Si el domingo pasado Jesús nos dejaba un sabor amargo, con la parábola del siervo sin entrañas, una parábola que mostraba lo tenebroso e inhumano que se vuelve el mundo cuando no hay ni perdón ni misericordia, hoy nos sorprende y deslumbra con esta maravillosa parábola del generoso dueño de una viña. Propietario que encarna perfectamente la insondable bondad de Dios.

La parábola empieza como muchas otras: “El reino de los cielos se parece a un propietario…” . A través de la actuación de este personaje se nos irá descubriendo, con una fuerza increíble, la fuerza de la bondad y del amor de Dios...

 

Era muy común, en el tiempo de Jesús, que quienes no tenían trabajo ni medios para valerse, sea porque se vieron obligados a perder sus pequeñas parcelas de tierra sea porque vendieron las herramientas con que se ganaban la vida, se juntaran en las plazas de los pueblos esperando que alguien los contratara. Por supuesto que todos no tenían suerte. No es el caso de la parábola de hoy. Este propietario de la viña sale de su casa y va, personalmente, a buscar trabajadores para su viña. Lo hace al amanecer, vuelve a media mañana y repite por la tarde. Parece que lo suyo es salir a buscar trabajadores, encontrar y acoger en su viña a los que están “todo el día sin hacer nada”. Por cierto, somos incapaces de imaginarnos la alegría de esos hombres empleados ahora: podrán llevar a su casa el denario necesario para su sustento. Ese “sueldo” alcanzaba para un día y sobraba algo para el siguiente. Ninguna de las familias de esos hombres pasará necesidad.

En verdad que el propietario de la viña se comporta de una manera extraña. No parece preocuparle tanto la viña, como las necesidades de quienes no tienen trabajo.

Jesús afirma, una vez más, que Dios no actúa con criterios de justicia distributiva y aséptica, esa con la que tanto nos gusta conducirnos. Este Dios que Jesús revela, más que nada, busca responder a nuestras necesidades.

A continuación viene el núcleo de la parábola. Al atardecer paga a todos el denario que les había prometido. El evangelio subraya: empezando por los últimos y terminando por los primeros.

Esto suscita diversas reacciones. Los que fueron contratados temprano se indignan de que se les pague lo mismo que aquellos que llegaron últimos. La generosidad del propietario ha hecho emerger la mezquindad del corazón humano.

Entendemos perfectamente lo que hizo el propietario, pero no lo compartimos. Estamos de acuerdo que es injusto. Con mucha facilidad argumentaríamos “lógicamente” para demostrar que no se debe pagar lo mismo al que trabajó apenas un poco de tiempo que a lo que estuvieron desde temprano.

Lo cierto es que nadie fue perjudicado. De hecho la parábola dice que «Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña». Y, cuando el propietario contrata a un segundo grupo de trabajadores, recalca el mismo contrato «les pagaré lo que sea justo».

Se nos hace muy difícil admitir que lo más nos indigna y molesta es la bondad de Dios. así el dueño de la viña le dice a uno de los que protesta: «¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?». Queda claro que no tenemos ninguna injusticia que denunciar.

Jesús nos presenta a Dios de tal manera, que no se parece en nada a nosotros, que no comparte nuestra lógica, que ha decidido, desde siempre, darnos a cada uno lo que necesitamos para vivir plenamente, sin que nos lo tengamos que “ganar”, porque el Reino de Dios es don y no tenemos que conquistarlo sino acogerlo, aprendiendo a sentir y actuar como Dios.

Acoger a Dios también exige claridad y trasparencia en nuestros conceptos de justicia. Pues solemos buscarla al margen de la misericordia, como el domingo pasado nos lo decía la parábola del siervo sin entrañas.

Dios nos dice por boca del profeta Isaías, en la primer lectura de hoy, «los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos».

La escucha de su palabra, la oración contemplativa nos permitirán ahondar más y más en el Dios que nos revela Jesús y así poder convertirnos a Él. De lo contrario nos quedaremos con imágenes inventadas por nuestros miedos y mezquindades, no con el Dios verdadero.

Pidamos que Dios ensanche nuestro corazón, para que haya lugar en él para la generosidad y la bondad, para alegrarnos del bien de los otros, para agradecer que Él nos ama a todos, preferentemente a aquellos a los que no somos capaces de amar. Tratemos de que nuestros planes se acomoden cada vez más a los suyos. Eso es la justicia verdadera. Será la alegre experiencia que brota de un corazón bueno.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.