Hoy celebramos a Todos los Santos. Hoy celebramos la bondad de Dios que actúa siempre en la historia de las personas, bondad divina que conduce la historia de la humanidad.

Hoy somos invitados a abrir bien los ojos de la fe para poder ver todas las cosas hermosas y positivas que la bondad de Dios realiza en torno nuestro. Estamos tan acostumbrados a ver lo negativo que forma nuestro mundo que nos cuesta ver en toda su amplitud las cosa bellas que Dios va gestando en torno nuestro. Pero también nos hemos vuelto algo escépticos en cuanto a lo bueno que hay en las personas, tanto que no aceptamos que la persona no sea ya perfecta, o mejor dicho, que la obra que Dios va haciendo en ella lleva su necesario tiempo, requiere toda su condescendencia, porque la acción de la gracia divina actuando en las personas se parece a la paciente creación de una obra de arte. Obra que Dios realiza y en la que el hombre colabora don la apertura y la docilidad. Bien dice san Juan de la Cruz: “Y pues él es el artífice sobrenatural, él edificará sobrenaturalmente en cada alma el edificio que quisiere” (Llama de amor viva)...

 

El evangelio para esta ocasión no podía ser más luminoso. Se trata de las Bienaventuranzas. Una llamada a la felicidad que se concreta asumiendo esta forma de vida que ellas proclaman. De hecho las Bienaventuranzas expresan el modo de vivir de Jesús. Un modo de vivir que lo hacía feliz. Pero no siguiendo nuestros parámetros de felicidad. Nosotros pensamos en la felicidad como algo libre de problemas, de compromisos urgentes, con las necesidades más que satisfechas. Y nuestra pregunta inmediata ¿cómo pudo ser feliz Jesús con este programa de vida? ¿Cómo puede ser feliz alguien siguiendo las Bienaventuranzas? Se habla de carencias (felices los que eligen ser pobres), se habla de contradicciones (afligidos, o los que lloran), se habla de problemas (ser perseguidos, ser calumniados), resuena la llamada a compromisos urgentes (tener hambre y sed de justicia, trabajar por la paz), se habla de vulnerabilidad (ser misericordiosos, limpios de corazón).

Pues bien, Jesús es feliz, muy feliz porque no gira en torno a sus intereses personales, porque la felicidad que quiere incluye a los demás. Y eso lo hace comprometerse y luchar por la felicidad de todos. Por eso las Bienaventuranzas es ofrecernos su propia felicidad asumiendo sus criterios de vida, nuevos, radicales, profundamente constructivos aunque a veces parezca lo contrario, esto último nos lo mostrará con las parábolas del sembrador, la semilla que crece por sí sola, el trigo y la cizaña. Al fin y al cabo, la fuerza de su Palabra es capaz de abrirse paso en las durezas y crisis de la historia.

Entonces, la felicidad no es la de aquellos que tienen todas las cosas resueltas. Sino cuando el Espíritu Santo nos hace sentir, muy adentro del corazón, que la revolución que significa el Evangelio es la portadora de la nueva humanidad y de la felicidad que Dios mismo nos comparte.

Jesús me quiere feliz y me convoca a hacer presente esa felicidad para todos por el camino en que Él ha sido feliz. Esta es la voluntad del Padre. Las Bienaventuranzas describen el corazón de Dios, Jesús lo ha sabido expresar en esas palabras, pero sobre todo en ese modo vivir feliz que nace de la conciencia de ese amor del Padre, amor incondicional que no hay que cansarse de recibir.

Podemos detenernos en alguna de las Bienaventuranzas, para saborearlas mejor. La primera, que tenemos que comprender como “elegir ser pobres”. Es la Bienaventuranza de los que saben y aceptan que la salvación y la felicidad viene de Dios y no de las cosas, por las que tantas veces nos esclavizamos con tal de tenerlas. Y porque saben que la vida y la felicidad solo se sustentan en Dios, por eso comparten todo lo que tienen y todo lo que son. Además la primera bienaventuranza es renuncia al poder, por el que tantas veces perdemos la cabeza; y junto al poder es renuncia al cultivo de la imagen. Es, en definitiva, la renuncia a todo egoísmo que nos abre a los pobres reales, a los últimos de la sociedad. Así que “pobres de espíritu” son los que dejan de lado su “yo”, no permitiendo que éste sea el centro del mundo. Se vacían de todo, es decir, se vacían de sí mismos.

“Felices los misericordiosos”: es sentir y hacer por los demás, pero desde lo más profundo del corazón. No se trata de solucionar todo de la más excelente manera, sino de colmar de humanidad nuestro encuentro y ayuda a quien nos sale al paso. Por eso es imprescindible darle “a nuestra capacidad de amar una dimensión universal capaz de traspasar todos los prejuicios, todas las barreras históricas o culturales, todos los intereses mezquinos”. (Fratelli tutti, 83). “Porque es el «amor que rompe las cadenas que nos aíslan y separan, tendiendo puentes; amor que nos permite construir una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa. […] Amor que sabe de compasión y de dignidad»”. (Fratelli tutti, 62).

“Felices los limpios de corazón”: esta bienaventuranza nos llama a unificar la vida por medio de la oración y el trabajo interior. Esta bienaventuranza se refiere a quienes tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad, porque un corazón que sabe amar no deja entrar en su vida algo que atente contra ese amor, algo que lo debilite o lo ponga en riesgo. (Gaudete et exultate, 83). La “limpieza de corazón” consiste en una perfecta correspondencia entre lo de dentro y lo de fuera, entre las intenciones y las acciones. Es también ser rectos, sin doblez de corazón ni de actitudes. Sin embargo, el hombre es incapaz de purificar él mismo su corazón, en el que está demasiado profundamente arraigada la inclinación al mal. Es Dios, quien tomando la iniciativa, crea en el hombre un corazón nuevo, un corazón limpio, puro, debido a la presencia de su Espíritu Santo. Para que del corazón no solo broten buenas intenciones sino también buenas acciones.

“Verán a Dios”. La pureza de corazón tiene que permitirnos conocer, ya desde ahora, una experiencia de la intimidad con Dios, experiencia que hace posible la esperanza, una esperanza viva, gozosa, de la dicha de ver a Dios en su reino.

Así que en la palabra de Jesús felicidad y santidad coinciden. Sí, ser felices al estilo de Jesús, ser plenamente felices, nos hace santos con la santidad de Dios. Una santidad y felicidad que no me abstraen ni aíslan del mundo, sino que al contrario, me meten de lleno en él para iluminarlo y sanarlo con el gozo y la alegría del Espíritu que posee aquel que vive como Jesús.

Celebremos, hoy y siempre, el Amor de Dios que ya ha acogido a los que nos han precedido (los santos) y nos esperan a los que todavía estamos en camino. Y recordando que este camino, a pesar de sus espinas y tropiezos, va siendo sembrado de la felicidad que Dios quiere en nuestra vida, la de hijos suyos que se saben hermanos de todos los hombres, a los que se entregan con el mismo amor con que Dios se da a ellos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.