El domingo pasado Jesús nos enseñó el camino de la corrección fraterna, de la ayuda mutua para crecer y ser mejores. Hoy da un paso más y nos invita a perdonar siempre.

Sus palabras nos sensibilizan de una manera especial. Nos sentimos profundamente comprometidos, y a veces humillados. Pensamos de nosotros mismos que nos es imposible perdonar....

 

Incluso rezamos y nos comprometemos a perdonar. Sin embargo, sentimos que la afirmación del Padrenuestro “como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” se convierte en un peso que nos agobia.

Nuevamente es el apóstol Pedro, el que desde su fragilidad, nos ayuda. Él pregunta a Jesús: “¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. La respuesta de Jesús deja en claro que desde el voluntarismo legalista es imposible el perdón. Para Jesús sólo es posible desde la experiencia de Dios, experiencia que se caracteriza por la gratuidad. Lejos de dar una orden, Jesús nos llama a una conversión del corazón y a un estilo de vida que concuerda con la conducta de Dios, al que llamamos Padre.

El esfuerzo voluntarista por perdonar puede perjudicarnos, de hecho hace más profunda y dolorosa la herida provocada por la ofensa recibida; o también puede llevarnos a expresar un orgullo sutil ,de sentirnos mejor y más nobles que aquel al que perdonamos.

Y a continuación Jesús expone una inquietante parábola, la del servidor sin entrañas. Un rey perdona compasivamente a un gran deudor, pero el que fue perdonado no hace lo mismo con un compañero, que también es deudor suyo. Los otros servidores y compañeros denuncian al primero y esta vez va a la cárcel hasta que pague la deuda. En esta parábola es muy notoria la dinámica de la injusticia y la venganza.

Por cierto, el rey no es capaz de perdonar “setenta veces siete”, como dice Jesús a Pedro. Es obvio que ese rey no es imagen de Dios.

Esta parábola nos deja la amarga imagen de un mundo en el que no hay lugar para la misericordia y para el perdón. Echa por tierra nuestra idea de un mundo, una sociedad, un grupo humano, regidos exclusivamente por el orden, la justicia y el castigo al que actúa mal. Jesús deja en claro que ése no será un mundo mejor sino inhumano y tenebroso. Por eso Él invita perdonar siempre.

Cuando uno escucha la invitación al perdón nos angustia y rebela, porque pareciera desconocer el sufrimiento, el desprecio y la humillación a que fuimos sometidos, o peor, pareciera olvidar el dolor de las víctimas de terribles maltratos y heridas. Pero hay que decir que cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda herida para siempre y esto es un peso que la condicionará y hará daño siempre, porque la encadena negativamente al pasado y al poder de quien la hirió. De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace muy difícil la convivencia.

Cuando el Evangelio de la Gracia no es acogido, nada nos impulsa a salir de nuestro egoísmo. Nos encerramos en nuestra desesperación y defensa a ultranza. Nos hacemos incapaces de amar y de vivir en comunión.

El poder perdonar exige un proceso largo que suele llevar bastante tiempo. Dios respeta nuestros tiempos, es más, se hace nuestro propio ritmo, nos dice San Juan de la Cruz. Y ese proceso y esos tiempos, tienen unos pasos específicos, necesarios para llegar al perdón y a la liberación interior.

El evangelista San Mateo al final del texto de hoy, coloca una afirmación similar al concluir el Padrenuestro: agrega esta seria advertencia: “pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre que está en el cielo los perdonará”. No se trata de que Dios sea vengativo, ni que se tome revancha; sino que se nos explica que si nos cerramos al amor del prójimo, también estamos cerrados a recibir el amor de Dios en nuestras vidas.

Al invitarnos a perdonar, Jesús nos está proponiendo recorrer el camino más sano y eficaz para restaurar nuestra vida y erradicar el mal de nuestro entorno.

Sólo quien acoge al Dios misericordioso y tierno del Evangelio, sólo quien se acepta incondicionalmente amado por Dios, vence los miedos y vive el verdadero camino hacia los otros, los hermanos y hacia el gran Otro, Dios.

Es este el camino para vivir en comunión con Aquel que da sentido y esperanza a la propia vida.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.