Las lecturas bíblicas de este domingo proclaman con certeza el poder de la Palabra de Dios, que es fuente de vida y de luz en la historia humana.

Jesús utiliza parábolas para explicar la fuerza de la Palabra de Dios. La parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir de conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de hacernos ver va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas...

 

Hoy escuchamos la primera narración que proclama Jesús: la parábola del sembrador. Muy oportuno para hacernos una gran pregunta ¿cómo va calando el Evangelio en nuestro corazón? Venimos escuchando domingo a domingo la Buena Noticia que Jesús nos anuncia ¿somos tierra buena para esa semilla? ¿Podría ser que la fuerza de la costumbre, de oírla una y otra vez hiciera que esta semilla resbale del corazón?

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La predicación de Jesús siempre ha sido primero vivenciada y orada. Quizá podríamos pensar que esta parábola y las que le seguirán, Jesús las rumió primero para sí mismo. Son tantas las contradicciones que recibe en su ministerio, tanta oposición, poca atención a lo que dice y muchos intereses egoístas de que solucione problemas puntuales sin comprometerse con Él. Jesús en sus largas noches de oración expondría al Padre lo que le sucede en el cumplimiento de su voluntad. Y es en estas horas de oración donde encuentra la luz que ilumina y da sentido a lo que le sucede. Los fracasos que le han tocado vivir ahora se ven a otra luz: sabe que a pesar de todo la Palabra que predica se va abriendo paso en el corazón de los hombres.

Ahora podemos ver que el sembrador de la parábola es el mismo Jesús, y lo serán todos aquellos que a lo largo de los siglos prolonguen la misión de Jesús.

La semilla brota a pesar de tantas dificultades. Pareciera que se desperdician pero el sembrador ha entendido que debe seguir derramando las semillas sin calcular ni fijarse en los terrenos en que éstas caen. Y el sembrador tiene que permanecer en paz porque quien da el crecimiento es Dios. Por eso no hay que ceder al desaliento porque el proyecto de Dios no fracasará. Al final habrá una cosecha abundante.

Hay que estar atentos a no cambiar nuestra misión, es decir, lo nuestro es ser sembradores no cosechadores. Tenemos una gran tendencia a querer cosechar: éxitos, conquistar la calle, dominar la sociedad, llenar las iglesias, imponer nuestra fe religiosa. Esto no es para nosotros. Lo nuestro es ser sembradores. Discípulos de Jesús que siembren por donde pasan palabras de esperanza y gestos de compasión, en definitiva, sembrar el proyecto de Dios en el corazón de cada hombre. Sembrar con fe la fuerza renovadora del Evangelio.

Pero recordemos bien que esta semilla primero tiene que ser acogida por nosotros. La siembra primero tiene que ser vivida y orada. Esto implica la escucha y la comprensión de la Palabra que implica la atenta maduración del mensaje evangélico en el corazón y su correspondiente puesta en práctica en la vida concreta.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.