El tercer domingo de Adviento recibe un nombre particular. “domingo de Gaudete”, es decir, “del gozo, de la alegría”, porque ya está cerca el nacimiento del Salvador.

Así la primera lectura afirma: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”. En la segunda lectura, san Pablo pide a los tesalonicenses “estén siempre alegres”. Y en el Evangelio, Juan Bautista aunque no usa la palabra “alegría”, da testimonio de la luz, que es símbolo de alegría y de fiesta. Una luz que inundará el mundo, y por tanto también es motivo de gozo.

La liturgia nos hace escuchar, en la primera lectura, uno de los textos de Isaías más conocidos: el evangelista Lucas nos ha mostrado a Jesús leyendo este fragmento en la sinagoga de Nazaret. Así iniciaba su ministerio, mostrando la actividad del profeta definitivo que Dios había de enviar a anunciar la salvación a todos los hombres que sufren, a los corazones atribulados, y la libertad a los encarcelados. En nuestra lectura, como sucede con la cita de Lucas en la sinagoga de Nazaret, se descarta la “venganza” de Dios y solamente se anuncia el año de gracia del Señor.

Con este texto, una vez más se nos dice que el Adviento es tiempo de esperanza, ahora lo es especialmente para los pobres y sufridos.

San Pablo anima a la comunidad de Tesalónica a que no le falte el «espíritu» que sirve para discernir lo bueno de lo malo, las noticias de esperanza frente a las noticias de pronósticos tenebrosos.

Cuando san Pablo escribe esta carta, ya ha comenzado la persecución de los cristianos. Por eso exhorta a los creyentes a aprender a experimentar que Dios en la adversidad; a tener siempre presente que Dios está de parte de la humanidad. Por eso se necesita tener el Espíritu, no apagarlo. Es ese Espíritu la fuente de la alegría.

El testimonio de Juan Bautista nos invita a descubrir a Aquel que está entre nosotros: el esperado.

Es interesante observar que las respuestas de Juan Bautista a los enviados de Jerusalén, son cada vez más breves, como si se fuera apagando. Y con claridad se define a sí mismo como una simple voz que exhorta a allanar el camino del Señor, a no poner obstáculos en el corazón. Muchas veces las montañas de nuestros prejuicios y expectativas nos impiden seguir el camino del Señor. Descubrirlo, conocerlo, escucharlo no son actitudes expectantes. Con el Señor no caben otras relaciones que las que nos vinculan profundamente con Él. Juan Bautista dio una descripción clave: “yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. Ya hemos escuchado esta expresión el domingo pasado, también en boca del Bautista

¿Qué significa esta expresión? Hace falta tener en cuenta las costumbres de Israel en tiempos de Jesús. Este gesto que nombra el Bautista esta consignado en el Levítico, Deuteronomio y Rut, es la ley del levirato: que indicaba que si algún hombre moría sin tener hijos, el pariente más próximo debía casarse con la viuda. Pero si quien tenía la obligación y el derecho no podía o no quería otro debía ocupar su puesto. La ceremonia para expresar este cambio se expresaba precisamente desatándole la correa de la sandalia al que renunciaba al derecho. Así que Juan Bautista presenta hoy a Jesús como novio y esposo de su pueblo que es la Iglesia, con lo cual nos indica que la relación con Cristo se ha de desarrollar en un vínculo personal, vital y profundo llamado Alianza o vínculo de amor. Así Jesús queda presentado como Esposo lleno de amor desbordante y gracia sin límites.

Juan Bautista anuncia que con Jesús llegan los nuevos tiempos, la Nueva Alianza, la nueva era de amor entre Dios y la humanidad, como Aquel que nos dona el Espíritu sin medida. Verdaderamente el anuncio de Juan Bautista supera todas nuestras esperanzas.

Ahora bien, tenemos que reconocer que en nuestras vidas hay muchos testimonios directos o indirectos, aportaciones que nos abren el camino hacia el Señor, que facilitan el encuentro con Él. Sería interesante que hoy recordáramos a quienes han servido de medio para generar estos encuentros y agradecer que pasaran por nuestra vida. Pero a la vez es necesario preguntarnos si somos facilitadores de este encuentro de otros con el Señor. Ojalá podamos ser “Precursores”, la “voz”, como el Bautista, que anuncia la presencia del Señor, “allanando” el camino del encuentro. No tratando de impactar a nadie. Sino viviendo sencillamente, de manera convencida, despertando el deseo de Jesús y haciendo creíble su mensaje, irradiándolo en la manera de vivir y de creer, dejando que se vea que Dios ilumina nuestra vida.