Una vez que se retiraron, fuertemente cuestionados, los fariseos y herodianos, que vinieron a Jesús con el interrogante del impuesto imperial, un planteamiento que en realidad era una trampa, hoy es un escriba o doctor de la ley quien se acerca a cuestionar a Jesús sobre el mandamiento principal.

Este doctor de la ley, como muchos creyentes de hoy, desde su particular teología propone una discusión en el plano teórico. A Jesús le agrada la gente sencilla, que es trasparente, que no se complica la vida con cuestiones teóricas inútiles. En cambio, no se lo ve a Jesús tan cómodo con los intelectuales arrogantes y autosuficientes. Los escucha, les responde pero no se queda con ellos. Y por encima de todo, no se deja enredar en la telaraña de sus discusiones idealistas.

El doctor de la ley quiere saber qué es lo esencial, lo decisivo en la religión que profesan. Él, como el resto de los maestros de la ley, resume en seiscientos preceptos en que fue sintetizada la Ley. Seiscientos preceptos con rango de absolutamente decisivos. Pero algunos doctores, con total sinceridad, se preguntaban si eso podía ser así. No es el caso de hoy, pues el evangelista señala que pregunta para ponerlo a prueba.

Jesús responde uniendo dos mandamientos del Antiguo Testamento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

No se trata de la simple enlace de dos mandamientos. Se trata de una identificación en toda regla, por eso el evangelista san Juan lo llamará, con toda razón, “mandamiento nuevo”.

Con esto Jesús destaca dos cosas, que muchas veces olvidamos o damos por sentado que sabemos y practicamos: en primer lugar, el valor absoluto de cada persona. Esto es una propuesta exclusiva de Jesús. Para Él no se valora a alguien por su pertenencia a un pueblo, una asociación, corrientes de pensamiento o religión. El valor de cada uno está en su condición humana. En segundo lugar a ese prójimo hay que amarlo como al mismo Dios: «con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu».

Ante este mandamiento nos encontramos con serios obstáculos. Primero: tenemos la fantasía de creer que podemos amar a Dios y no amar al prójimo. Por supuesto que no lo decimos, en teoría amamos a todos. Pero hay que reconocer que, con astucia, solemos limitar a las personas que consideramos prójimo. Es como si nos dedicáramos a confeccionar una imaginaria lista detallada, de las personas a las que hay que considerar como «prójimos» y a quienes no. Una especie de agenda con las direcciones de los individuos a los que se puede abrir el propio corazón sin complicarnos la vida. Aquí mostramos nuestra mundanidad, cuyo ideal es “sentirnos bien” evitando lo que nos puede molestar y desinstalar de nuestra cómoda seguridad.

Como dice un comentarista de la parábola del Buen samaritano: “El problema fundamental del cristiano no es conocer quién es su prójimo, es decir, la categoría de personas que le permiten ejercitar la caridad con el menor costo posible. El problema esencial es «hacerse prójimo», desplazando el centro de interés del yo a los otros” (Alessandro Pronzato)

En segundo lugar, confundimos el amor con el deseo de que el otro nos quiera. Es un deseo puramente egoísta. Deberíamos discernir, con toda sinceridad, si cuando expresamos amor a alguien no estamos demandando ser amados.

«Amar a Dios con todo el corazón» es reconocer humildemente a quien es Vida de toda vida, como diría santa Teresa. Pero para evitar confusiones de dirigirnos a un ser imaginario, necesitamos amar a Jesús. Por medio de Jesucristo llegamos a Dios, a quien reconocemos como Padre. Jesucristo es el Hijo hecho carne, nuestro hermano, nuestro Salvador. Cuando se lo acepta y ama por lo que Él es, no por lo que imaginamos o desearíamos que fuera, comienza una verdadera relación con Él. Esta relación tiene su espacio imprescindible en el silencio y acogida de la oración contemplativa.

Esta relación con Jesús implica necesariamente que cumplamos sus mandamientos. Pero esto no es un mero cumplimiento de normas externas. Más bien se trata de orientar confiadamente la existencia de acuerdo con su voluntad. Y por cierto, evitar todo lo que se opone o traiciona la voluntad de Dios negando la vida y la dignidad de sus hijos, que son nuestros hermanos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.