Hoy escuchamos las parábolas finales de este capítulo 13 de san Mateo. Son cuatro: el tesoro en el campo, la perla de gran valor, la pesca abundante y el dueño de casa que saca de su arca lo nuevo y lo viejo.

Todas nos hablan de lo mismo: la alegría más grande de todas por todo lo vivido. Hace comprender que valió la pena lo elegido, lo trabajado, lo sufrido. Ahora todo cobra sentido.

Cuando escuchemos el dialogo entre Jesús y el joven rico estas parábolas llenaran de luz ese encuentro y nuestras propias respuestas a las invitaciones de Jesús. Porque lo que el joven rico no percibió es la alegría de una nueva amistad que Dios le ofrecía. Él solo vio lo que tenía que dejar. No captó el amor que se le ofrecía y con ello la gran alegría que colma la vida...

 

Tanto el que encontró el tesoro, como el comerciante de perlas finas, los pescadores sentados en la playa, todos son movidos por una inmensa alegría. Lo mismo el dueño de casa que saca lo nuevo y lo viejo, lo cual nos recuerda la enseñanza de Jesús sobre el vino nuevo y los odres nuevos.

¿Nuestra vida de fe está marcada por la alegría, el asombro, la sorpresa de Dios? pareciera que nos quedamos en un nivel de adhesión institucional sin saborear la experiencia de Dios que es capaz de transformar nuestras vidas.

De hecho es la experiencia de conversión de santa Teresa. Ciertamente ella no obraba mal. Bien se lo decían sus confesores. Pero ella sentía una gran carencia. Tenía toda clase de gratificaciones pero eso no es la felicidad y su corazón lo sabía. Luchó mucho contra este vacío e infelicidad. Hasta que se encontró con una imagen de Cristo en su pasión. La clave de este momento fue un acto de total confianza en Cristo. Dejó de lado la autosuficiencia, del querer contar con sus solas fuerzas. Pudo comprender que lo que anhelaba todo su ser se recibe gratuitamente. Y al mirar aquella imagen percibió “lo que pasó por nosotros”. Y la amistad fue la clave de su relación.

Amistad, esa es su definición de oración. Dejó de lado los “métodos” genéricos e iguales para todos. Su modo de orar era contemplar a Cristo. Pronto descubrió que en ella fluía un agua nueva desde su interior. En la contemplación, conocemos la realidad de Dios de un modo completamente nuevo. Y experimentará que Dios es la Vida de toda vida. Por eso se expondrá confiada a los luminosos rayos de su amor.

Ha descubierto a Cristo que se revela amando hasta el extremo y ahora le ofrece su amistad. Acoger esa amistad será su modo de oración. Una oración que centrará su vida para ir revistiéndose de Él. Amistad-oración que engendrará una nueva manera de ser y que posibilitará el fiel seguimiento, la amorosa imitación de Jesucristo.

Ahora se comprende que desde la amistad compartida con Jesús y con inmensa alegría es posible dejarlo todo por Él. El corazón ya no se desanima ante las exigencias del Evangelio, sino que vuela con determinación y alegría. Buscar y hacer presente el Reino de Dios, ya no es una pesada carga que impide vivir la vida con espontaneidad, sino que ésta ahora se vive con amor y alegría. Y empieza la verdadera misión de un cristiano: ayudar a los demás a encontrar su perla, su tesoro escondido.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.