«Por sus frutos los conocerán», estas palabras de Jesús son una luz que guía nuestro discernimiento. No son una concesión a juzgar a aquellos, según la cortedad de nuestra mirada, no están a la altura de la fe que dicen tener. Más bien son criterio para saber guiarnos con certeza en el camino de la realización de la voluntad divina. Como bien diría Santa Teresa: «Mirad que no son tiempos de creer a todos, sino a los que viereis van conforme a la vida de Cristo». (Camino de Perfección 21, 10). No nos dejemos deslumbrar por la pompa que rodea a ciertas personalidades, ni por sus carismas personales, ni por sus palabras altisonantes. Miremos sí, cuán referido está a Jesús y a su evangelio...

 

Continúa la enseñanza de Jesús en el templo de Jerusalén, después de su solemne entrada. Su ingreso iba acompañado de los cantos de los niños, “¡Hosanna el hijo de David!”, y el regocijo de los ciegos y paralíticos. Ahora, en el templo, Jesús, el Señor, el Mesías, ha instalado su cátedra. El Evangelio devuelve vitalidad a aquel templo reducido a complicados rituales, pero donde no se escuchaba la voz de Dios. Y eso se escuchará en las palabras de Jesús: la Buena Noticia de la Salvación, que envía un Padre amoroso por medio de su Hijo.

Pero, a pesar de todo esto, hay una dura resistencia a la Palabra viva de Dios. ¿Por qué será que la gente tan religiosa y devota no gusta escuchar al Dios que dice venerar? ¿Por qué sólo hacen hincapié en rituales y preceptos que son elaboración humana?

La parábola presenta a un señor que alquila una viña a unos campesinos y cuando envía a sus empleados a recoger la parte de la cosecha que le corresponde por el alquiler, los viñadores reiteradamente se niegan a entregarle su parte y lo hacen de forma violenta, matando a los emisarios. Queda subrayado lo profundo del pecado de los viñadores: son inquilinos, pero se quieren hacer dueños. Por eso deciden asesinar al heredero de la viña: “vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”.

Seremos muy ciegos si no somos capaces de aplicarnos la parábola. Y esa ceguera la produce pensar que los jefes religiosos eran gente malvada. Su preocupación por el culto, por la Ley, por defender la institución, por el respeto a su Dios era sincera. La dureza que muestran ante Jesús es la dureza dirigida a toda novedad, a todo cambio que se necesitase hacer para mejor expresar la voluntad de Dios. Lo que significa que les faltaba autocrítica para saber diferenciar sus propios intereses de los derechos e intereses de Dios. De esta manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse dueños y señores del pueblo de Dios.

Tampoco nos aplicamos esta parábola pensando que sólo es válida para el pueblo de la Antigua Alianza y, dado que nosotros somos el pueblo del Nuevo Testamento, creemos poseer una especie de “garantía” de que no nos pasará nada. Pero esto es un serio error que nos permite instalarnos cómodamente en el banco de la mediocridad.

Dios no es nuestro cómplice en esta fatal elección de la mediocridad. Él no tiene porqué sostener un cristianismo estéril, distraído de lo esencial, enredado en cumplimientos religiosos que Él no espera. No hay motivo alguno para que Dios bendiga a una comunidad que se niega a dar frutos. No tiene ninguna obligación de adaptarse a nuestras incoherencias, deformaciones del mensaje evangélico y de nuestra poca fidelidad a su Palabra por dar esta fidelidad a nuestras propias invenciones de la fe.

Si permanecemos empecinados en nuestra ceguera y mediocridad, Dios abrirá nuevos caminos de salvación a “otros” inesperados receptores que sí produzcan frutos

La parábola nos invita al discernimiento para que no nos apropiemos del mensaje del Reino, desvirtuándolo y alejándolo del horizonte al que señaló Jesús. El horizonte del amor compasivo de Dios que espera de nosotros los frutos de una vida nueva acorde a la de su hijo Jesucristo.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.