Hoy llega a nosotros la parábola de los talentos. Una de las parábolas de Jesús más conocidas. Como decíamos el domingo pasado, también ella es una apremiante llamada a la conversión. Aquí nos quedará claro que la conversión no se limita al cambio moral. De hecho el personaje que llamará nuestra atención no comete ningún delito, es intachable, no ha pecado en absoluto, sin embargo, no por eso puede entrar al banquete de su señor.

Un señor que está por ausentarse, le encomienda a sus servidores sus “talentos”. Eran bienes gananciales, cada talento equivalía, más o menos, al sueldo de dieciséis años, más que una moneda se trata de una medida de peso: equivalía a casi 21 kilos de plata...

 

Los talentos que recibe cada servidor son una suma cuantiosa: uno recibe cinco, otro tres y el último servidor recibe uno. Aquí es importante subrayar que cada servidor recibe talentos de acuerdo “a su capacidad”. Nadie es superado en exigencias. El señor ha considerado atentamente, misericordiosamente, las posibilidades de cada uno. A ninguno menosprecia. Encarga a cada uno lo que sabe que podrá hacer bien.

Una vez que el señor hubo partido cada servidor fue a “negociar” con los talentos recibidos. Los dos primeros servidores han duplicado lo que recibieron. Saben que su señor no les va a exigir más de lo que pueden y tienen. Entendieron que había que arriesgarse. Así lo hicieron. No se detuvieron a comparar con lo que el otro tenía o lograba. Confiaron en lo que les fue confiado.

Se hace evidente que la parábola está hablando de decisiones vitales que debemos tomar. La forma de vivir, conscientes de los talentos, sí, pero con la esperanza puesta en el Señor. Así que el vivir está definido por la relación que se tenga con el Señor. Desde aquí decidimos qué hacer con los talentos.

Jesús llama nuestra atención sobre el tercer servidor. Es el que entierra el talento. Es el actúa desde el miedo. Un miedo nacido de la mira fatalista de la vida.

No debe pasarnos desapercibido que no conoce muy bien a su señor, de hecho lo llama “exigente”, como si fuera una especie de amo duro, intolerante. Por el contrario, su señor sí lo conoce, pues confió en él, y le dio sus bienes según su capacidad.

El desconocimiento o el conocimiento deforme del Señor, sumado al miedo nos paraliza. Nos lleva a tomar decisiones egoístas, a vivir de una manera “raquítica”. Miedo y fatalismo impiden que nos hagamos la pregunta decisiva frente a los talentos: ¿quién necesita lo que hemos recibido en abundancia? El miedo hace que disfracemos todo de sentido común y razonabilidad, pero en realidad es una gran mentira que nos decimos para calmar la ansiedad que nos produce la pusilanimidad.

Desde el miedo renunciamos a crecer, a expandirnos. Creemos que lo nuestro es preservar lo recibido, aunque para esto tengamos que enterrarlo. Confundimos la fidelidad a lo que somos y tenemos con los grandes éxitos. Pero el evangelio siempre habla de humildes siembras y éstas a veces se realizan entre piedras o espinas. Queremos defendernos de los talentos recibidos queriendo conservarlos, pero en realidad estamos haciendo que pierdan sentido, que crezcan y sea útiles para otros. Nos defendemos lamentando que no tenemos lo que los demás tienen. Sin reparar en que cada uno, hay que decirlo una vez más, recibe de acuerdo a su capacidad. Lo que nos impide “entrar al banquete del señor” es querer ser lo que no somos, es rendirnos ante el desafío de vivir plenamente, en el fondo, eso significa que estamos insatisfechos con la voluntad de Dios con respecto a nosotros.

El evangelio de hoy nos invita a actuar desde la alegría que suscita la esperanza, por la confianza que el Señor nos tiene al darnos sus “talentos”. La alegría de que a quien tenemos que complacer es al Señor, sin perder tiempo en absurdas comparaciones por lo que tenemos, si mucho o si poco, y sin aferrarnos a un miedo disfrazado de “prudencia”. Confiando en su juicio misericordioso que nos acogerá como “siervos fieles” y nos introducirá en su banquete eterno.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.