El tiempo pascual fue la celebración del amor hasta el extremo que el Señor siente por nosotros. Este tiempo concluyó con el don del Espíritu Santo que nos hace vivir en esa grandiosa experiencia del amor de Dios. Y el don del Espíritu nos permitió acoger el misterio de Dios, es decir, celebrar la fiesta de la Santísima Trinidad que nos revela que Dios es comunidad de amor. Y hemos proclamado que el amor entregado y donado constantemente es el centro de nuestra vida, es decir, hemos celebrado Corpus Christi...

 

Ahora Jesús nos encarga a todos la misión, esto es comunicar a todos la sobreabundancia de este amor que se actualiza cada vez que celebramos la Eucaristía. Pero antes nos advierte que esto no será tan sencillo si no estamos dispuestos a compartir la suerte de Jesús, por eso nos anticipa las contradicciones y la persecución. Y nos invita resueltamente a no tener miedo.

Llama la atención esta afirmación de Jesús: «No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día…». Es decir, el amor incondicional de Dios, su proyecto (su Reino) en favor de los hombres hay que hacerlo patente a todos.

Y continúa «lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas», aquello que Jesús les está diciendo al oído para que penetre bien en el corazón, deberán proclamarlo públicamente, para que llegue a todos.

Nuestro mundo, hasta el fin de sus días, necesita de la misericordia de Dios, del testimonio creíble de cada discípulo cristiano y de la Iglesia entera, que refleje el amor de Cristo por toda la humanidad, que exprese esa mirada amorosa de Dios a un mundo sumergido en el pecado, que exprese la compasión infinita del Señor por la humanidad herida.

Por eso la misión que cada creyente debe realizar no puede ser hecha de cualquier manera. Cuando el corazón está habitado por el amor de Dios se busca tender puentes de corazón a corazón (P. Bernard Häring). Y con esto tener una gran confianza en el poder Salvador de Cristo, que quiere ofrecer la salvación a todo el mundo. El poder del amor busca primero ser acogido y asentarse en cada corazón. Porque no hay otro camino de renovación de nuestro mundo. Aunque supiéramos todas las claves para un mejor funcionamiento social, aunque diéramos en el clavo para solucionar la pobreza y miseria del mundo, aunque resolviéramos eficazmente todo conflicto bélico, sin transformación del corazón del hombre no tendríamos nada. Mejor dicho tendríamos hombres manipulados que con el tiempo todo lo pervierten.

Lo que salva es la transformación de los corazones al amor auténtico, la lucha tenaz contra todo egoísmo personal y comunitario. Convertirnos al verdadero amor y a la verdadera justicia.

Por eso necesitamos luchas contras nuestros miedos. Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte fácilmente nuestra vida queda enredada en la maraña de nuestros miedos. Sea el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. El miedo nos hace perder de vista la cercanía de nuestro Dios y nos hace ahogar, con frías razones, la bondad que hay en el corazón, crece la desconfianza, se acrecienta la inseguridad y falta la libertad interior.

Nos podemos liberar del miedo arraigando nuestra vida en Dios mismo, confiados en su amor incondicional. La imagen que usa Jesús es bellísima: si Dios cuida a los pájaros más pequeños ¡cuánto más nosotros que somos más importantes y queridos que todos los pájaros!

No tengamos miedo. Jesús está con nosotros. La eucaristía de cada domingo nos lo recuerda, celebramos que no nos abandona y que se hace alimento para nuestra vida. Para que vivamos en la confianza y encontremos la verdadera alegría y perdamos todo miedo.

 

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.