Muchas veces escuchamos la llamada apremiante a la conversión. Pero siempre nos quedamos interesadamente, en el nivel inicial de la conversión: el moral. La conversión tiene más niveles necesarios de recorrer. Lo repite todo el evangelio. A partir de este domingo lo hará de una manera apremiante.

San Mateo al presentarnos el inicio de la predicación de Jesús, lo hizo como el cumplimiento de la profecía de Isaías, en la oscuridad de las tinieblas comenzó a brillar una gran luz: Jesús mismo. Y su primera palabra fue “conviértanse”. Consiste en recuperar nuestra identidad cristiana, no confundiéndola con expresiones religiosas ligadas a distintas épocas de la historia de la Iglesia. Convertirse es volver a nuestras raíces. Es contribuir a que cada uno y la Iglesia entera sea más fiel a Jesús...

 

Sin embargo no nos resulta tan fácil. Pues tendemos al conservadurismo, que no es otra cosa que una protección ante nuestra inseguridad. Nace del miedo y es expresión del pecado de orgullo. Así nos asemejamos a las jóvenes del cortejo que no llevan aceite, a las que Jesús califica como insensatas, por lo que terminan a oscuras. Nos convertimos en ciegos que guían a otros ciegos, en palabras de Jesús. Las parábolas de este domingo y el próximo nos ayudaran a revisar estas posturas nacidas del orgullo.

Jesús no es un predicador almibarado, ni empalagoso como el mazapán. Por eso, apelando al inminente juicio de Dios, nos llama a estar despiertos y a estar situados con valentía en el mundo de hoy. Alumbrando con la luz única, la que procede de una vida que se asemeja a la suya.

Como tantas parábolas de Jesús, esta también refleja cosas de la vida cotidiana de su tiempo y de su pueblo. Las fiestas de las bodas solían revestir gran alegría. Los novios eran acompañados de dos cortejos de amigos que aún no se habían casado. Los amigos del novio, tenían como objetivo mantener el clima de alegría durante toda la fiesta de la boda, que duraba varios días. Jesús nos ha definido a nosotros, sus discípulos, “amigos del novio”, así que nuestra tarea en este mundo es contagiar alegría. No se trata de cualquier alegría, no es una que nos aliene o distraiga de la vida. La alegría que tenemos que hacer sentir a todos, es la de la presencia entre nosotros del esposo Jesucristo.

El otro cortejo, el de las amigas de la novia, el cortejo de la parábola de hoy, salían a buscar al novio con lámparas encendidas. Llenaban de luz el ambiente y, aunque no lo refiere la parábola, ungían con perfumes, símbolo del amor, a los ancianos presentes.

La parábola dice que el novio se había atrasado. Solía suceder por dos cosas, o se había complicado la negociación de la dote, o el novio no terminaba de encontrar los regalos que le parecían adecuados para su esposa. El novio llegaba cuando los invitados habían comenzado a disfrutar la fiesta, bebiendo el vino para la ocasión.

Pero el relato de Jesús presenta algo insólito: las jóvenes se han dormido a causa del retraso del novio. Al despertar unas tienen las lámparas listas, pueden continuar el ritual. Pero la mitad del grupo de las jóvenes, no tienen aceite, no han sido previsoras, sus lámparas están por apagarse. Tienen que ir al mercado para conseguirlo y cuando regresan no pueden ingresar a la fiesta.

Vuelve a resonar, en nuestros oídos, la parábola de la casa edificada sobre roca, con la que termina el Sermón de la montaña. Hay creyentes que escuchan su palabra y siguen como si nada, edifican sobre arena. Hay creyentes, verdaderos, que escuchan y realizan la palabra de Jesús en sus vidas, estos edifican sobre roca. Estos son como las jóvenes previsoras, llevaron aceite, es decir, construyen su vida y construyen la Iglesia desde Jesús.

Es evidente que no podemos anunciar a Jesús, ser testigos suyos con una vida apagada, porque no tenemos en nosotros aceite. No se puede ser cristiano y no estar animado del Espíritu Santo. Ni nuestras obras son buenas si no están inspiradas y sostenidas por ese mismo Espíritu. Sin el Espíritu cometemos el error de querer llamarnos cristianos y no esforzarnos por parecernos a Jesús. Es como estar “dormidos” pretendernos seguidores de Jesús sin haber entrado en su proyecto. Estamos muy a oscuras cuando sostenemos o defendemos valores que no son los propuestos a Jesús. La oscuridad no nos permite ver el momento presente y buscamos refugio en seguridades ficticias, en vez de caminar con Jesús. Es un adormecimiento fatal, que además de encontrarnos a oscuras, nos impedirá ser admitidos a la fiesta del Reino de Dios. Y más que eso, ni siquiera seremos reconocidos por el Señor: “Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos». Pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco». Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora”.

Jesús desea discípulos sensatos, que mantengan la lámpara de la fe y de la esperanza encendida. Discípulos que no se duerman inconscientemente y soñando con que el pasado era mejor. Discípulos que crean que Jesús es el Señor del tiempo y de la historia y por eso confían y se comprometen asumiendo su proyecto el “Reino de Dios”, luchando por un mundo más humano según el criterio de Dios.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.