de derechas ni de izquierdas: es más bien una luz y una fuerza que viene de lo alto y al mismo tiempo de lo más profundo de nosotros mismos, como ha dicho de forma insuperable San Agustín. Si la oración y la contemplación son un anhelar esta luz y esta fuerza, entonces no puede existir un factor de transformación más potente en la historia del mundo. Como decía Teresa del Niño Jesús: es el punto de apoyo que permite levantar el mundo (Ms C 36). La oración no es simplemente un lugar de expresión de la propia piedad o del proprio afecto religioso hacia el Señor: es un espacio/tiempo en el mundo que libera a la persona de una red invisible de condicionamientos y la introduce en una visión diversa del mundo, es una mirada desde fuera, que posibilita un modo diferente de juzgar y de actuar. Si la oración se redujese a un puro ejercicio espiritual, desencarnado, sería también ella un pedazo de mundo, una forma de «mundanidad espiritual», como dice el Papa Francisco citando a Henri de Lubac.

  1. « ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si luego se pierde a sí mismo?» (Lc 9,25)


Teresa tiene una clara percepción de la altísima dignidad de la persona humana y de su inabarcable misterio (cf. 1M 1,1). Ya podemos esforzarnos -dice Teresa- que no llegaremos nunca a comprender «la belleza de un alma», porque está plasmada a imagen de Dios y participa, por lo tanto, de su ser inefable. El hombre es morada de Dios. Pensarlo «vacío» es una abstracción: «No nos imaginemos huecas en lo interior» (C 28,10), dice Teresa a sus hijas. La visión teresiana del hombre es, si me permitís el término, «teófora»: el hombre es, en sí mismo, en su constitución, portador de Dios, habitado por el huésped divino.

Esto tiene, evidentemente, consecuencia sobre el modo de concebir el desarrollo de la persona humana, su crecimiento moral y espiritual. El hombre originariamente no es un «yo», sino un «tu». Solo profundizando en esta relación de encuentro y amistad con aquel por el que se siente interpelado, el hombre se conoce y puede alcanzar su identidad, su yo auténtico. Es grosso modo lo que Teresa ha comprendido al oír en la oración a Jesús que le decía: «Búscate en mí»", y al mismo tiempo «Búscame en ti», como Teresa escribirá en la poesía «Alma, buscarte has en Mí».

Sin ser demasiado consciente, pero se puede decir que ataca las raíces nuestro individualismo moderno. La persona, si quiere ser dueña de sí misma, debe aprender no a afirmarse, sino más bien a «recogerse»: «No se canse de acostumbrarse a lo que queda dicho, que es señorearse poco a poco de sí mismo [...] Si hablare, procurar acordarse que ha de oír quien hable dentro de sí mismo; si oyere, acordarse que ha de oír a quien más cerca le habla» (C 29,7). Esto, naturalmente, requiere el ejercicio de las virtudes pasivas, que son el fundamento de las virtudes activas. La humildad es la base de todo edificio: «Este edificio todo va fundado en humildad» (V 12,4). Pero la humildad teresiana es, como sabemos, «andar un alma en verdad delante de la misma Verdad» (V 40,3). Vivir esto es entrar en el conocimiento profundo de lo que somos y de lo que es Dios, de lo que nosotros podemos y de lo que puede Dios (cf R 28).

4. « ¿Quién es mi prójimo? [...] El que ha tenido compasión de él » (Lc 10,29.37)
La transformación antropológica producida por la experiencia de Dios se manifiesta, en la relación con el otro, a través de la «compasión», concepto que en el lenguaje de Teresa a menudo se expresa en término de «lástima» («haber/tener lástima», «hacer lástima», etc.). Teresa se aflige por los sufrimientos, las dificultades, los trabajos, los pecados del otro, ante los cuales no puede quedarse indiferente ni ociosa. La pena por el otro es como un aguijón que la empuja a socorrer al prójimo, ya sea con la oración, con la palabra, o con la cercanía afectuosa y comprometida. De no ser así, podríamos dudar seriamente si nos hemos encontrado realmente a Dios.

«Procurad, hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios, ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren... mientras más santas, más conversables con sus hermanas [...] Procurad entender de Dios en verdad que no mira a tantas menudencias como vosotras pensáis; y no dejéis que se os encoja el ánima y el ánimo, que se podrán perder muchos bienes» (C 41,7-8). Por eso Teresa no soporta las personas cerradas y replegadas sobre sí mismas, «almas encapotadas» (5M 3,11) las llama, muy atentas en saber en qué grado de oración se encuentran y preocupadas para que nada las aparte de su recogimiento. «Cuando las veo -dice Teresa- me convenzo que todavía no saben cómo se llega a la unión».

La contemplación, en cambio, -en una época de pasiones frías y de razón calculadora- nos hace vulnerables, indefensos ante el rostro del otro y «nos pone -como María- rápidamente en camino» hacia el otro (cf. Lc 1,39). No es la fuerza de una voluntad estoica o de un rigor férreo. Teresa ha tenido que combatir contra esta imagen de perfección entendida como «imperturbabilidad». Es la agudeza de la sensibilidad, la generosidad del servicio, la alegría vital de la comunión.


«Donde hay religiosos, hay alegría», ha dicho el Papa Francisco. No es la alegría que proviene de un bienestar superficial. Es el gozo de quien vive a un nivel más profundo, saboreando la belleza de ser hombres, de tener un alma, un corazón habitado por Dios y por eso humilde, capaz de alabanza y de compasión.

Concluimos diciendo que la mística de Teresa sea una mística profética, que juzga nuestra historia y denuncia las desviaciones, ilumina sus lados oscuros y desvela los errores. Se trata de un profetismo que, aun manteniendo su firmeza, no pierde el encanto de la ternura, el calor de la humanidad. Este tipo de profetismo no es el resultado de un análisis sociológico, no es la conclusión de un discurso moral ni la sentencia de un proceso judicial. Es la expresión de un pathos, de una experiencia de amistad, en la que Dios ha querido compartir con una criatura su pathos por el mundo.