Lectura orante del Evangelio: Juan 20,1-9

“Dios irrumpe en nuestra historia, nunca deja de irrumpir en nuestra historia” (Papa Francisco).

María Magdalena fue al sepulcro al amanecer.

Así comienza esta hermosa fiesta de luz. Una mujer, imagen de la Iglesia y de cada uno de nosotros, lleva en su corazón el amor a su Señor. No se queda encerrada en sí misma, triste y sin esperanza; va al encuentro. Sale de madrugada a buscar a su Señor. El amor no la deja dormir. Salimos con ella, buscamos con ella al Señor. El amor de Dios, que ha madrugado más, nos tiene preparado otro perfume, otra alegría. Tú, Señor, nunca nos defraudas. ¡Aleluya!...

 

‘Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto’.

Muchas cosas no las sabemos –no sabemos, y nos angustia, cuándo terminará la tribulación del coronavirus-; nos pasa como a María Magdalena. Pero en vez de permitir que la oscuridad y los miedos paralicen nuestra vida, el Espíritu nos ilumina con la fuerza del deseo de encontrar a Jesús. ‘Despierta tú, que duermes, y el Señor te alumbrará’. A ti, Padre, que has levantando a tu hijo de la muerte y lo has colocado como Señor, la gloria y el poder por los siglos. ¡Aleluya!

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.

Salir, buscar, esperar… es propio de los que aman. Con María Magdalena, Pedro y el discípulo amado, nos arriesgamos a seguir las corazonadas del Espíritu. Nuestros ojos de peregrinos están fijos en la meta de nuestra esperanza, en Jesús. Ningún sepulcro puede retener al que es la vida, ningún virus le ata las manos. Una luz nueva nos acompaña. Un reguero imparable de alegría riega ya la tierra y la fecunda con los dones de la resurrección. “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Papa Francisco). La boca se nos llena de cantares. ¡Aleluya!

Vio y creyó.

Para entender a partir de pequeños signos se necesita el amor. El amor le dio a este discípulo una visión nueva para leer las señales. Y este amor no proviene de sí mismo sino del extraordinario amor que recibió primero, recostado en actitud contemplativa sobre el pecho de Jesús. La vida del Resucitado es para el discípulo amado una realidad que se impone sin ruido y se realiza en silencio, en la potencia discreta e irresistible del Espíritu. Con el discípulo amado nos atrevemos a creer; la fe, celebrada en comunidad, es el traje de fiesta de la Iglesia. Toda la creación se alegra, con santa María a la cabeza. Es el Señor quien lo ha hecho; ha sido un milagro patente. Señor, Jesús, tú resucitas nuestra fe. Es hora de escuchar de nuevo la alegría de tu Evangelio y de anunciarla como discípulos misioneros. ¡Aleluya! 

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

¿Qué hay que entender? Que Cristo resucitado obra ya en el corazón, como Señor del ser humano y de historia. Todo es gracia. No desperdiciemos el momento presente, “no desperdiciemos estos días difíciles” (Papa Francisco), cargados también de vida. El futuro del hombre es un futuro de gloria, “la vida del hombre es ver a Dios” (San Ireneo). El mejor testimonio que podemos dar de la resurrección es llevar una vida de resucitados, pasar por este mundo haciendo el bien sin hacernos cómplices de una cultura de la muerte. Hagamos del hoy un amanecer de resurrección. Llevemos a los demás, sobre todo a los afectados por el virus, un mensaje de alegría y esperanza. “Miradle resucitado; que solo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Mas ¡con qué claridad y con qué hermosura! ¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre!” (Teresa de Jesús, Camino 26, 5). ¡Aleluya!

Tomado de: https://cipecar.org/liturgia/ciclo-liturgico-a/pascua-ciclo-a/lectura-orante-del-evangelio-pascua-2020/domingo-de-resurreccion-2/