Hoy el evangelio nos ofrece un relato de gran actualidad: los discípulos de Jesús muertos de miedo en una barca y a Jesús que se acerca a ellos caminando sobre las aguas.

Muchos creyentes se encuentran sacudidos por las situaciones que tocan vivir. Y tienen miedo. Por eso muchos dan crédito a cualquier cosa que de alguna manera sea una explicación sencilla y ofrezca una solución a lo que nos pasa. Pero en realidad sólo ofrecen visiones distorsionadas de la realidad y falsas soluciones. Así muchos dan fe a teorías de complot, falacias sobre la enfermedad y su curación. Otros suman tendencias supersticiosas o de pensamiento mágico dando credibilidad a toda clase de supuestos mensajes celestiales y visiones aunque la Iglesia haya demostrado su falsedad.

Nada de esto nace de la fe. Todo lo contrario. Esto nace de la falta de fe...

 

Tengamos presente que la fe no es simplemente adhesión a teorías teológicas. Es mucho más que la aceptación de verdades.

La fe es apertura confiada a Jesús, adhesión total a su persona. Es asumir como criterio de nuestra vida su propia vida y forma de ser.

Aunque han visto a Jesús alimentar a una multitud incontable con apenas cinco panes y dos pescados, los discípulos aún no han llegado a la fe plena. Por esa razón la grave situación que atraviesan al cruzar el lago los llena de preocupación y miedo. De madrugada «se les acerca Jesús caminando sobre el agua». Los discípulos no lo reconocen. Creen que es un fantasma. Es el miedo el que distorsiona la mirada. Y es el miedo lo que más nos impide reconocer, amar y seguir a Jesús. El miedo nos hace olvidar lo que san Mateo insiste en este evangelio desde el anuncio del nacimiento de Jesús, que Él es el “Dios con nosotros”, es decir que Él es quien siempre estará a nuestro favor, el que nos acompaña y salva en toda situación, especialmente en la crisis.

Pedro se anima a ir hasta Jesús y descubre que puede caminar sobre el agua. Pero en el momento que dejó de mirar a Jesús, para mirar el mar embravecido comenzó a hundirse. Y Pedro nos enseña cómo reaccionar: elevó una sencilla oración «Señor, sálvame». La respuesta fue inmediata: «En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

Es evidente que necesitamos que la fe purifique la imagen que tenemos de Dios. El evangelio como la primera lectura nos piden que tengamos la docilidad necesaria para dejar que Dios mismo purifique la imagen que de Él tenemos. El profeta Elías humildemente aprenderá que Dios no es como un fuerte huracán que es capaz de destruir montañas; tampoco es un terremoto que todo lo hunde ni es un fuego devorador. Dios se hacía presente como «el rumor de una brisa suave».

La oración sencilla tiene el poder de transformarnos, nos hace “ver” el rostro verdadero del Señor y nos hace atravesar el miedo que hay bajo nuestros pies ¿cómo? Haciendo que todo lo dejemos en manos de Dios.

Les dejo dos escritos de una gran santa carmelita Teresa Benedicta de la cruz (Edith Stein). Esta mujer, gran pensadora y buscadora de la verdad, llegó al encuentro de Cristo y se entregó a Él primero por el Bautismo (ella era de origen judío) y luego por la consagración religiosa en el Carmelo Teresiano. Ella aprendió el abandono sencillo en las manos de Dios. Por eso en medio de la circunstancia histórica que le tocó vivir, el ascenso del nazismo, pudo permanecer en paz aún cuando fue detenida y llevada a los campos de concentración. Precisamente el domingo 9 de agosto de 1942 dio el supremo testimonio de fe en Cristo al morir en una cámara de gas en Auschwitz.

Estas palabras nos ofrece Teresa Benedicta sobre la fe-confianza en Jesús:

“No sabemos qué va a ser de nosotros; ante nosotros parece abrirse un abismo y la vida nos arrastra inexorablemente hacia adelante, porque la vida sigue y no tolera ningún paso atrás. Pero cuando creemos que vamos a precipitarnos en el abismo entonces nos sentimos en las manos de Dios, que nos sostiene y no nos deja caer. Y en tal vivencia no sólo se nos revela la existencia de Dios, sino también lo que Él es, su esencia, se hace visible en sus últimas irradiaciones: la energía que nos apoya cuando fallan todas las energías humanas, que nos regala nuestra vida, cuando pensamos que estamos muertos internamente, que fortalece nuestra voluntad, cuando esta amenaza paraliza. Esa energía pertenece a un Ser todopoderoso. La confianza que nos hace admitir que nuestra vida tiene sentido aunque el entendimiento humano no sea capaz de descifrarlo, nos hace conocer la sabiduría divina. Y la confianza en que este sentido es un sentido de salvación, en que todo, aún lo más grave, se halla finalmente al servicio de nuestra salvación”.

“Caminar siempre de la mano de Dios, hacer su voluntad no la propia, poner todas nuestras esperanzas y preocupaciones en las manos de Dios y no preocuparse de sí mismo y su futuro. Sobre estas bases descansan la libertad y la alegría de los hijos de Dios ¡Qué pocos, aún entre los verdaderamente piadosos y dispuestos al sacrificio heroico, poseen este don! Muchos de ellos marchan por la vida encorvados por el peso de sus preocupaciones y deberes”.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.