Hoy continúa el dialogo que Jesús ha iniciado con sus discípulos acerca de su identidad «¿Quién dicen ustedes que soy yo?». Pedro ha respondido por todos. Y ha respondido acertadamente. Pero ahora le tocará escuchar qué clase de Mesías es Jesús y cuáles son las condiciones para ser suyo.

«Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».

Pedro al escuchar esto se escandaliza y nosotros con Él. No podemos aceptar este camino para Jesús ni para nosotros. Todos queremos triunfar al lado de Jesús, queremos tener razón en todo, queremos sentir que estamos del lado correcto, queremos sentirnos buenos...

 

Por eso nos resulta escandaloso que Jesús anuncie fracaso y muerte en manos de los poderosos. Es un escándalo que Aquel que salva, que ilumina, que sana la vida de los hombres mediante su compasión y misericordia muera injustamente. Se nos hace más difícil entender que aquellos que le dan muerte lo hacen en nombre de Dios. Jesús, además de inocente de todo mal e injusticia, ha revelado constantemente el rostro de un Dios-amor, lleno de ternura, compasión y misericordia. Si todavía cabe más dificultad, nos escandaliza que ese Dios no bajara a Jesús de la cruz, no impidiese que sufriese todo lo que sufrió en su Pasión.

Pedro se ha escandalizado, ha mostrado así su fragilidad una vez más. Pero nosotros podemos aprender de ello. Porque Pedro no se evadió, no se escapó hacia el “final feliz” de la vida de Jesús con la resurrección. Pedro ha aceptado mirar de frente la cruz de Jesús. Lo cual nos hace entender que para la Iglesia primitiva fue un largo recorrido comprender que la cruz es salvación. Debemos proceder como Pedro para poder madurar en la fe y en el amor. Para acoger con fe un Dios que no se impone al hombre por la fuerza ni por ninguna clase de poder. Sino que solamente se ofrece desde la fragilidad de un amor pleno, un amor que se entrega totalmente, gratuitamente y por esa razón respeta nuestra libertad hasta lo insoportable.

Nosotros preferimos seguir conservando espacios de poder (no hace falta que sea político o religioso, hay muchas formas de poder en lo cotidiano, o en la forma de ver nuestra fe y de querer comunicarla) y no queremos abrirnos a la revelación de un Dios que no es funcional. Es como si nos preguntáramos ¿para qué me sirve un dios que no responde a mis expectativas?

Porque es cierto que queremos cambiar el mundo, dejar huella con nuestros éxitos. Como se preguntaba un teólogo ¿quién es el Dios de los que así piensan y actúan? El Dios poderoso, Dios de acción, que lleva a la victoria a los suyos. Es decir, es el ídolo de todos los éxitos de la historia. Quienes veneran este dios saben hacer, deshacer, dominar, controlar, imponerse de muchas maneras. Esta visión parcial nos hace inhumanos, duros, fríos con nosotros y los demás.

Pero el Dios crucificado es una gran contradicción con ese dios de poder, dominio y éxito. El divino Crucificado nos asusta tanto que por eso falseamos su cruz convirtiéndola de buena gana en un ídolo de nuestro optimismo práctico.

Necesitamos dejarnos convertir por Jesús crucificado. Despojados de falsas imágenes de Dios, mientras vamos madurando en la fe podremos amar como Jesús, darnos a todos como lo hizo Jesús, entregar la vida como Jesús en un amor total: esto es lo que nos trajo la salvación.

Así se entiende las condiciones que Jesús pone para seguirlo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?».

Sin embargo, no basta tener ideas claras sobre la cruz y el seguimiento de Jesús. Hace falta que al igual que a Jeremías, nos dejemos seducir por Dios. Seducidos y hasta «sedientos» de Dios, como dice el salmo responsorial de hoy, para poder vivir las implicaciones de dicho seguimiento. Nuestra vida cristiana no se realiza desde la sola fuerza de la voluntad, sino desde ese dejarse seducir permanentemente por el Dios que todo lo hace posible en nosotros con su gracia y su amor.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.