Después de revelarnos su identidad de Mesías que sirve a la humanidad dando vida, después de invitarnos a seguirlo por el mismo camino llevando la cruz como Él, ahora Jesús nos ofrece pautas de convivencia fraterna, amorosa y comprometida.

Hoy nos habla de corrección fraterna y el domingo siguiente nos hablará de perdonar siempre. Dos maneras de amar muy comprometidamente a los hermanos...

 

La corrección fraterna no nos resulta fácil de ofrecer ni de recibir. Nuestras experiencias en este campo no han sido gratas. Hemos recibido “correcciones” donde, más que buscar nuestro bien y crecimiento, el que nos corregía parecía hacer una demostración de su poder sobre nosotros. En otros casos eran manifestaciones de superioridad moral que más que corregir era descalificar y avergonzar. Por otra parte el que recibe una corrección necesita una gran dosis de humildad y de madurez humana que no es fácil de alcanzar. Por si esto fuera poco la lógica del “mundo” nos lleva a mantener conversaciones donde escuchamos o damos opiniones condenatorias con una increíble contundencia, sin dar oportunidad de explicación o defensa, pues pareciera que nuestras opiniones son infalibles. También existen de nuestra parte silencios hostiles ante el error del otro, pero más tarde, en circunstancias diferentes, lanzamos de un modo duro e injurioso nuestra condena a ese error, y a veces lo hacemos por la espalda pero con la esperanza que llegue al interesado.

En cambio, Jesús nos llama a actitudes sanas y constructivas que hacen mejor la vida de todos y la embellecen. Nos pide que actuemos con respeto, atención, escucha, caridad y perdón. Por eso, en el Evangelio de hoy predominan las actitudes del diálogo y del encuentro: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado”. Nos pide dar el primer paso, pero en clima de dialogo sereno y amable. De hecho la palabra clave de todo este texto evangélico es “HERMANO”. Por eso, para Jesús, solo podemos acercarnos al otro de manera personal y amistosa.

No somos invitados a la corrección de alguien porque seamos mejores o superiores a nadie, sino porque somos HERMANOS que se tienen que ayudar mutuamente a ser mejores.

Todo pecado es error que desvía de la meta a la que estamos llamados. No solamente nos impide llegar a esa meta sino también a la plenitud que deseamos. En solitario, sin el hermano que nos corrija no podríamos alcanzar ni el más mínimo grado de humanidad, no estaríamos edificando la vida sobre la realidad, sino sobre una fantasía de creer que somos lo que no es verdad.

Llama la atención que al final se nos diga cómo proceder con quien no acepta la corrección. Se nos dice que lo consideremos “como pagano o publicano”. ¿Es esto una actitud excluyente o despreciativa? ¿Se nos invita a la distancia o la ruptura de relaciones? De ninguna manera. Tenemos que recordar cómo presenta el Evangelio la actitud amistosa de Jesús hacia los publicanos y hacia los paganos. Por otra parte en el contexto de la enseñanza de hoy, este fragmento del evangelio está precedido por la parábola de la oveja perdida. Allí se nos señala que Dios “no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”. Esto nos hace concluir que debemos esperar, necesariamente, el tiempo de cada persona, porque quizá aún no ha llegado su momento de apertura, de ver su propia realidad.

Sorprende que, a continuación, Jesús nos dirija aquí unas palabras similares a las que dijo al apóstol Pedro, pero ahora ampliadas a toda la comunidad: “todo lo que aten en la tierra quedará atado en los cielos”. Nos está diciendo que todos los creyentes tenemos capacidad y poder de crear comunión. Lo nuestro tiene que ser una presencia reconciliadora a los conflictos humanos, una presencia positiva en la sociedad: los discípulos de Jesús somos capacitados para “atar”, por lazos de amor, aquellas relaciones rotas por discordias, envidias, egoísmos, etc. Es esto lo que el mundo hoy necesita. El punto de partida es mirar al otro como HERMANO, sea quien sea y haya hecho lo que haya hecho.

El Evangelio termina con una promesa divina: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esta presencia no solamente se da en la oración, sino también en el afecto fraterno de dos o tres personas, que han profundizado sus vínculos por la aceptación humilde de la corrección fraterna, realizada siguiendo los criterios de Jesús.

Este sano ejercicio, bello como la creación de una obra de arte, nos hace más discípulos de Jesús y constructores de su Reino.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.