Hoy comenzamos el tiempo de Adviento. Un nuevo tiempo litúrgico que nos ayuda a adentrarnos en el Misterio de la Salvación.

La primera parte del tiempo de Adviento no se refiere al pasado sino al futuro: de hecho nos prepara a celebrar un importante artículo del Credo «ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos». Así que nos prepara a lo que acontecerá. La segunda parte del Adviento, que comienza el día 17 de diciembre, nos prepara a celebrar la Navidad. El cumplimiento del envío del Salvador esperado, en la humildad de la carne, es el apoyo a la esperanza, de que su promesa, la de venir al final de los tiempos se cumplirá también...

 

Pero los misterios de la Salvación son palabras de amor que Dios dirige al hombre. Y la respuesta del hombre a Dios es vivir y celebrar este misterio de amor.

Puede parecernos que el tiempo litúrgico es cíclico, un estar siempre comenzando para hacer lo mismo. No es así. El tiempo litúrgico es lineal, un permanente ir hacia adelante, hacia el futuro. Es nueva oportunidad. En palabras de Santa Teresa es un “ir comenzando siempre de bien en mejor”. Porque el tiempo y la historia es el lugar de la Salvación. El hombre puede vivir conscientemente esta realidad salvífica. Y lo hace con esperanza y alegría.

La esperanza, la virtud que destaca el Adviento, pone en movimiento nuestra vida, saca lo mejor de nosotros. Pero a veces parece que la esperanza se nos va diluyendo, poco a poco, sin notarlo. Los síntomas de esa disolución lo muestra la pusilanimidad, el escepticismo, la tristeza, la amargura, la incapacidad de ver y disfrutar la bueno y lo bello. Nada parece tener sentido.

Por todo esto, el tiempo de Adviento hace resonar palabras de aliento y esperanza, palabras de Dios dichas en tiempos de crisis y desesperanza. Dios nos hablará, especialmente, por medio del profeta Isaías y, por supuesto, por medio de su hijo Jesucristo.

Este primer domingo de Adviento nos hace escuchar un clamor del profeta: «Si rasgaras el cielo y descendieras…». Y el salmista se hace eco de Isaías y también clama, y nosotros con él: «Restáuranos, Señor del universo… devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre».

Isaías repasó la historia reciente y se ha dado cuenta que el pueblo ha olvidado y abandonado a Dios. Ha decidido hacer su vida sin Él. Aunque todo parezca marchar sobre ruedas, en realidad la tristeza, de alguna manera va carcomiendo el corazón del hombre. Pero Dios tiene entrañas de misericordia ante toda miseria humana. No es un Dios arbitrario y déspota, no es impositivo y controlador. Dios es un Dios de vida y vida en plenitud. Es Padre y salvador. Por eso “rasgará” el cielo y vendrá al encuentro de la humanidad. Esta es una de las imágenes del Adviento. Vino en la persona de su hijo Jesucristo, y de nosotros hizo como el «barro en manos del alfarero», de sus manos siempre salen creaciones nuevas.

El Evangelio de Marcos, que nos acompañará en este año litúrgico, no exhorta a una actitud esencial del Adviento, en realidad es una actitud que jamás puede ser marginal en la vida de un cristiano: «vigilar».

«Vigilar»: significa estar despiertos, estar alerta, atentos al cumplimiento de lo que a Dios le agrada. Es una vigilancia movida por la espera del Señor, espera de la irrupción definitiva de su Reino y de la vida eterna en nosotros.

La vigilancia va unida a la oración. Pero no cualquier oración. Sino aquella oración que es antes que nada acogida de su Palabra fiel, búsqueda incesante de su voluntad. Oración que limpia la mirada para ver todo con los ojos de Dios. Oración que nos hace llenar de misericordia, ternura, comprensión, esperanza y alegría. Oración que se compromete con la justicia y la fraternidad. Oración que pone nuestra vida al servicio del Evangelio. oración que nos libera de la alienación en que nos quiere el consumismo y aquellos que dividen y separan a los hombres.

«Vigilar» porque viene el Señor. El «Hijo del Hombre» viene entre las nubes con poder y gloria. Es la imagen más repetida del tiempo de Adviento, y de las semanas que anteceden a este tiempo litúrgico.

El contenido de esta imagen nos importa mucho. La venida del Señor no es atemorizante, sino el indicio claro de que la historia humana acabará bien, acabará en victoria, por la fuerza divina que está metida en esa historia.

En el caminar de esta historia puede pasar de todo, puede parecer que todo se derrumba, que no hay esperanza alguna. Pero no tiene la última palabra el sinsentido, menos que menos el mal. La última palabra la tiene el Señor que puede y quiere hacer que la historia humana termine bien, por la fuerza de su Espíritu, porque Dios nos ama y es poderoso para cumplir sus promesas.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.