Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     3, 16-18

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él...

El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor.

Reflexión:

Hace una semana concluíamos el Tiempo Pascual, pero la Iglesia quiere que sigamos adentrándonos en el gozo de la fe: este domingo celebramos el Misterio de la Santísima Trinidad...

 

Cuando oímos hablar de este Misterio solemos recordar las intrincadas formulaciones de los teólogos para tratar de explicarlo. Pero lo mejor es seguir el modo en que Jesús nos habla de Dios.

Jesús nos ha “explicado” cómo es Dios en su modo de vivir, en sus gestos, en sus acciones: como acoge a los pecadores, como bendice a los niños, como trata a los enfermos, como defiende a los marginados (los pobres, las mujeres, los socialmente condenados). Y sobre todo con sus palabras: quizá la más destacada de todas la parábola del Padre Misericordioso, pero también la oveja perdida, el buen samaritano. Y el evangelio de hoy da solemne declaración a Nicodemo: “Sí, Dios amó tanto al mundo…”. Es decir, Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Nuestro Dios es amor. Su esencia es amar. Amar al mundo, a la humanidad, a todos los seres humanos. No ha venido a juzgar, sino a salvar. No viene a condenar sino a invitar una y otra vez al Amor, a la Vida. Contemplar este misterio nos lleva a rememorar en nosotros la experiencia de amor y, desde ahí, nos lleva al compromiso, a la concreción del amor en nuestra realidad personal y comunitaria.

Su presencia manifiesta una ternura increíble por los hombres. Es amor, es comprensión, es esperanza, fundamento de todo cuanto existe. Vive en lo más íntimo de cada ser: es Padre. Se comunica a los hombres, va en busca de ellos y establece alianza con ellos: es Hijo. Lo congrega todo en el amor en unidad amorosa: es Espíritu Santo.

Pero este Dios Trinidad habita al hombre, como nos dice Jesús en la última cena (Jn 14, 23-24). El ser humano es el templo más apreciado por Dios. Cuando uno ama y es amado es una persona habitada por el amado. Esto puede ser una rica experiencia que todo humano debería hacer. Dios se hace el constitutivo más íntimo de la personalidad de aquel que le abre su corazón con fe.

Santa Teresa de Jesús experimentó, en lo hondo de su ser, la comunión, la presencia permanente de un Dios que es Trinidad. El Padre, eterno estar amando, «una misericordia tan sin tasa», es ese misterio insondable de amor que, amando es: «vida de todas las vidas». El Hijo, «es muy buen amigo» lo experimenta como camino, verdad y vida, por quien le han venido todos los bienes. Es se deja cada día «hacer pedazos», el que «se honra» en llamarse «esclavo». El Espíritu, amor compartido, «divina compañía», es el «medianero entre el alma y Dios y el que la mueve con tan ardientes deseos, que la hace encender en fuego soberano, que tan cerca está».

Profundamente conmovida por la historia de salvación que Dios realiza en la vida suya y de cada uno afirma: «Y cada día se asombra más esta alma, porque le parece que jamás se alejaron de ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma, en lo muy muy interior, en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras; siente en sí esta divina compañía». Por eso Teresa siempre quiso cantar sus misericordias. Pero quiere que todos las cantemos, por eso en su magistral obra Moradas del Castillo interior, nos enseña el itinerario para que hagamos personalmente la experiencia de habitar en el más profundo centro de nuestro ser, allí estar con el Dios Trinidad que nos habita.

Este es nuestro Dios. No es un concepto ideológico, no es algo abstracto. Nuestro Dios es el amor concreto, entregado en Jesús y vivo por el Espíritu Santo entre nosotros.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.