Continuamos escuchando las parábolas de Jesús. Sigue hablándonos del “reino de los cielos” o “reino de Dios”. aquello que fue su divina y humana obsesión, lo que anunció y en cuya realización entregó su propia vida. A través de las parábolas y con un lenguaje poético, nos sugiere cómo actúa Dios y cómo sería el mundo si hubiera gente que actuara como Él.

De las tres parábolas hoy expuestas, más una aplicación de las primera, quedémonos con la primera de ellas, la del trigo y la cizaña. Esta parábola es especialmente necesaria para el tiempo de hoy. Se vuelve urgente escucharla, rumiarla, vivirla...

 

Se nos dice que el sembrador sembró buena semilla, pero al surgir el trigo resulta que había cizaña. Hay un enemigo del hombre empeñado en que no alcance su plenitud.

Somos buenos, todos somos buenos; pero al “dormirnos” un poco surge una fuerza que nos arrastra en dirección equivocada, hacia objetivos puramente egoístas. Aparece la cizaña, una planta venenosa que crece junto a nosotros y nos quita hasta el aire.

Con toda razón los empleados le dicen al dueño de ir a arrancar la cizaña. Pero sorprende que el señor les diga que no, que hay que dejarlos crecer juntos hasta la cosecha, pues recién en ese momento podrán distinguir absolutamente el trigo de la cizaña.

Pero ¿el dueño se ha vuelto loco? O más bien ¿es un perdona vidas a favor de los malos?

Ni una cosa ni la otra. Aquí encontramos la profundidad del mensaje: “No la arranquen, que podrían arrancar también el trigo”. La cizaña es una hierba muy parecida al trigo, y no se puede distinguir de él hasta que no produce el fruto. Pero aunque se distinguiera perfectamente una de otra, al intentar arrancarla, se podría arrancar sin querer el trigo porque las raíces de ambas plantas están completamente entrelazadas. Pretender separarlos mientras están creciendo puede arruinar la posibilidad de crecimiento del trigo y estropear la cosecha. No solo es imposible distinguir la cizaña del trigo hasta que no da el fruto, sino que, aplicado al ser humano, la cosa se complica hasta el infinito, porque en cada uno de nosotros coexisten juntos cizaña y trigo. Así lo ha mostrado en este evangelio. Todos juzgaban que “los publicanos y las prostitutas” eran “cizaña”, pero Jesús nos mostró que había “trigo” en su corazón (Mt 21, 31-32). En el Sermón de la Montaña nos mostró que el solo hecho de practicar cosas tan buenas como la oración, el ayuno y la limosna no nos hace por eso “trigo” sino que en el corazón se esconde la “cizaña” de la hipocresía, de la búsqueda de la alabanza de los hombres (Mt 6, 1-18). Y el mismo Sermón nos deja claro que no podemos juzgar. El que juzga se atribuye a sí mismo un derecho y un poder que no tiene: es sólo de Dios. No somos capaces de ver lo que hay en el corazón del otro, ni comprender sus tiempos. Dios es el único que juzga certeramente, nosotros tendemos a aplicar dos medidas distintas para juzgar, una a nosotros: que nos beneficia, y otra medida que aplicamos a los demás y suele ser muy dura.

Jesús se sitúa así muy lejos de aquellos que quieren aplicar políticas de exclusión a quienes no son tan santos y puros como se esperaba, a eliminar a aquellos que no dan la talla según nosotros pensamos.

Así nos libera de fanatismos ideológicos que ve en los otros un problema sin aceptar revisar los propios.

Nos pide que aceptemos la convivencia con paciencia, porque al pretender arrancar la cizaña corremos el riesgo de eliminar el trigo. No estamos en condiciones de distinguir certeramente el trigo de la cizaña.

Tenemos que tener paciencia y capacidad de mirar dentro de nosotros mismos para descubrir nuestra propia cizaña. Tenemos que aprender a soportar con humildad que los otros no sean como queremos, ni alcancen la perfección que pretendemos.

El resultado será un crecimiento en integración y en humildad. llamativamente, la aceptación de la "cizaña" nos terminará humanizando, bajándonos del pedestal del egoísmo –hecho de exigencia, perfeccionismo y ciertas ideas de "superioridad"- que sostienen el fanatismo y la tendencia a las respuestas intolerantes y drásticas, y acercándonos a nuestra verdad plena.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.