La tarea evangelizadora de Jesús, y por tanto del discípulo misionero, está motivada por la compasión. Es así cómo entendemos bien el evangelio: las palabras que Jesús pronuncia iluminan los gestos y obras que realiza.

Todo gira en torno a la compasión. Dios se compadece del ser humano roto, desahuciado, humillado, sin esperanza y necesitado. Por eso la compasión es el signo por excelencia de que el Reino de Dios ha llegado.

Hoy el evangelio presenta esta compasión en la atención que Jesús ofrece a la gente: sanando sus dolencias y alimentándolos en el desierto...

 

Jesús se ha retirado a un lugar solitario al enterarse del martirio de Juan el Bautista. La gente lo sigue y hasta se adelanta. Al llegar Jesús no se molesta sino que siente una profunda compasión. Se le conmueven las entrañas. No se trata de una “lástima” pasajera. Tampoco es un mero sentimiento. La compasión de Jesús brota de lo más profundo de su corazón, sus gestos y hechos son una apuesta por la vida y que esa vida sea abundante.

Al atardecer los discípulos le piden que despida a la gente, le hacen notar que estan en un lugar desierto y necesitan ir a los poblados para conseguirse alimento. Pero Jesús los desconcierta, les dice: «denles de comer ustedes mismos». Los discípulos sólo atinan a demostrar que lo que tienen no alcanza para toda esa gran muchedumbre. Aunque han comprendido por las enseñanzas de Jesús que hay que atender a las necesidades de la gente, aún siguen pensando que no tienen que hacerse cargo de las mismas, es decir, constatan el problema pero no se implican.

«Denles de comer ustedes mismos», las palabras de Jesús son más que una orden. Dar de comer es pedir que cada uno se asuma como “madre” y “padre” de los demás. Es pedir que cada uno busque nutrir y saciar el hambre en sus diversas manifestaciones: pan material, pero también el amor, la fraternidad, la justicia, de libertad, de paz, de verdad.

Los discípulos le dicen: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». Ciertamente que nuestra primera constatación es que somos “pobres” para estas necesidades. Pero Jesús responde: «Tráiganmelos aquí». El proyecto de Dios no va a fracasar, todo lo contrario, nuestra pobreza no es un obstáculo, sino el medio a través del cual Jesús realiza la salvación de su pueblo.

El signo realizado nos da un mensaje muy profundo, tanto que se actualiza cada vez que participamos de la Eucaristía. Toda vez que se comparte el pan, se comparte la vida y se hace presente a Dios que es Vida y Amor. La Eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total.

Somos invitados a donarnos por amor con Jesús al Padre y a los hombres nuestros hermanos. Donarnos en la bondad, en el servicio, la atención, la ayuda, el desprendimiento, la pobreza, el compartir; creando así una nueva fraternidad nacida de nuevos vínculos más profundos y auténticos porque son como los de Jesús.

Somos invitados a expresar a todos los hombres su amor compasivo y misericordioso en la solidaridad y el compartir desde nuestra pobreza e insignificancia que el amor de Jesús transforma para bien de todos los hombres.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.