Cada domingo escuchamos a Jesús plantear valores verdaderos, aquellos que tienen que vivir y difundir los que se dicen creyentes en Él.

Hoy hace una muy importante precisión: no hay verdadera evangelización si solo nos quedamos en el anuncio de unos valores y no fomentamos el discipulado, es decir, el seguimiento de Jesús, haciendo comunidades comprometidas con los valores de Jesús, especialmente en la opción por los más pobres y excluidos, construyendo así una nueva humanidad...

 

Este evangelio se sitúa en Jerusalén. Jesús ha purificado el templo, expulsando a los mercaderes. Es allí donde tiene lugar esta discusión con fariseos y sumos sacerdotes, es decir, la gente religiosa. Para ellos pronuncia esta sencilla parábola que no necesita mucha explicación: lo importante no es decir si no hacer.

Sin embargo, no es un hacer cualquiera. Los fariseos eran sumamente piadosos y atentos a los necesitados, pero discriminaban mucho. Se trata de hacer la voluntad de Dios. Una voluntad que se manifiesta en «escuchar» al hijo amado. Por tanto, es un "hacer" en consonancia con la voluntad del Padre, que no es otra cosa que el bien de las personas sin excepción porque el Padre Dios quiere que «no se pierda nadie» (Juan 6,39).

La gente religiosa, como los fariseos o sumos sacerdotes, han antepuesto a la voluntad de Dios, las interpretaciones que ellos hacían. Unas interpretaciones al servicio de una moral que ordenara la vida de las personas y de la sociedad de tal y cual manera. Pero para esto, casi siempre, se “acomoda” o se rehúye la voluntad de Dios manifestada en su Palabra.

Lo que más sorprende es la aplicación que Jesús hace de la parábola. Es extremadamente dura para cualquier persona religiosa y moralmente “correcta”: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios».

¿Cómo digerir semejante afirmación? Personas moralmente reprochables como los publicanos o las prostitutas ¿los preceden a ellos que siempre se han comportado correctamente?

Jesús ha desenmascarado la hipocresía, ha puesto al descubierto lo que hay en el fondo del corazón que clasifica, juzga y desprecia a la gente. Son muy religiosos sí, pero dicen querer hacer la voluntad del Padre y sin embargo con su conducta la niegan. Y aquellos despreciados y condenados socialmente por sus pecados, como son los publicanos y las prostitutas, se abren a la novedad de Dios y su Buena Nueva de misericordia y liberación Por eso, estos despreciables pecadores, los van a preceder en el Reino. En los publicanos y las prostitutas tal vez veía Jesús “su humillación”, que hacía que tuvieran un corazón más abierto a Dios y a su perdón, y que tuviesen menos orgullo y prepotencia, actitudes tan propias de la gente religiosa. Prostitutas y publicanos sorprenden por mostrar muchas veces una comprensión y cercanía mayor a los últimos de la sociedad.

Precisamente la conducta de Jesús nos permite constatar que se acerca justamente a los más discriminados. Se sienta a comer con publicanos. Se deja besar los pies por una pecadora. Toca con su mano a los leprosos. Busca salvar «lo que está perdido». La gente religiosa despectivamente lo llama «amigo de pecadores». Y Él, con insistencia provocativa, va repitiendo que «los últimos serán los primeros». Nunca asumió la actitud discriminadora de los fariseos, que se alejaban de aquellos que, a su juicio, estaban en pecado. Tampoco asumió Jesús la conducta elitista de la comunidad de Qumrám, la cual era sumamente excluyente, llegando a confeccionar listas de personas intratables para ellos. Jesús y su Evangelio van en contra de toda forma de estigmatización. Anteponen la mirada de justicia y misericordia a la de la moralidad consensuada.

Esta es la voluntad del Padre, la que siempre tenemos que realizar.

Por otra parte, necesitamos tener presente que todas las personas, pero muy especialmente la muy religiosas, les cuesta cambiar de perspectiva, aunque esta sea injusta, porque así se sienten seguras. Si nos animara la pasión por la verdad nos desinstalaríamos de esa pretendida “seguridad” porque estaríamos metidos en un dinamismo de la apertura de la mente que ensancha el corazón. Así nos disponemos realmente a realizar la voluntad del Padre. Así demostramos de un modo coherente nuestra fe.

Los cristianos tenemos que tener presente que lo nuestro no es creer simplemente con los labios, sino con lo que expresamos con nuestra vida entera.

Pablo Ferreiro, ocd.