ORACIÓN

Santa Teresa nos legó un carisma orante. Toda nuestra vida está fundamentada en la oración. Quizá no sabemos toda la profundidad y necesidad que implica la oración. Para comenzar, Santa Teresa define la oración así: es “tratar de amistad con quien sabemos nos ama”. Para llegar a esta afirmación tuvo que hacer un largo recorrido, porque la oración se la presentaban como una especie de “ejercicio” a cumplir en diversas horas del día. Un “ejercicio” desconectado de todo, de la vida, de la historia personal, de la vida de la Iglesia; y prácticamente reducida a la cabeza, toda hecha de pensamiento, o la los labios (repetición de fórmulas). Eso no es oración...

 

Oración, como decíamos, es “trato de amistad”. Esto es mucho más que una palabra emotiva. En primer lugar abarca la totalidad de la persona del orante. En segundo lugar sin oración no hay fe. Creemos en un Dios que es persona por tanto el acto central de esa fe es la relación. La oración nos libra de una fe ideológica y nos lleva a una fe que es experiencia de Dios. Nos hace sentir la “sed” que todo ser humano tiene del Infinito y sale en su búsqueda sabiendo que Él, Dios, lo está buscando primero.

VC 6

La oración permite que comprendamos que el misterio de Dios y vida cristiana es una cuestión de amor.

Teresa nos hace poner la mirada en el Dios hecho hombre, en la Humanidad de Cristo. Porque sólo en Él tenemos acceso a Dios y en Él viene Dios a nuestro encuentro. Gracias a la oración asimilamos el Evangelio ¡vemos que es posible vivir la propuesta de Jesús! Sólo estando con Él podemos sintonizar con su estilo de vida, con su pasión por el Padre y por la humanidad. En la escucha orante de la Palabra, el creyente encuentra su máxima identificación con Cristo. Su oración lo impulsa a ponerse incondicionalmente en las manos del Padre y se deja conducir por el Espíritu.

Muchas veces corremos el peligro de limitar nuestra fe a un conjunto de afirmaciones dogmáticas y al cumplimiento de ciertas normas morales, así corremos el peligro de hacer de Cristo una sublime abstracción. Y la sola doctrina, lo académico no enamora, no arrastra, no convierte, no transforma. Teresa lo está experimentando, “En aprovechando, aprovecha mucho, porque es en amar”. (V9, 5)

Sin contacto vital con la Persona de Cristo es imposible vivir el evangelio. Eso sería reducir la vida cristiana a una ideología más. Es la oración la que nos libra de este reduccionismo de la vida de la fe. Porque en la oración acogemos en toda su anchura y profundidad del corazón la entrega de Dios que se revela en la relación. En el trato asiduo con Jesús, que incluye la escucha en el interior de la Palabra, aprendemos que en este mundo no hay salvación fuera del amor.

Santa Teresa hace de la oración un estilo de vida. Para entrar en la experiencia del amor de Dios la puerta es la Humanidad de Cristo. Así la vida orante va definiendo a la persona, la va transformando, su modo de mirar, de escuchar, de sentir, de pensar, de estar, de obrar y de relacionarse. Todo en nosotros va siendo configurado a semejanza de Jesús. Porque nos vamos sumergiendo en Cristo, revistiendo de Él, vivimos de su vida humana y divina. Orando pasamos del Jesús “aprendido” al Jesús “experimentado. La oración-trato de amistad permite que Jesucristo impregne al discípulo con su fuerza humanizadora-divinizadora que cambia al hombre y lo capacita para un amor capaz de entrar en la construcción de su Reino.

APOSTOLADO

Si la oración no cambia la vida no es oración. La oración se prolonga en la comunión fraterna y en el compromiso apostólico. El primer apostolado es el testimonio de una vida que quiere dejar traslucir el Evangelio, una vida que quiere gastarse, como la de Jesús, en la entrega a los demás. No existe mayor compromiso que asemejarse a Cristo, que hacer que su estilo de vida sea el nuestro.

