Hoy concluye el tiempo de Navidad. A lo largo de este se nos ha sido manifestado el Salvador: en la noche de Navidad fue manifestado en la realidad de nuestra “carne”, naciendo pobre entre los pobres y excluidos. En la fiesta de Epifanía se nos manifiesta salvación y esperanza para todos los pueblos, representados en los Magos que vinieron de Oriente. A lo largo de los días que separaba cada una de estas fiestas, la Palabra de Dios lo ha manifestado como luz y salvación; como aquel que se compadece de nosotros y nos nutre espiritual y materialmente; también como aquel que camina en nuestras tormentas y acude a nosotros...

Hoy, en el Bautismo, se nos manifiesta solidario y hermano nuestro, se coloca en la fila de los pecadores como uno más. Se nos manifiesta ungido del Espíritu que, dócil al mismo Espíritu atraviesa como nosotros los desiertos de la vida y afronta la tentación, pero que vive siempre la conciencia de ser Hijo Amado del Padre.

Jesús aparece por primera vez en este evangelio de Marcos y lo hace en medio de todos, como uno más. Como buen creyente escuchó la palabra de Dios en la voz del profeta, Juan Bautista y se puso en camino por la Palabra de Dios. Llegado al Jordán, se mezcla entre tantos hombres que piden el bautismo mientras expresan el dolor por sus pecados. Jesús no conoce el pecado y no necesita ningún bautismo de penitencia, pero quiere participar de la suerte de sus hermanos pecadores. Precisamente para arrancar de ellos la culpa que los mancha, se solidariza con todos, y se pone a disposición del Padre. Es entonces que Jesús hace ofrenda de sí mismo (se sumerge en las aguas, eso significa el verbo bautizar). Cuando se refiera a su pasión dirá que es un “bautismo que tiene que recibir”. Pero Jesús se ofrenda porque parte de la conciencia de ser amado, que ahora se pone de manifiesto en las palabras del Padre “Tú eres mi hijo amado”. El Espíritu desciende sobre Él como paloma, es decir, encuentra en Jesús su lugar, su “nido”. Cuando alguien se decide a amar hasta el fin, el Espíritu desciende sobre él y lo habita plenamente.

El Bautismo de Jesús, es prototipo del nuestro. El Espíritu que desciende sobre Él, también viene a habitar en nosotros, la voz del Padre también resuena sobre nosotros pronunciando las mismas palabras.

Si el Espíritu desciende y se queda en nosotros, si la voz del Padre nos dice a cada uno: “¡Tú eres mi hijo amado!”, esto sucede gracias a la ofrenda que de sí mismo hizo Jesús al Padre.

Esta Palabra nos habla de quienes somos para Dios. Estamos acostumbrados a llamarnos a nosotros mismos de distintas maneras a veces duras, a veces humillante. No así Dios que nos llama hijos amados. Cuando Jesús se encuentra con los pecadores, a ninguno los llama así ni los trata con dureza o distancia, a todos los hace sentir amados por Dios, visitados con su salvación. Los gestos de Jesús expresan la ternura del Padre Dios por cada uno. Ninguno de nosotros adquiere su valor y dignidad por sus actos, sino por algo más profundo: por su ser hijos de Dios. Jesús quiere que nos veamos antes que nada como hijos del Padre, hermanos suyos, partícipes de la vida divina. Es parte de la Buena Noticia, de diversas maneras Jesús nos hace comprender que estamos aceptados y amados incondicionalmente por Dios. Un texto del Antiguo Testamento confirma esta visión de las cosas: "Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado? Pero, tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida" (Sab. 11, 26).

Dios nos llama y somos en verdad, sus hijos amados. Quizá no nos detenemos a escuchar esta voz sobre nosotros: hijos amados, mi hijo amado. Esa es nuestra verdad. Su Espíritu en nosotros confirma lo dicho, porque como afirma San Pablo: “Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abbá! Es decir Padre” (Rom. 8, 15).

Porque somos hijos de Dios tenemos nuestro origen en Él, cada uno de nosotros es expresión de la belleza y perfección de Dios. Eso es lo que quiere decir que somos imagen y semejanza de Dios. Todo condicionamiento negativo ha de ser redimido por la Pascua de Jesús que anula todo lo nocivo, que somete a lo que nos domina y nos devuelve la dignidad de hijos.

Recojamos lo esencial de esta fiesta del Bautismo del Señor en el que se nos invita a escuchar, como Jesús, esa voz que señala nuestra raíz divina y nuestra dignidad humana, nuestra identidad como hijos cuya consecuencia nos compromete a mirar a otros como hermanos, en solidaridad sin condiciones, en igualdad en cuanto a dignidad, derechos y oportunidades.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.