El evangelio de hoy es una apremiante llamada de Jesús.

Sus palabras suenan muy desconcertantes, exigentes y comprometedoras y no admiten acomodos a gusto personal para quien desee ser discípulo de Jesús. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”. Siempre estamos tentados de hacer con ellas un acomodo “espiritual” y quitarles toda la fuerza que encierran. Quizá porque desconocemos el sentido de lo que Jesús está diciendo...

 

Todo lo que dice y pide está referido al amor a su persona.

Quien lo ama asume su forma de vida. No antepone a nada ni nadie a su amor. Pero entendamos bien. El amor sano y maduro a la familia no es impedimento al amor a Jesús. Sí lo es un “amor” que sostiene o amplifica mi egoísmo, ese “amor” nos hace fracasar en todo lo que emprendamos. También se opone a Jesús un tipo de lealtades que nos dañan. Es incompatible con Jesús simplemente porque nos hacen daño.

Hace falta recordar que la plenitud del ser humano está en el amor pero este no es amor si se cierra o clausura en alguien o algo.

“El que quiera salvar su vida…”, es decir, amarlo significa abrirme de tal manera a su amor que renunciemos al egoísmo, a convertirnos a nosotros mismos en el centro de nuestros intereses a una fidelidad calculada. Todo esto está unido a la exigencia de la cruz.

Es muy común mirar la cruz como dolor y sangre. Pero se nos pasa por alto su significado social  que tenía cuando existía este suplicio. Y Jesús con precisión habla del momento de cargar la cruz. Todos estaban acostumbrados a ver desfilar por las calles a algún condenado a la cruz llevando sobre sus hombros el patíbulo. Y nadie lo miraba como un héroe sino como alguien despreciable o digno de lástima.

Jesús no busca nuestro sufrimiento sino cambiar de “vereda” nuestro corazón. No nos quiere, como nosotros lo deseamos, en la vereda de los “ganadores”, de los que tienen razón, de los héroes incomprendidos, de los dueños de la verdad. En esto se expresa el egoísmo crónico que nos afecta e impulsa a buscar ser importantes, a dominar, apropiarse… Y esto hasta extremos enfermizos. Quizá lo hacemos de modo inconsciente pero igual nos incapacitamos para amar porque miramos a los otros como “algo” a nuestra disposición para lograr nuestros fines. Y atacamos, descartamos o discriminamos a quienes no se someten a la voluntad de nuestro ego.

Y el cambiarnos de “vereda” despliega nuestra capacidad de amar. Jesús está muy lejos de imponernos dificultades a la vida, tampoco nos pide esfuerzos titánicos.

Jesús nos muestra cómo ser plenamente hijos de Dios asumiendo nuestra condición humana en todas sus posibilidades.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.