Durante los primeros capítulos del evangelio san Mateo se ha preocupado por dar a conocer las enseñanzas y acciones de Jesús. A partir del capítulo 11 (en el que se encuentra nuestro relato), el evangelista modifica la dirección de su mirada y pone la atención en la actitud que cada persona o cada grupo tiene ante Jesús.

Ahora san Mateo nos sorprende hablando de los sentimientos de Jesús, que se conmueve ante pecadores, enfermo o de mal vivir. De repente nos vemos sumergidos en la propia oración de Jesús. Y cuando alguien nos introduce en un momento íntimo, necesariamente tenemos que agradecerlo, y más que quien nos abre su intimidad es el Señor...

 

Sabemos bien que para Jesús la oración es esencial. En muchos momentos se aleja para orar en soledad, buscando tiempos explícitos de encuentro con su Padre. Pero también nos invita a orar y hasta nos enseña cómo hacerlo.

Su oración hoy consiste en alabar y dar gracias a Dios porque el mensaje es comprendido por aquellos que se dejan sorprender por Dios y sus criterios.

domingo XIV

¿Quiénes son los que se dejan sorprender por el mensaje de Jesús? Dice el evangelio que son los “pequeños”. Jesús se está refiriendo precisamente a quienes eran despreciados o desvalorizados por la autoridad religiosa o por los dueños del saber, los intelectuales de la época (escribas), debido a su pobreza, su enfermedad o su analfabetismo; es decir, a todos aquellos que formaban el círculo habitual de Jesús.

E invita que se acerquen a Él aquellos que se sienten cansados y agobiados. Están cansados, sobre todo, quienes perciben su vida como carga pesada, sin origen ni destino por multitud de causas y problemas. También están cansados y agobiados aquellos que intentaban cumplir los ideales religiosos, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban ciertos pastores que no tienen resueltas muchas cosas de sus vidas y someten y oprimen a otros con su propia esclavitud. Jesús, saliendo siempre al encuentro, nos invita con sencillez a abrir la mente y el corazón, a vivir confiados en Dios Padre de otra forma, sin miedos acumulados. Todos los humanos estamos fatigados y sobrecargados porque en toda vida humana hay sinsentido, dolor, contradicción; se nos invita a ir hacia Él, a su mismo Corazón, para que la vida sea mucho más llevadera, para que la cruz de la vida tenga más sentido.

Otra sorpresa, además de adentrarnos en su intimidad, es que aquí Jesús nos ofrece una descripción de sí mismo, se define “manso y humilde de corazón”. La mansedumbre es el primer fruto de la bondad y del amor al prójimo, un estado equilibrado y sereno en el alma. Quien es dócil (manso) busca no enojar a nadie ni enojarse por nada, mostrándose siempre humilde. Y, si llegara a suceder algo con lo que no estuviera de acuerdo, no por esto pierde su paciencia (mansedumbre) y, sobre todo, no asume actitudes vengativas. Jesús está rodeado de una muchedumbre llena de desesperados, tristes, oprimidos, desesperanzados, muchos de ellos hartos de una vida dura, hartos de todas las tragedias que les tocaba vivir cada día. Él sintió compasión los percibió “como ovejas sin pastor”.

Durante veintiún siglos, estas palabras han procurado consuelo a infinidad de personas, que se han acercado a Jesús y lo han acogido en su corazón. Acercarnos a él, es conectar con el Descanso. Y para experimentar esto necesitamos más que nunca cultivar y vivir la experiencia del Dios de Jesús.

Jesús invita a todos los fatigados y sobrecargados de la vida, a acudir a Él. Su proyecto de vida nos descansa, da reposo, nos permite tomar un respiro en la agitación de la existencia. El proyecto humanizador del evangelio es un proyecto en el que el ser humano se ve reestablecido y su existencia colmada de sentido. Por eso nos invita a acudir a Él. Ahí está nuestro descanso. Descansar implica detenerse, hacer silencio, contemplar lo que vivimos y nos acontece. Solo Jesús basta. De este encuentro salimos rehechos para darnos al prójimo con la mansedumbre y humildad de Jesús.

El camino de vida interior que necesita recorrer el discipulado cristiano es transformar nuestro corazón en el amor gratuito que recibimos de Dios, para tener el mismo Corazón de Cristo. Un corazón humano, pobre, compasivo, misericordioso, alegre, con espíritu, lleno de amor.

La mansedumbre que irradia paz y al mismo Cristo a nuestro alrededor, la que nos permite experimentar en Jesús nuestra plenitud sólo se adquiere en comunión plena con el Señor por eso lo primero es la oración, pedir al Señor en este día que nos haga sintonizar con su corazón, pueda encontrar ese descanso que Él ofrece y que genera el amor que lo unifica en el corazón de Dios y que es regenerador de vida para uno mismo y para los demás.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.