Una vez más el evangelista san Mateo, nos trae una nueva confrontación entre Jesús y los representantes de su pueblo. Ya no son los sumos sacerdotes y los ancianos. Ahora han venido a tenderle una trampa los fariseos y herodianos. Es interesante tener presente que estos dos grupos vivían siempre enfrentados. Pero ahora se han puesto de acuerdo para tenderle una trampa mortal a Jesús. Ya no alcazaba con desprestigiarlo, necesitaban encontrar alguna palabra que lo condene a muerte, ya sea por manos del pueblo, escandalizado por su respuesta, o mejor aún, por manos de las autoridades romanas...

 

Fariseos y herodianos son enemigos entre sí. Cada grupo defiende distintas opiniones sobre el tema de pagar el impuesto al emperador romano. Sin embargo, ahora se han puesto convenientemente de acuerdo, para intentar destruir a Jesús. Y para eso no vacilan en “dejar de lado” sus desacuerdos, pero más que eso, manipulan la verdad, la sacrifican, con tal de alcanzar el objetivo.

¡Cuánto se parecen a nuestros medios de comunicación actual! Por alcanzar lo que quieren, no dudan en relativizar, ignorar, falsear, recortar la verdad. Todo sea por destruir al “enemigo” y dar rienda suelta al propio egoísmo individualista.

Jesús no cae en la trampa. Es humilde por eso puede discernir correctamente. No está dominado ni por el egoísmo, ni por la codicia, ni tiene fantasías de poder y triunfo sobre nadie. Él siempre está al lado de la gente, no como “estrella” o líder admirado. No. Él siempre está como servidor. Su limpieza de corazón le permite ver y desenmascarar la falsedad e hipocresía de quienes lo interrogan. Como no busca “prestigio”, propio de la vanidad, es capaz de decir en voz alta lo torcidas que son las intenciones de los que lo confrontan.

La respuesta de Jesús no era la esperada: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», no es una evasiva sino que revela el corazón del problema. Los fariseos y herodianos habían preguntado si era lícito pagar el impuesto imperial, si eso no era una ofensa a Dios. La respuesta contundente de Jesús es que a Dios le interesan otras cosas más importantes, y esas no se las quieren dar.

Necesitamos aclarar que esta respuesta de Jesús ha sido muy manipulada. El sentido verdadero no es el que se le ha dado, como una separación entre lo sagrado y lo profano, el estado y la religión. Jamás podría ocurrírsele una cosa así a un judío piadoso como era Jesús. Nunca pensaría que Dios y el César pudieran estar en el mismo plano. A Jesús y a cualquier hombre creyente de su pueblo jamás se le ocurriría que la fe es un asunto privado que no debe meterse con la marcha del mundo.

Con su respuesta, Jesús destaca que, ni el César ni su dinero son divinos. Todo pertenece a Dios, incluido el César. Jesús ha subrayado lo que el pueblo oraba en los salmos: “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes” (Salm 23, 1).

Al no reconocer la condición divina del emperador romano, Jesús está señalando que Dios y el César no pueden ser vistos como dos poderes, que pueden exigir cada uno de ellos, en su propio campo, sus derechos a sus súbditos. Nadie ni nada, ni emperador ni dinero, puede arrogarse un poder absoluto. El césar, en el querer de Dios, debe estar realmente al servicio de los hombres. Jamás debe usarlos para sus intereses.

Quizá se comprenda mejor si asumimos una traducción más literal de la respuesta de Jesús: “Devuelvan al César, lo que es del César. Y devuelvan a Dios lo que es de Dios”.

¿Qué hay que darle/devolverle a Dios? En primer lugar al ser humano, que es su imagen y semejanza, y por tanto todo el pueblo es de Dios. Pero también toda la creación es de Dios. Devolverle o darle a Dios lo suyo es asumir lo que le interesa: que se escuche a Jesús, su Hijo, que se acepte el mensaje del Reino. Devolverle a Dios lo que es de Dios, es adoptar una actitud de conversión. Es organizar nuestra sociedad, no desde nuestros egos entronizados, ni desde el poder divinizado de nuevos “césares”, egoístas y mezquinos, que saben engañarnos con su hipocresía eficazmente manipuladora. Devolverle a Dios lo que es de Dios, es acoger a los débiles, a los pobres, a los marginados, a los ancianos, a los emigrantes, a los niños. Devolverle a Dios lo que es de Dios, es no permitir que haya ni pueblos ni seres humanos descartables. Devolverle a Dios lo que es de Dios, es interesarse y comprometerse por el bien común.

Todo esto no interesa ni preocupa a fariseos y herodianos de turno, pero es esa la cuestión principal. Recordemos que los “herodianos”, eran los partidarios políticos de Herodes y estaban conformes con el imperio romano, atropellara a quien atropellara. Los “fariseos”, eran laicos muy religiosos, que se llevaban bien con los romanos mientras pudieran realizar sus prácticas religiosas, prácticas a su estilo no como lo quiere la voluntad de Dios, pues no se interesaban por la marcha del mundo.

El pasado 4 de octubre el Papa Francisco nos ha entregado una nueva encíclica, “Fratelli tutti”. Los herodianos y fariseos de turno, a través de los medios y redes de comunicación, han intentado descalificarla, como buenos servidores de nuevos “césares” que son.

Si queremos ser discípulos de Jesús y darle a Dios lo que es de Dios, debemos leer y meditar esta encíclica con verdadero espíritu de conversión y comprender en qué tarea nos quiere Dios ocupados: la de hacer un mundo realmente fraterno, para todos los seres humanos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.