Jesús Castellano Cervera, ocd

Una de las imágenes más características y originales de santa Teresa para describir los procesos de la vida espiritual, es sin duda la del gusano de seda y su metamorfosis en blanca mariposa.

La introduce la Santa en el libro del Castillo interior, como una imagen dentro de la metáfora general del «Castillo encantado sin relación directa con el conjunto». La imagen del gusano de seda entra en juego para expresar un momento característico de la vida espiritual: la oración de unión y sus efectos transformantes, el nacimiento de la nueva criatura. Sin embargo, Teresa tiene conciencia de que la imagen podría servir de base para explicar todo el proceso interior de transformación, desde las primeras etapas hasta la muerte de la mariposa. De hecho, establece una comparación entre los principios de la vida espiritual y los primeros pasos del gusano de seda; la mariposilla continúa revoloteando por las sextas y séptimas moradas, pero ya Teresa ha encontrado otra imagen expresiva para estas últimas etapas de la vida espiritual: el matrimonio...

 

Vamos a tratar de captar la resonancia de la imagen, tal como Teresa la presenta en las Moradas V, c. 2. Dejemos que el símbolo que por naturaleza es polifacético, se nos revele en todas sus dimensiones. Es esta su función: expresar lo inefable, comunicar lo que no puede encerrarse en los límites del lenguaje verbal o conceptual; revelar la experiencia, introducir en el misterio.

Naturaleza y literatura

El primer plano del simbolismo es la observación y la descripción del fenómeno natural del gusano de seda. Teresa la hace con precisión como si se hubiese dedicado a la cría del gusano.  Y sin embargo nos sorprende su afirmación: «que yo nunca la he visto, sino oído, y así si algo fuere torcido no es mía la culpa». Pero el P.  Gracián corrigió el autógrafo y añadió al margen: «así es que yo la he visto». Un pequeño misterio. Teresa escribe estas páginas en 1577, quizá por el mes de julio; podía haber visto el gusano de seda en su viaje a Andalucía, donde habían introducido su crianza los árabes: pero parece que no fue así; la corrección del P. Gracián podría significar que al leer estas páginas el buen amigo de la Santa, le llevó como regalo algún gusanillo para que pudiese tener experiencia de lo que tan lindamente había escrito en el libro.

Es cierto que Teresa había podido leer una referencia a «la palomica que sale del gusano de seda» en uno de sus libros espirituales preferidos, El tercer Abecedario de Francisco de Osuna (Tr. 16 t. c. 6), pero la alusión del franciscano no tiene la riqueza literaria y la aplicación simbólica que le da el libro de las Moradas.

Desde el punto de vista literario la descripción teresiana está muy lograda, es una página bella de la lengua castellana, donde la abundancia de diminutivos confiere al conjunto una gracia especial, como si se tratara de un encaje de palabras, de una observación al microscopio. Teresa introduce su descripción  con  una nota de alabanza al Criador: «Ya habréis oído sus maravillas en cómo se cría la seda que solo Él pudo hacer semejante invención y cómo de una simiente que es a manera de granos de pimienta pequeños… , con el calor en comenzando a haber hoja en los morales comienza esta simiente a vivir …, y con hojas de moral se crían, hasta que después, de  grandes, les ponen unas ramillas y allí con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y hacen unos capuchillos muy  apretados a donde se encierran, y acaba este gusano que es grade y feo, y sale del mismo capucho una mariposica blanca, muy graciosa»  (MV 2, 2).

Teología y espiritualidad

Desde la base simbólica Santa Teresa se eleva a una aplicación en la que sabiamente conjuga afirmaciones teológicas y recursos espirituales. Con un trazo vigoroso presenta el camino de la vida cristiana en su dinamismo hacia la transformación del hombre nuevo:

«Entonces comienza a tener vida este gusano, cuando con el calor del Espíritu Santo se comienza a aprovechar del auxilio general que a todos nos da Dios y cuando comienza a aprovecharse de los remedios que dejó en su Iglesia, así de continuar las confesiones, como con buenas lecciones y sermones, que es el remedio que un alma que está muerta en su descuido y pecados y metida en ocasiones puede tener. Entonces comienza a vivir y vase sustentando en esto y en buenas meditaciones, hasta que esta crecida, que es lo que a mí me hace al caso» (lb. 3).

He aquí descrita la primera etapa de la vida espiritual, común a todos los cristianos. Una vida que crece y se alimenta bajo el calar maternal del Espíritu Santo, como agudamente recuerda Santa Teresa. Una vida auténticamente cristiana que tiene como alimento la palabra de Dios y los Sacramentos de la Iglesia. Su comida es Cristo y en Él va a ir creciendo hasta una plena transformación.

Llegado el momento de la madurez se realiza la extraña y maravillosa metamorfosis; (pues crecido este gusano …, comienza a labrar la seda y edificar la casa donde ha de morir. La casa es Cristo.

La progresiva cristificación del alma se realiza a través de sus obras que son el ejercicio de las virtudes cristianas mediante las cuales dejamos espacio a Dios en nuestra vida reduciendo a la impotencia el egoísmo natural, como se explicará más adelante, en una maravillosa «sinergia» entre la gracia y la colaboración humana.

