Estamos ante un evangelio sumamente revelador. Un evangelio que nos coloca ante la humanidad de Cristo. Algunos al leerlo querrán escapar del mismo. Otros desde sus “piadosas consideraciones religiosas” tergiversarán su contenido.

Es que nos resulta extraño y hasta algo escandalizador que Jesús tenga que ser corregido y enseñado. Un Jesús que en este texto es presentado como muy antipático por cierto, pero por mostrar actitudes propias de su pueblo y su cultura frente a los extranjeros...

 

Aquí es donde podemos profundizar nuestra fe en el misterio de la Encarnación. Solemos reducir este misterio a que el Hijo de Dios asumió un cuerpo humano. El misterio de la Encarnación implica mucho más: implica ser hijo de un tiempo, de una cultura, de unas circunstancias, de unos límites, de unos sueños y esperanzas, etc. En Jesús no hay nada “teatral”. Su Encarnación es real en todo, como confiesa la Fe de la Iglesia. Por la Encarnación Dios entró en nuestra historia, se hizo uno de nosotros, asumió todo el proceso que vive cada ser humano. Así se convierte en Salvador. El Hijo igual al Padre en dignidad y gloria se anonada, se vacía de sí mismo; asume en todo nuestra condición humana menos en el pecado.

Ahora sí podemos entender que Jesús sea corregido por la mujer cananea. El encuentro de ambos sucede en la región pagana de Tiro y Sidón, a la que pertenecía la mujer cananea, o sea que el extranjero aquí es Jesús que está fuera del territorio de Israel. La mujer cananea sigue a Jesús gritándole: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Es llamativo que siendo una mujer pagana, se exprese con tanto acierto llamando a Jesús “Señor” e “Hijo de David”. Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra. La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y Él responde secamente: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel». La mujer no se da por vencida. Le corta el paso y se postra ante Jesús, obligándolo a detenerse, y le suplica: «Señor, socórreme». Pero la respuesta de Jesús fue más dura que el silencio. La llama “perra”. Así llamaba la gente del pueblo de Jesús, en aquel tiempo, a todos los que no pertenecían al “Pueblo elegido”. No parece el mismo Jesús que venimos contemplando en el Evangelio. Es injusto el trato que le da a esta mujer que sufre, que le duele la miseria de su hija. Esta mujer no se merecía ese trato, es escandaloso.

Pero la respuesta de la mujer cananea conmueve a Jesús: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!». La mujer acaba de enfrentar al mismísimo Jesús, no se quedó en silencio, se impuso ante la injusticia. Ella creyó en Jesús y sintió que hacía parte de su proyecto y que estaba en igualdad de condiciones que el resto para participar en la salvación que Jesús ofrecía.

Y Jesús reconoció que la mujer cananea tenía razón. Y aceptando su limitación humana, su actitud equivocada, se dispuso a aceptar en su proyecto a todo el que sea diferente.

Ahora Jesús se rectifica. Aprende de esta mujer cananea. Y además alaba su fe: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!».

Nuestra defectuosa fe en el misterio de la Encarnación hace que miremos a Jesús más Dios que humano, y por eso nos escandaliza que tenga que aprender y rectificarse e incluso desprenderse de los tópicos de su cultura, la cultura del “Pueblo elegido”.

¡Qué grande es la humildad de Jesús! ¡Grande en su humanidad humilde!

El episodio de la cananea recuerda a otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera: “¿Qué hay entre tú y yo?” cuando le pide su intervención. No sólo se distanció de su madre sino que buscó argumentos teológicos para desentenderse: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el supuesto plan de Dios. Sin embargo ni a María ni a la cananea les convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone al bien del hombre.

En Caná de Galilea también se dejó corregir por una mujer, esta vez su propia Madre. La fe de la mujer cananea se expresó en el cortarle el paso y replicarle a sus dichos y así suscitó la curación de su hija. La fe de la Madre de Jesús se expresó en la orden dada a los servidores “Hagan todo lo que Él les diga” y finalmente gracias a esto “los discípulos creyeron en Él”. La fe en la persona de Jesús ha nacido de la humildad de Jesús que fue capaz de rectificarse y realizar las cosas desde Dios y no desde los límites que nos imponemos por nuestra falta de discernimiento.

Volviendo a la mujer cananea, Jesús alaba su fe que la hizo seguirlo, insistirle, cortarle el paso, confrontarlo. La semana pasada escuchamos que Jesús señalaba la falta de fe de Pedro, por la que casi se hunde en el mar.

Las enseñanzas de Jesús son la comunicación de su experiencia personal de Dios. Para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús, como todo hombre aprendió de la experiencia. La mujer cananea reafirmó en Jesús la convicción de que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre bueno está por encima cualquier barrera que trazamos los humanos: étnicas, culturales, religiosas. Y Jesús sabe ahora que ha sido enviado a todos los humanos, que lo suyo será derribar los muros que separan a los hombres (Ef. 2, 14-16).

Hoy una mujer pagana nos da un gran testimonio de fe que nos impulsa a una mirada más profunda sobre la persona de Jesús y también sobre aquellos que “no son de los nuestros” y a la vez es una invitación a la experiencia del Dios compasivo que transforma la vida de todos los seres humanos sin excepción.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.