Santa Teresa nos dice que “para esto es la oración, para que nazcan obras”. Nos dice también que los verdaderos orantes tienen puesta su gloria en “ayudar en algo al Crucificado”. Al comenzar su aventura fundacional, santa Teresa contempla los sucesos de la Iglesia y de la historia que le toca vivir, es eso lo que la determina a hacer lo posible desde su realidad, en favor de todos.

La fuerza del apostolado está en la oración. Desde ella somos enviados por Dios a lo que Él quiere que realicemos por los demás. Sin la fuerza del amor que se ha acrecentado en la oración no es posible construir con Jesús el Reino de Dios.

El Carmelo es una de las antiguas órdenes mendicantes. La espiritualidad de las Órdenes mendicantes refleja elementos o un elemento que pertenece al ser de la Iglesia en el mundo. Y el carisma del Carmelita Teresiano está basado en la relación íntima y amorosa entre Dios y la persona que se encuentran en la oración. De esa base fluye el trabajo por el cual los Carmelitas se donan a sí mismos. Para los místicos carmelitas la contemplación conduce naturalmente a la acción apostólica.

¿Cuál es el apostolado propio del Carmelo Teresiano? el apostolado del carmelita teresiano busca llevar al hombre a esa experiencia de Dios que lo atrae, a encaminarse a esa vocación sublime del hombre: la unión de amor con Dios en Cristo.

Sin embargo el apostolado propio es específico pero no excluyente. En todas partes y con todo tipo de obras apostólicas se puede ayudar a los hombres a experimentar a Dios en sus vidas e historias personales; se puede realizar a través de la pastoral de una casa de retiro, o de la pastoral propia de una parroquia, o en las misiones, o en la educación o en la atención a los más necesitados. Todo puede servir para abrir la vida de los seres humanos a la trascendencia, al encuentro del Dios que amorosamente nos busca en Jesucristo.

Decimos que el apostolado específico del Carmelo Teresiano es promover la vida espiritual. Esto quiere decir que ayudamos a vivir la vida del Espíritu, seguir a Jesús según el impulso del Espíritu Santo.

La espiritualidad implica descubrir el verdadero rostro de Dios tantas veces desfigurado por nuestras propias experiencias y limitaciones; aprender a escuchar su Palabra, para no caer en idealismos en moralismos pesados que agobian a las personas. “Ver” el rostro de Dios y escuchar su Palabra vivificante impulsa a la tarea de llevar a ese Dios al encuentro de todos.

La espiritualidad no se termina en el cuidado del alma, abarca el cuerpo, las relaciones sociales y públicas, su ser miembro de la Iglesia y ciudadano del mundo. Por eso implica la sanación, el crecimiento, la maduración de cada ser humano, su felicidad. Esto implicará muchas veces ser “samaritanos” que se ocupan de las personas arrojadas en las cunetas de la vida.

La espiritualidad busca llevar al ser humano a su plenitud, desarrollar todo su ser y potencialidades hasta llegar a destino: la Unión con Dios en Cristo.

Por eso, repetimos, que el apostolado propio del carmelita teresiano es específico pero no excluyente.

COMUNIÓN FRATERNA

Así como en el Antiguo Testamento Dios hace de Israel un pueblo, una comunidad de su Alianza, también Jesús nos convoca para ser comunidad. Es que el hombre es estructuralmente un ser comunitario. Y Dios mismo es comunidad de personas: Padre-Hijo-Espíritu Santo.

En la historia del hombre aparecen muchas formas de relación: amistad, camaradería, solidaridad. Pero comunión fraterna sólo es posible en aquellos que hayan acogido al Hijo y a través de sus manos hayan recibido el Espíritu que nos hace exclamar “Abbá” (Padre). En el proyecto del Padre está la fraternidad reconciliada en su amor, un amor que perdona y porque perdona rompe las barreras que impiden la fraternidad. Por eso el proyecto se irá realizando en la historia como signo profético que denuncia todo lo antifraterno y promueve la comunión fraterna. Así lo vemos a Jesús en su vida pública buscando y sentando a la mesa de la fraternidad, en la casa (imagen de la Iglesia), a toda clase de personas, justos y pecadores, buenos y desagradecidos.