En este delicado momento se realiza la transformación, una experiencia de «conversión» donde el hombre viejo deja paso al hombre nuevo.

Biblia y patrística

Un texto bíblico bautismal de la Carta a los Colosenses (3, 3-4) confiere a la metáfora teresiana una hondura insospechada. El gusano de seda que muere en su capucho para que nazca una mariposa blanca muy graciosa, es la figura del cristiano que se sumerje en Cristo y en Él resucita a vida nueva. «Esta casa querría dar a entender aquí que es Cristo»; es la referencia a una experiencia vital de comunión, de «esconderse», de «revestirse», en Cristo. La vocación paulina fluye espontanea no obstante la imprecisión de la cita literal: «En una parte me parece he leído u oído que nuestra vida está escondida en Cristo, o en Dios, que todo es uno, o que nuestra vida es Cristo». La última frase podría evocar otros textos paulinos que hablan de una experiencia de vivir en Cristo (Cf. Fil.  1, 21), y evocan la gracia bautismal de la vida nueva. Santa Teresa en su lenguaje espiritual juega con una terminología paulina inconfundible, aunque no haga citas explícitas; resuena el imperativo cristiano de «morir» para «Vivir»; resalta la «nueva vida», fruto gratuito de la gracia de estas moradas, sobre el fondo de la «antigua condición humana». Se apunta a una típica experiencia «pascual», de la muerte a la vida, del hombre viejo al hombre nuevo; el contraste entre el gusano que se arrastra y la mariposa blanca que vuela libre por las alturas, encarece la novedad absoluta, la gracia de la «metamorfosis» espiritual. La temática paulina confiere a la metáfora y a la explicación teresiana una recia contextura teológica. La imagen de la naturaleza ilustra la posibilidad de una transformación maravillosa y es una catequesis simbólica de la resurrección de la pascua de Cristo y del cristiano.

Los Padres de la Iglesia ya habían utilizado en su catequesis el motivo del gusano de seda y su transformación. El texto más explícito es el de San Basilio que la explicación coincide con cuanto dice San Ambrosio de Milán. El texto de Basilio: «Vosotros que reusáis creer en lo que dice San Pablo cuando os habla del cambio que se realizara en la resurrección de los cuerpos, (¿qué diréis al ver que se transforman tantos insectos del aire? Como se dice de ese gusano de las Indias …, que se transforma primero en insecto.  Después se convierte en una larva; pero no se queda solo con esta forma, sino que se proporciona ágiles y grandes alas, pues cuando vosotras, mujeres, os sentáis para devanar su trabajo, quiero decir los hilos que nos envían los chinos para la confección de vestidos de seda, acordaos de la transformación del insecto; tomad conciencia clara de la resurrección y no reuséis dar fe al cambio que Pablo promete a todos».

Teresa con su explicación entra de lleno en la corriente patrística y le añade una original aportación de valor místico y mistagógico.

Mística y mistagogía

Ya lo hemos dicho. El símbolo es el vehículo de una experiencia mistica inefable, el recurso de una pedagogía que quiere introducir en el misterio, en nuestro caso la metáfora del gusano de seda tiene las dos funciones.

Experiencia mistica. Lo que Teresa ha expresado aquí de una manera impersonal corresponde a su propia experiencia de vida. Ella misma ha vivido esta transformación, se ha sentido una criatura nueva, ha gozado de una nueva libertad, como si le hubiesen nacido alas. Con el momento de su conversión empezó para Teresa una metamorfosis como un cambio radical, fruto de la gracia. Ella escribe en el capítulo 23 de la autobiografía: «Quiero ahora tornar a donde dejé de mi vida … Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía: la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de mis malas costumbres y obras. Sea el Señor alabado que me libró de mí. Es esta la vivencia teresiana en la encrucijada de su vida. Una página más adelante nos habla de su experiencia de liberación interior, una gracia del Espíritu Santo (Vida 24, 5-6). Quedó nueva. Como una mariposa a la que le ha nacido las alas de libertad en el amor de Dios y del prójimo.

La experiencia Teresiana puede ser ejemplar. La fuerza de la oración de unión descrita en la V morada es precisamente esta transformación interior al calor incandescente de la vida de Dios; «¡Muera, muera este gusano, como la hace en acabando de hacer para lo que fue criado! y veréis como vemos a Dios y nos vemos tan metidas en su grandeza como lo está este gusanillo en este capucho. Mirad que digo ver a Dios, como dejé dicho que se da a sentir en esta manera de unión» (M V 2-6). Momento crucial, experiencia mística de pocos, vivencia de transformación interior como la que se goza en la gracia de una conversión; como la de Pablo; evocación de la transformación sacramental del Santo Bautismo y de su experiencia a través de los momentos importantes de la vida espiritual que supone un «revivir» la gracia del propio bautismo.

