Hoy celebramos el segundo domingo de Navidad, un domingo que nos ayuda a contemplar lo más profundo del misterio de Cristo. El evangelio de Juan nos ofrece su gran prólogo, un himno magnífico, de una hondura singular: nos hace penetrar en la divinidad de Jesucristo y en el plan de salvación que Dios nuestro Padre ha diseñado en su amor por nosotros.

Los signos que nos ofreció la Navidad: el niño nacido en un pesebre, revelado a los pobres y marginados, pero anunciado por ángeles, nos lleva a la pregunta ¿quién es este niño? Jesús, el recién nacido, es la Palabra que existía en el principio, que estaba junto a Dios y era Dios.

El evangelista Juan lo llama «Palabra»: detrás de este término hay una gran carga teológica. Juan nos está diciendo que Jesús, es la Palabra de Dios por excelencia. San Juan de la Cruz nos enseña que esta Palabra es la única que debemos escuchar:

“Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar… Y es como si dijera: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y de muchas maneras, ahora a la postre, en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo”. (San Juan de la Cruz, 2S 22, 4).

Dios no es mudo, nos ha hablado, nos ha expresado todo su amor en Jesús, su Palabra «hecha carne», hecho cercanía, hecho fragilidad, semejante a nosotros en todo menos en el pecado. No, Dios no habla por medio de conceptos inalcanzables, ni tampoco por intrincados e incomprensibles palabras. Dios nos habla sencillamente, en la vida entrañable de Jesús. Con toda razón nos dice Santa Teresa:

“es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía y, habiendo costumbre, es muy fácil hallarle cabe sí” (V. 22. 10)

“Comenzóme mucho mayor amor y confianza de este Señor en viéndole, como con quien tenía conversación tan continua. Veía que, aunque era Dios, que era hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura, sujeta a muchas caídas por el primer pecado que Él había venido a reparar. Puedo tratar como con amigo, aunque es señor”. (V. 37, 5).

Esta afirmación de Santa Teresa a algunos les parece escandaloso e inaceptable ¿cómo es posible que Dios se haya identificado con nuestra debilidad, respire nuestro aliento, sufra nuestros problemas o sueñe nuestras esperanzas? A otros les parece demasiado hermoso y conmovedor. Pero ni unos ni otros terminan de creerlo. Entonces afirmar “El Verbo se hizo carne” ¿qué sentido tiene?

Se ha hecho carne y “ha habitado entre nosotros”, es decir, poder conocerlo no es cuestión de estudiar mucha teología, sino sintonizar con Jesús, entrar en comunión de vida con Él. Porque una cosa es saber de Dios y otra cosa distinta es conocerlo en el Espíritu Santo, dice San Silvano de Monte Athos. Hablamos y pensamos de Dios muchas cosas, a veces muy desacertadas. Sólo Jesús, el Hijo único de Dios, es «quien lo ha dado a conocer». En ninguna parte nos descubre Dios su corazón y nos muestra su rostro como en Jesús.

El Hijo de Dios se ha hecho carne: ha bajado a nuestra existencia, entonces no le falta sentido. Ha bajado a nuestro corazón, entonces no está vacío, está habitado por Él. Ha venido a reinar por el camino del servicio, entonces nuestras relaciones pueden vivirse en Él.

Aquí descubrimos qué ideas pobres y a veces retorcidas tenemos de Dios. Así no resistimos a ser atraídos por Él. Con esas imágenes confusas no podemos percibir como una verdad todo su amor por nosotros. Esta deformación sucede cuando prescindimos de Jesús. Urge recuperar su humanidad. Es entonces que descubriremos el verdadero rostro de Dios porque «el Hijo de Dios, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer».

Entonces creeremos en su amor y nos comprometeremos con su Reino, con su proyecto humanizador de nuestro mundo. Humanizar con los mismos sentimientos y valores que utilizó siempre Jesús y sus mejores discípulos, los santos a lo largo de la historia. El Papa Francisco lo sintetiza de esta manera:

«La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz». (Jornada Mundial de la paz 2021).

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.