Hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey. Esta fiesta fue instituida por el papa Pío XI, con ella pretendía que, ante los símbolos ideológicos de cada nacionalismo, los hombres volvieran la mirada hacia el signo de Cristo, nuestra verdadera paz.

Celebrar a Cristo Rey implica, antes que nada, acoger su reino en nuestro corazón, esto quiere decir, sentir como Jesús, optar por lo que opta Jesús, actuar como actúa Jesús...

 

Hay una sola manera de testificar que Cristo reina realmente en nosotros: cuando nuestra fidelidad a Él es proporcional al amor que demostramos a los hombres, nuestros hermanos. No testificamos a Cristo discutiendo o imponiendo ideas o doctrinas, sino comunicando el amor de Dios (Fratelli Tutti, 4)

A este propósito, la Iglesia nos ofrece este año, como evangelio, la parábola del Juicio final. La encíclica “Dios es amor”, de Benedicto XVI nos señalaba que: “se ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. Mt 25,31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana”.

Esta grandiosa parábola, que nos ofrece hoy Jesús, nos muestra cómo valora Dios, qué es lo definitivamente importante para Dios. Se nos dice así algo que molesta a nuestro ego: sólo Dios tiene la última palabra en nuestra vida. Sólo Dios valora correctamente.

Volviendo a la parábola, para aquellos que trivializan la imagen de Dios revelada por Jesús como Padre, para aquellos que creen que la misericordia es autorización a dar rienda suelta al egoísmo, la Palabra de hoy deja claro, más que nunca, que no todo es igual, que el hombre puede arruinar su existencia, llevarla al fracaso existencial. Por eso urge tomarse muy en serio el camino trazado por Jesús y expresado en su evangelio.

Al Reino de Cristo, soñado y esperado por Dios, anhelado por los hombres de buena voluntad, no se ingresa de cualquier manera. De hecho se hace un discernimiento. Como un pastor separa cabras de ovejas, así el Rey Pastor, en su juicio, aplicará un único criterio que separa a los hombres: la compasión que se vuelve servicio. Esta la consecuencia más obvia de reconocer a Dios como Padre, de creer en su misericordia: reconocer a todos por hermanos, no anteponiendo ninguna cosa que permita rechazarlos.

El Rey Pastor hace desfilar ante nuestra mirada: hambrientos, sedientos, desnudos, gente sin techo, inmigrantes, presidiarios, enfermos. Aquellos que han amado a su prójimo sin reparos, no salen de su asombro y preguntan cuándo lo han socorrido al Señor: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo». El Rey Pastor no sólo nos ha comprometido en el amor a todos: se identifica con los excluidos y necesitados de ayuda urgente: “lo hicieron conmigo”.

Hay otros que no han ayudado, que no han visto en el otro un hermano, por eso no podrán ver al Señor. Se ocuparon de otras cosas, quizá muy religiosas, pero no las que Dios esperaba. Resuena otra vez el Sermón de la montaña. En el capítulo siete se escucha: «No son los que me dicen: «Señor, Señor», los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?». Entonces yo les manifestaré: «Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal». (Mt 7, 21-23).

Profetiza, exorcizan y hacen milagros, pero el Señor los desconoce ¿por qué? Porque no hacen la voluntad del Padre, es decir, no comunican el amor, porque no reconocen a los otros como hermanos.

Una vez más aparece la conversión como algo más que el cambio moral. Aquí se expresa como cambio de mirada.

Sí, cambiar la mirada porque no es evidente que al otro lo veamos como persona. Lo vemos como competencia, problema, amenaza, molestia. Tampoco lo vemos persona cuando pensamos “amigablemente” de él: lo vemos como interesante, conveniente, importante, etc. Pero no lo vemos fácilmente como persona. Siempre estamos mirando al otro desde nuestras expectativas egoístas, casi siempre sin darnos cuenta. Pero hoy la Palabra de Dios no pide tomar consciencia de esto porque es urgente el cambio por nuestro bien.

Para convertir la mirada hay que convertir el corazón. Dejar de girar en torno a nuestros intereses y darnos cuenta del otro. Desde aquí podremos amar realmente sin juzgar al otro por su situación o su historia personal.

Tengamos en cuenta que lo contrario al amor no es solo el odio. También es el juicio y el menosprecio. Por eso nos negamos a socorrer a quien lo necesita, no respondemos de manera evangélica, no concretamos las exigencias del amor. Y esto hace que los más necesitados de nuestro amor queden siempre relegados, sumidos en los “infiernos”, que nuestra condición pecadora ha edificado para los que nuestro egoísmo descarta.

El amor verdadero es el que conmueve nuestro corazón, abre nuestras manos, empuja nuestros pies y llena de luz nuestra mirada. Y genera una profunda empatía que implica el compromiso con el dolor y sufrimiento del prójimo y, a la vez, una actitud compasiva que ennoblece al ser humano. El amor verdadero es creativo aún en la precariedad, como lo muestra la parábola del buen samaritano. No se necesitan grandes cosas para socorrer al otro. Se necesita un corazón que devuelva humanidad al otro.

Así reina Cristo realmente en nosotros y a nuestro alrededor: cuando su mismo espíritu mueve nuestra existencia, cuando con Él hacemos la voluntad del Padre, ocupándonos de nuestros hermanos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.