Continúa la polémica de Jesús en el templo de Jerusalén. Los que detentan el poder intentan desacreditar al que tiene autoridad. Una y otra vez se muestra que no pueden lograr su objetivo en el terreno de la vida cotidiana, en el diálogo que pone al descubierto la profundidad de los corazones. Por eso los poderosos, en lo social o lo religioso, terminarán crucificando a Aquel que tiene autoridad.

El domingo pasado, Jesús englobaba a los poderosos en la imagen de los “viñadores homicidas”. Hoy los describe en los “invitados al banquete” del rey que rechazan la invitación. Pero hace falta subrayar que las palabras de Jesús permanecen para siempre, por eso, no debemos quedarnos con la idea de que sus enseñanzas son para determinados destinatarios, sino que están dirigidas para todos los que escuchan, a lo largo de todos los tiempos...

 

La imagen del banquete de bodas, como descripción del Reino de Dios, es una grandiosa metáfora que permite vislumbrar el destino del hombre y también la imagen de Dios.

El destino del hombre es la felicidad sin fin. Dios quiere compartir con el hombre su felicidad. Aquí es necesario revisar nuestra comprensión de la vida cristiana, tantas veces interpretada como mera obligación, precepto y normativa. Jesús nos habla de un magnífico banquete, porque lo prepara un rey, donde se disfruta en comunión con el resto de los invitados. Una vez más, Jesús deja en claro que la felicidad y la plenitud es la meta esencial que ofrece el cristianismo, superando el mal, el individualismo, el sinsentido y la muerte.

La parábola describe las diversas reacciones ante la invitación del rey. Aquellos que eran los primeros destinatarios la rechazan, se van a sus cosas e incluso se vuelven violentos: «Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron».

Al igual que los “viñadores homicidas”, parece que los invitados, que ahora somos nosotros, creen tener “derechos” sobre Dios y su proyecto y poco les importa lo que Dios proponga o diga. Surge entonces el alerta de vivir la fe como apropiación, como instalación en la rutina de siempre, en las seguridades de lo que uno controla y en la oposición y resistencia a lo nuevo. Una vez más, Jesús desaprueba esta actitud que se quiere confundir con la fe verdadera.

A continuación el rey toma una nueva decisión: habrá otros invitados, unos que no eran esperados. Es decir, la salvación que Dios ofrece no se hundirá en el fracaso. Su Reino ahora es abierto a otros: «Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados».

A nosotros, que solemos dividir y catalogar a los hombres, nos tiene que resultar escandaloso que los invitados sean «buenos y malos». Evidentemente que la mirada de Dios no se detiene en un lado de la “vereda” donde los hombres son situados. La mirada misericordiosa de Dios sobrepasa nuestras mezquinas divisiones y mira lo que olvidamos mirar: la verdad del otro es que éste es un ser humano. Nosotros solemos mirar egoístamente y siempre juzgando a los demás, de qué lado están, qué hacen o dejan de hacer.

Los que no aceptaron la invitación al banquete se fueron a sus cosas completamente solos. En vez de gozar la vida en fraternidad solo se relacionan por intereses, como socios no como hermanos. Nos recuerda el Papa Francisco en la última encíclica, Fratelli Tutti: “Los que únicamente son capaces de ser socios crean mundo cerrados” (n.104) que están juntos por “determinados intereses” (n. 102). Así la libertad y la igualdad no bastan sin la fraternidad (nn.103-104). Pero el don y la exigencia cristiana se encaminan a la fraternidad. “Jesús nos decía: Todos vosotros sois hermanos” (n.95)

Por otra parte los que aceptan la invitación de estar solos en sus lugares, al ingresar en el salón de fiesta, se vuelven familia, comunidad que festeja y celebra la vida, todos juntos.

Otra vez el Papa nos dice: “Cada uno es plenamente persona cuando pertenece a un pueblo, y al mismo tiempo no hay verdadero pueblo sin respeto al rostro de cada persona. Pueblo y persona son términos correlativos” (n.182) “La pareja y el amigo son para abrir el corazón en círculos, para volvernos capaces de salir de nosotros mismos hasta acoger a todos” (n.89). Esto asentado a la vez en una fuerte afirmación del valor y dignidad de la persona. “percibir cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona siempre y en cualquier circunstancia” (n.106). “La persona humana está naturalmente abierta a los vínculos” (n.111).

Finalmente la parábola habla del invitado sin el adecuado traje de boda. Es algo extraño ¿quién andaría por los caminos llevando entre sus cosas un traje de etiqueta? El extraño requisito, en realidad, está hablando de una actitud que ha de ser permanente en cada creyente. Es fácil decirse creyente, pero otra cosa es entrar en la dinámica del evangelio. Es justamente eso es lo que nos hace verdaderos creyentes en Cristo. No basta pertenecer a la Iglesia. Sino que hay que revestirse de Cristo, como dice San Pablo y se repite en el ritual del Bautismo. Es la única manera segura de entrar en el Reino de Dios.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.