El evangelista Mateo nos hace dejar el territorio extranjero de Tiro y Sidón y nos lleva a Cesarea de Filipo, una localidad a treinta kilómetros al norte del lago de Genesaret donde casi se hunde el apóstol Pedro, ese territorio pertenece al tetrarca Filipo, hermano de Herodes.

Aquí se desarrolla un diálogo entre Jesús y sus seguidores. Dialogo en torno a una cuestión decisiva para los discípulos: la identidad de su maestro. ¿Quién es Jesús? Es Él mismo quien plantea directamente la pregunta buscando la respuesta de la gente y la de sus seguidores.

«Ustedes ¿quién dicen que soy yo?» es la pregunta que hoy Jesús mismo nos dirige a cada uno...

 

¿Quién es? Porque al preguntarnos sobre su identidad se descubre lo que buscamos, deseamos y esperamos de Él. Con toda seguridad que a la pregunta respondemos muchas cosas lindas y grandiosas sobre Él. Lo mejor que se pueda decir. Pero a veces esta respuesta es más obra de nuestros deseos y expectativas que descubrimiento de su persona.

«Unos dicen que Juan Bautista, otros que Elías, o alguno de los profetas...» esa respuesta manifiesta que Jesús era considerado un enviado de Dios, pero uno más de la lista, no era descubierto como la Palabra/Proyecto definitivo de Dios. Daba lo mismo aceptarlo en todo o no. Resulta interesante que el pueblo vea a Jesús en la línea de los antiguos profetas, en lo que pueden influir muchos aspectos: su poder (Elías), su actuación pública muy crítica con la institución oficial (Jeremías), su lenguaje claro y directo, su lugar de actuación, no limitado al templo de Jerusalén (Juan Bautista).

Pero es descorazonador que no vean más allá. ¿Podría decirse lo mismo de nosotros? Casi seguro que sí. Responderíamos con mucha claridad lo que el catecismo nos dice sobre la persona de Jesús. Nuestras afirmaciones serían sumamente correctas. Pero la respuesta no se termina ahí. La fe en Jesús la respondemos en la actitud que tengamos ante su Palabra, su voluntad, sus gestos, su entrega. Y esto no lo tenemos tan en claro, pues muchas veces pensamos y actuamos nuestra vida de fe, nuestros modos de celebrar los sacramentos, o hablamos de nuestra esperanza sin contar con Jesús y no nos tomamos muy bien que alguien nos recuerde lo que Jesús dice al respecto.

Por eso decir quién es Jesús es más que simples palabras o reacciones. Digo quién es Jesús con mi modo de acoger a Dios en mi vida, con los acentos que pongo en la celebraciones de la fe, con la mirada que tengo hacia los otros especialmente los más descartados socialmente, en la forma que tengo de vivir. Sí, así respondo quién es Jesús. Porque Él no puede ser uno más entre tantos personajes santos de la historia de Salvación sino que Jesús es la Persona decisiva que orienta toda nuestra vida y nos da la esperanza definitiva.

Pedro responde por todos los discípulos «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le aclara que eso no es una conclusión a la que llegó por sí mismo sino que «esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». O sea que conocer a Jesús es fruto de una experiencia interior. Es fruto de la acción del Espíritu. Por eso no podemos acceder a comprender quién es Jesús y ni entender su evangelio si no existe en nosotros el silencio de la oración interior. Esto es la oración contemplativa que no es otra cosa que una oración que desea encontrar y amar a Jesucristo hasta identificarnos con Él. Sucede en el interior de nuestro corazón. Y nuestra debilidad humana no es obstáculo.

Por eso resulta interesante que Pedro confiese la fe correctamente después que Jesús le haya dicho que es hombre de poca fe cuando casi se hunde en el lago, o sea que es alguien débil, y pronto escucharemos a Jesús decirle a Pedro «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Nuevamente Pedro manifiesta su gran debilidad, la que llegará a hacerle tocar fondo cuando niegue a Jesús en la Pasión.

Pero no es la debilidad el obstáculo para que Jesús lo elija «piedra» sobre la que edificará la Iglesia. Pedro tendrá que tener en cuenta siempre esa debilidad. Porque no se confiesa a Jesús con la perfección de la organización comunitaria sino con el amor, es la única pregunta que Jesús resucitado le hace a Pedro y por la que lo confirma al frente de su rebaño (Jn 21, 15-19).

El amor humilde permite a Pedro darle a Jesús el centro de su vida, por eso lo pudo seguir hasta el fin.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.