La familia de hermanos esta predestinada a construir en la historia, y sin ser ajena a sus luchas, la casa común del Padre ejercido bajo la mano del Hijo amado, Jesucristo. Con su misericordia y por los caminos de la misericordia, el Hijo amado, derribará los muros que separan a los hombres, muro del odio que impide toda fraternidad.

Por eso Jesús llamó a los que amaba "para que estén con Él y para enviarlos" (Mc 3,  . Estar con Él significa la correspondencia a su amor de elección, es vivir en su intimidad para identificarse con Él, asumir sus rasgos, sentimientos, actitudes, criterios, valores, metas; es ser hijos con el Hijo por excelencia. Es estar que habla de una intimidad que se realiza especialmente por la oración entendida no como un simple acto sino como una manera de vivir, de relacionarnos con Dios.

Si hay algo que define a Teresa es justamente la amistad. Amistad humana y divina. El eje central de su vida que es la oración, se vive como amistad. El humanismo teresiano, legado de Teresa fundadora a la Iglesia por medio de su naciente familia, se expresa justamente en la amistad. Amistad en la oración, amistad en las relaciones humanas. La comunidad para Teresa también se realiza en la amistad. Por eso propone “Aquí todas han de ser amigas todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar”. Cuando llevó a san Juan de la Cruz a la fundación de Valladolid y allí entrenarlo en la vida que Teresa quería en sus frailes, quería que fray Juan llevara bien aprendido “nuestro estilo de hermandad”.

Así como la oración es amistad, la relación con los hermanos de comunidad también es amistad. Cuando eso se vive en comunidad se convierte en un gozo indescriptible: sensación de apoyo, armonía, entendimiento suma de talentos y creatividad. Y de allí brota la alegría. La alegría, también consigna evangélica, solo se ve interrumpida cuando nuestro egoísmo no encuentra satisfacción porque sus proyectos no se cumplen.

Ya expresamos que la esencia del carisma carmelitano es conducir a los hombres por los caminos de la experiencia de Dios, ahondar más y más en la experiencia del verdadero Dios revelado en Jesucristo, y esto no solo implica la oración sino también la comunión fraterna y la actividad apostólica, pues cada gesto nuestro tiene que revelar a Dios-amor. Pero la revelación del amor de Dios en Jesús exige el compromiso de amor: "hacer mi voluntad una con la de Dios" dice santa Teresa, eso se traduce en la búsqueda continua de su designio a través del discernimiento comunitario. En comunidad aprendemos a encarnar su designio evangélico, las actitudes y gestos que hacen más visible su amor por todos, concretamos la esperanza que Él nos regala, la alternativa de vida frente a la cultura de muerte que nos rodea.

Teresa sabe por experiencia la profunda necesidad de la comunión fraterna, es la única manera de vivir el Evangelio, se vuelve ayuda adecuada para un auténtico crecimiento humano y espiritual.

Por las páginas de Camino de Perfección va desgranando las diversas actitudes: hondo sentido eclesial, amor mutuo, desasimiento (libertad), humildad, interioridad, suavidad, prudencia, afabilidad, determinación o firmeza perseverante. La comunidad viene a ser una escuela de formación que busca “estudiar” lo que es más servicio de Dios y así realizar en todo su voluntad, porque eso es la verdadera unión mística (F. 5,13). A lo largo de toda la obra seguirá exponiendo estas virtudes necesarias que edifiquen a la comunidad, es decir, que sean inspiración y ayuda al crecimiento de los demás, los de dentro y los de fuera.

Por tanto el carmelita teresiano y la comunidad que forma comunican a Cristo, la nueva vida en Él, con su manera de ser que se va gestando en el camino de la oración. No piensa inmediatamente en algo que hacer, sino que brinda el testimonio interpelante de una manera nueva de ser y de convivir. Esta es su más esencial dimensión apostólica que brota de su oración: la comunión fraterna con los que forman su comunidad y con todos los hombres tal como lo quiere Jesús.