Abrazamos la vida religiosa en obsequio de Jesucristo y siguiendo sus pasos, apoyados en la unión con la Santísima Virgen, en su imitación y su patrocinio; su vida es para nosotros el ideal de nuestra conformidad con Cristo.

          Nuestra vocación consiste fundamentalmente en una gracia especial por la cual hemos sido llamados a la santidad en comunidad de vida e invitados a una misteriosa unión con Dios, en una forma de vida en la que hemos de fundir íntimamente el culto de la oración y la contemplación con el servicio apostólico de la Iglesia; es el ideal que Dios nos ha propuesto por medio de la doctrina y el ejemplo de nuestros Santos Padres como una plenitud singular de la existencia cristiana.

          Por lo tanto, en virtud de nuestra vocación somos llamados a la oración, para llegar a tratar con Dios como hijos y amigos no sólo en los momentos de la meditación, sino también en la vida, y hemos de alimentar esta vida de oración con la fe, la esperanza y sobre todo con el amor, de modo que podamos penetrar con el alma purificada hasta lo más profundo de la vida cristiana y preparar el camino al Espíritu Santo para que derrame sobre nosotros sus carismas más excelentes. De esta manera participamos del carisma original de la experiencia teresiana, seguimos la inspiración primigenia del Carmelo buscando ante todo y únicamente a Dios, transidos de la presencia y el misterio de Dios vivo.

 

Nuestra vida está consagrada en un sentido apostólico a trabajar
“con las palabras y con las obras”

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