Seguimos caminando este nuevo tiempo litúrgico. Es un caminar lleno de esperanza que, como decíamos el domingo pasado, es la actitud característica del Adviento. Es una esperanza activa, nacida de la confianza en la fidelidad amorosa de Dios. Una esperanza que compromete al creyente a crear, colaborando con Dios, una “tierra nueva” y unos “cielos nuevos”. Este segundo domingo de Adviento la esperanza nos habla de consuelo, no de uno cualquiera, sino de uno que nos dará el mismo Señor...

 

Son muchos los rostros afligidos y desconsolados que nos salen al encuentro. Para constatarlo solo es preciso caminar con los ojos bien abiertos. Los desconsuelos tienen nombres, causas y densidades distintas: soportar día tras día el sinsabor de una vida sin sentido; no poder asegurar los elementales gastos para la diaria subsistencia; falta de trabajo; convivir con enfermedades físicas o mentales; incertidumbres en los vínculos humanos; pérdidas de seres queridos. Y tantos otros desconsuelos.

Ante esta dura realidad humana, Dios hace que el profeta Isaías nos anuncie el consuelo y la alegría que significa la presencia de Dios, que jamás se desentiende de la vida humana.

La consolación de Dios no es un simple sentimiento de piedad hacia el que sufre. Cuando la Sagrada Escritura dice que Dios está consolando a su pueblo quiere decir que está interviniendo para transformar una situación de humillación y de dolor. Sí, hay que subir a una montaña alta y gritar: “¡Aquí está tu Dios¡”. Subir a lo alto de un monte no es ausentarse cobardemente del mundo; subir a lo alto de un monte es tratar de ver mejor, con mayor precisión y perspectiva; es garantizar que el mensaje puede ser mejor escuchado. “Gritar”, “alzar la voz, “gritar en el desierto” es la voz profética, la voz de adviento.

Dios consuela pero el pueblo debe disponerse a aceptar el don de la liberación, poniéndose en camino. El inicio de una existencia nueva está marcado por un camino que Dios y el pueblo tendrán que hacer juntos, como en el Éxodo.

La más luminosa, y por tanto definitiva concreción de esta consolación divina, es la llegada de Jesús a nuestra historia. Así el evangelista san Marcos nos dice que el anuncio de Isaías no era una simple expectativa. Es mucho más que eso: es el cumplimiento fiel de Dios que tanto ama a la humanidad.

San Marcos afirma que hay una “buena noticia” en la vida y en el mensaje de Jesús. Él es Mesías e hijo de Dios. Con esta afirmación expresa una convicción profunda, una experiencia que ha cambiado su vida y a la que desea que accedan todas las personas que escuchen su relato.

Jesús es “buena noticia”, es el Salvador, que quiere liberar al hombre de su egoísmo, que quiere crear una humanidad nueva. Para ello nos revela el rostro de un Dios que acoge a todo hombre y le brinda la posibilidad de ser su hijo y hermano de los otros hombres. Este anuncio de Jesús también es “buena noticia”

Pero ¿qué significa “buena noticia”? Ciertamente que no es un simple hecho informativo. “Buena noticia” o “evangelio” es una noticia o mensaje de singular alegría, de una victoria sin igual. Para los creyentes en Cristo, evangelio equivale a la experiencia de la salvación plena de la persona; todos los miedos, todo lo que oprime y agobia al ser humano desaparece para siempre. Es una noticia que llena de gozo a quien la recibe, pues comunica un acontecimiento que puede cambiar su vida y mejorarla. Para san Marcos la “buena noticia” es Jesús mismo.

La alegría de esta “buena noticia” es la que impulsa «preparar un camino al Señor». Hay que volver a los caminos de Dios que muchas veces no coinciden con los nuestros. Para esto es necesario docilidad y obediencia, para dejarse guiar por Dios que nos precede e ilumine. Recordemos que la conversión no se puede improvisar. Requiere un tiempo largo de recogimiento y trabajo interior. Por eso Juan Bautista actúa en el desierto, para atraernos allí, para que sepamos capaces de escuchar, sin nada que interfiera nuestra acogida de la Palabra de Dios. Es entonces que podemos caminar en la humildad, la que nos llevará a contemplar la gloria de Dios.

Al encontrarse con Juan Bautista, según nos dice el evangelio de hoy, toda la gente «se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados». El pecado es oposición a Dios, es bloquearnos a su amor. Por eso el camino del Señor pide que nos hagamos cargo, confesemos, las tenebrosidades de nuestro corazón. Hay que discernir la calidad evangélica de nuestro vivir y de nuestro hacer. Y rectificar la marcha, entrando en el camino del Señor.

Nos queda claro que el Adviento por ser tiempo de esperanza también es tiempo de conversión. Es necesario tener ansias de encontrarnos con el Salvador, el que es “buena noticia”. Pero a la vez es necesario tener paciencia, o lo que es lo mismo, mantener la espera. Ansias para encontrarlo, paciencia y perspicacia para descubrirlo. Así vamos dando pasos para el “encuentro” del hombre y Dios, para acoger gozosamente su Salvación.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.