Pero también santa Teresa nos lleva por el camino de la pedagogía mistagógica. Hay una posibilidad de colaborar en la obra de Dios, como un ir tejiendo el capucho en el que se nos da la posibilidad de morir y resucitar: «Pues ¡ea, hijas mías!, prisa hacer esta labor y tejer este capuchillo, quitando nuestro amor propio y nuestra voluntad, el estar asidas a ninguna cosa de la tierra, poniendo obras de penitencia, de oración, mortificación, obediencia, todo lo demás que sabéis» (lb.). Es el camino evangélico de la renuncia, la «Kenosis del hombre viejo la muerte del egoísmo, la cristificación del hombre mediante la aceptación de la voluntad de Dios, la realización de una transformación interior: la muerte del hombre viejo por la gracia, por la oración de unión en la que Dios se hace presente de una manera clara y con unos efectos incontestables; un camino de pura gracia. La otra posibilidad es la de una lenta muerte del egoísmo en una apertura constante para que nosotros reine la voluntad de Dios y su amor, el Espíritu Santo, que transforma los corazones; un camino de ascesis evangélica fundada en lo esencial. Pero en ambos casos el mismo requisito y la misma meta: «Advertid mucho, hijas, que es necesario que muera el gusano, y más a vuestra costa; porque acullá (En la oración de unión) ayuda mucho para morir en verse vida tan nueva; acá es menester que vivido en esta lo matemos nosotras …» (M. 5 3, 5).

El símbolo es la amistad a la mistagógica, a tejer con la vida evangélica el intrincado capucho de la vida en Cristo en la que parece por asfixia el hombre viejo y nace, con el calor del espíritu un hombre nuevo, el cristiano maduro que vive en plenitud su propio bautismo.

Misterio Pascual: Resurrección y Bautismo

El símbolo del gusano de seda, lo hemos visto, es imagen de la resurrección. El icono oriental de la Resurrección de Cristo tiene una hermosa variante en la escena que representa a las mujeres miróforas que van al sepulcro a llevar perfumes para ungir el cuerpo del Señor. Pero el sepulcro está vacío; en su cabecera, un angel vestido de blanco parece repetir las palabras: ¡Ha resucitado! No está aquí». En el sepulcro unas vendas. Olivier Ciment ha explicado con gran sentido simbólico este icono: «Las vendas por tierra están intactas como una crisálida de donde se ha evadido una mariposa; para los antiguos, desde los griegos hasta los egipcios, la metamorfosis de la mariposa era el símbolo de la inmortalidad; pero no era más que un símbolo; las momias eran como crisálidas en espera … Las vendas intactas contrastan con el aspecto de Lázaro saliendo del “sepulcro pies y manos envueltos en vendas y el rostro cubierto con un sudario” (Jn 11, 44), mientras que el rostro de Jesús ha sido cuidadosamente liberado y el sudario envuelto y dejado aparte: como si la resurrección, la salida de la crisálida de este mundo, se hubiera realizado partiendo del rostro, lugar “icónico de la transparencia personal”». En la perspectiva teresiana el cambio parte del corazón.

Santa Teresa habla de la resurrección espiritual del cristiano, del misterio pascual que se realiza en virtud de la resurrección de Cristo y a su imagen, en un momento determinado de la vida espiritual, en el paso de la conversión a la vida nueva en el espíritu. La imagen ilustra el misterio pascual en todas sus facetas: resurrección de Cristo, iniciación bautismal, transformación espiritual, futura resurrección de los muertos en una nueva dimensión. De todas estas facetas, intrínsecamente unidas, santa Teresa ha querido describir la tercera: la transformación espiritual. Pero también hay una alusión implícita a las otras. La raíz: Cristo resucitado es la vida nueva. Así lo ha experimentado ella. El bautismo es un «desposorio espiritual de Dios con las almas» (CE 38, 1) que supone una transformación interior. En las quintas moradas el cristiano tiene la oportunidad de hacer una experiencia fuerte de su iniciación sacramental, una auténtica muerte-resurrección, que lo lleva al esplendor de una vida nueva donde florece el sacramento en todos sus aspectos: la iluminación-contemplación, la alabanza, el sentido eclesial y apostólico de la vida, la caridad como distintivo del discípulo de Jesús.

Todo está implícito en la imagen y en su explicación, en su resonancia bíblica, en su carácter de experiencia espiritual, en la pedagogía que lleva el misterio.

Pero no todo termina aquí, la vida nueva reserva sorpresas inesperadas como el amor de Dios.

La mariposa tiene todavía que morir definitivamente en Cristo (V. VII 2, 5: 3, 1) en una nueva experiencia espiritual, preludio de la pascua de la muerte y de la resurrección corporal hasta la gloria definitiva. Como Teresa en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582.

Como en otros casos, la observación de la naturaleza ha llevado a Teresa a descubrir en las criaturas no solo la huella del creador sino los misterios de la vida divina.

Publicado en Teresa de Jesús IV Centenario (1582-1982),
Murcia-Caravaca de la Cruz  (1982), pp. 43-45

Suplemento del Boletín Oficial del Obispado-Cartagena-Murcia

Tomado de: https://delaruecaalapluma.wordpress.com/2019/04/21/el-gusano-de-seda-simbolo-pascual/?fbclid=IwAR2CUNgDk6mIgRY_ijxEQPkuT52yHF6behqaOJb-gVX4eOafuuvzdj20Kbc