Hemos concluido el tiempo de Navidad, y lo hicimos con la fiesta del Bautismo del Señor. Allí se nos recordaba nuestra identidad de “hijos amados”, incondicionalmente amados por Dios.

Hoy, el evangelista san Juan nos presentará la llamada de los primeros discípulos. El próximo domingo también escucharemos las primeras llamadas pero según el relato de San Marcos...

 

¿Qué sentido tiene esta repetición en la liturgia? En primer lugar se nos quiere recordar que la vida cristiana es búsqueda, llamada de Alguien y relación de intimidad con Jesucristo. En segundo lugar se nos dice que esta experiencia no se cierra ahí, sino que es una experiencia que hay que contagiar, atraer a otros. O como lo dirá san Marcos el próximo domingo, esta experiencia se complementa con la actividad de ser “pescadores de hombres”.

Volvamos al evangelio de hoy. San Juan dice que “Jesús pasaba”. No se dirige al encuentro de Juan Bautista, ni siquiera se dirigen la palabra. Pero el Precursor define a Jesús: “Éste es el Cordero de Dios”. Esta afirmación es toda una confesión de fe.

¿Qué significa? El cordero recordaba la pascua, la salida de Israel de la esclavitud de Egipto. Ese cordero se consumía la noche de pascua, pero no se hacía individualmente sino en mesa compartida, con la familia, a veces con los vecinos y sobre todo se buscaba algún pobre judío que no pudiera celebrar y se lo invitaba a esa mesa. Por eso la fe en Jesús se vive en comunidad, en fraternidad.

Y por último indica cómo sería la actuación de Jesús: como el servidor que describe el profeta Isaías, que no grita, no quiebra la caña cascada ni apaga la mecha humeante. Es decir, lo suyo no es la violencia, ni la fuerza ni el deslumbramiento. Lo suyo es la mansedumbre, como la de un cordero indefenso. Nadie será forzado ni obligado a creer en Él. Su persona y su mensaje deben ser acogidos libremente.

A las palabras de Juan Bautista sigue la respuesta de dos de sus discípulos: se ponen en camino detrás de Jesús. El ser humano puede definirse como buscador. En el origen de la búsqueda podemos detectar una insatisfacción. Pero esta búsqueda la hacemos algo confusos: creemos que la satisfacción está en bienes, posesiones, afectos, imagen, poder, placer, etc. Sin embargo, en vez de satisfacción encontramos mayor frustración.

Andrés y el otro discípulo intuyeron bien. Lo que buscaban está en Jesús. Después de seguirlo un poco, Jesús se da vuelta y les pregunta: «¿Qué quieren?». Y ellos responden muy bien: «Maestro- ¿dónde vives?». Y Jesús les respondió: «Vengan y lo verán».

Para ser cristiano, para seguir a Jesús, no basta con escuchar lo que otros dice de Él. Es imprescindible la experiencia personal. Al preguntarles «¿Qué quieren?», les está preguntando por el anhelo más hondo del corazón. Por eso los dos discípulos respondieron correctamente. No esperan una doctrina, unas ideas, unas normas. Quieren que les enseñe dónde vive, cómo vive, para qué vive. Quieren aprender a vivir. Y si recordamos el evangelio del domingo siguiente de Navidad, el prólogo de Juan nos dijo que Jesús vive en el corazón del Padre. Allí podemos ir a vivir con Él.

La experiencia de Andrés en su contacto con Jesús provoca en él inmediatamente la necesidad de darlo a conocer. En primer lugar va a dar la noticia a su hermano, Simón. La precisión «primero» indica que la actividad de Andrés no terminó con la invitación a su hermano. Sólo de esta manera se anuncia a Jesús: comunicando la experiencia.

Así que para poder ser cristiano, para poder seguir a Jesús, lo primero de todo es penetrar en una comprensión más íntima de su persona. Dejarnos seducir por su misterio. Dejarnos atraer por Él.

Los discípulos siguieron espontáneamente a Jesús, su deseo se vio correspondido por la iniciativa de Jesús de preguntarles por su deseo e invitarlos a experimentar dónde vive, es decir, a conocer la alternativa de vida que propone. La cercanía e intimidad con Jesús les permite comprender verdaderamente a Jesús y su evangelio.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.