El evangelista san Marcos nos permite asomarnos a lo que podríamos llamar un día en la vida de Jesús. Y vemos con asombro y agradecimiento que su tarea, el anuncio gozoso del Reino de Dios implica la salvación/curación/liberación/unificación interior y felicidad del hombre.

Jesús, como uno más de su pueblo, se dirige a la sinagoga y se ofrece para las lecturas. Quien lee las lecturas, si se atreve, puede también hacer un comentario a las mismas. Jesús, aprovechándose del clima de recogimiento y de oración que se ha creado, aprovecha para presentar su mensaje. Pero no se limita a repetir lo que ha sido dicho antes que Él, sino que hace un comentario libre y original del texto sagrado. La gente allí presente reacciona positivamente: «Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas»...

 

¿Qué quiere decir la gente cuando afirma que Jesús habla con autoridad?

La autoridad de Jesús es su profunda coherencia entre lo que dice y hace. Él no habla repitiendo las consignas de siempre. Él habla con autoridad porque expone su profunda experiencia interior, la experiencia de ese Dios que se revela Abbá/Padre, que lo llama hijo amado en quien se complace y le infunde su Espíritu. Jesús habla con autoridad porque expresa con sencillez y trasparencia el misterio de Dios y del hombre. La experiencia de un Dios que ama incondicionalmente al hombre. La autoridad de Jesús no se impone, se expresa en entrega, en servicio a los demás.

Y mientras Jesús habla sucede algo imprevisto, un endemoniado lo ataca verbalmente. Pero Jesús, con la fuerza de su palabra, libera al hombre de aquello que lo desgarra interiormente, aquello que lo deshumaniza.

Pero no nos equivoquemos, san Marcos no se limita a trasmitirnos la historia de un exorcismo. Si fuera así solo tendríamos una anécdota de la vida de Jesús. Más bien, san Marcos, ha aprovechado el exorcismo para hacer una gran catequesis sobre aquello que posee y desgarra al hombre desde dentro.

Lo primero que tiene que llamarnos la atención es la presencia del poseso dentro de la sinagoga y participando, aparentemente sin problemas, de las celebración religiosa, dando culto a Dios. Esto no parece alterarlo para nada.

Se altera cuando habla Jesús. Y recordemos que la gente señaló que Jesús habla con autoridad, es decir, cuando deja de lado lo que dicen y repiten siempre los escribas, los teólogos oficiales de Israel. Son interesantes las palabras que grita el poseso: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Evidentemente ese fiel creyente se identifica de manera tan fanática con la institución religiosa, que no tolera que su autoridad doctrinal, mejor dicho el propio punto de vista personal, se ponga en entredicho. Para señalar el fanatismo usa Marcos la expresión estar poseído por un espíritu inmundo (en oposición al Espíritu Santo); esta fuerza que despersonaliza al hombre es una ideología contraria al plan de Dios, aquí la propuesta por la institución religiosa.

Una de las tareas más apremiantes del ser humano es descubrir sus propios demonios; porque solo cuando se desenmascara esa fuerza maléfica, se estará en condiciones de que Dios nos humanice plenamente. Pero no nos damos cuenta del accionar de esta fuerza maléfica, porque se reviste de “luz”, es decir, nos parece que es lo que corresponde, cuando en realidad es una forma de orgullo que nos impide sanar, madurar, crecer.

La incertidumbre y el miedo, llevan a buscar refugio en la seguridad del conservadurismo, la rigidez de las normas, la costumbre de siempre, el dogmatismo, el autoritarismo, la rigidez moral, etc. Son un refugio de inseguridad personal. Todo se asume sin criterio.

Ciertamente que necesitamos convencimientos. Sin ellos no tendríamos guías de conducta. Pero para que nos ayuden a adaptarnos y sean saludables, tienen que ser flexibles y abiertos a nuevas informaciones y evidencias. Si se vuelven rígidos, en vez de servir para madurar, entonces se han convertido en máscaras de inseguridad y en refugio paralizante del desarrollo, aunque parezcan todo lo contrario.

Las personas más inseguras y las que menos aceptan su propia realidad son las que más se refugian en los formalismos y dogmatismo. A la vez son las que escapan de la duda y del necesario discernimiento, adoptando posturas inflexibles y extremas, para ocultar su miedo y debilidad tras la máscara de seguridad. Es otra cara del orgullo.

Una de sus manifestaciones es la defensa de una postura o una idea con vehemencia, agresividad verbal o desprecio. Así se demuestra que el objetivo es la autodefensa; vencer, más que convencer. Más que firmeza es orgullo. La búsqueda de la verdad se hace desde la humildad de quien conoce sus limitaciones y las acepta.

El fanático/alienado usa la religión para protegerse de su debilidad. El fanatismo tiene un «convencimiento» orgulloso, no razonable. Más que la alegría de quien defiende la verdad, su alegría es la de quien tiene demasiado miedo a la derrota y siente el alivio del orgullo que parece haber superado las amenazas.

Esos son algunos de nuestros propios demonios que debemos desenmascarar en nuestro interior para poder abrirnos y descubrir un Dios que es Presencia íntima, Amigo incondicional que nos invita a amarnos a nosotros mismos tal como somos no como nos gustaría ser, amar a los demás y a toda la creación que sufre por la ambición desmedida del ser humano.

La Palabra de Dios nos libera de lo que nos oprime, desgarra interiormente, deshumaniza. La Palabra divina nos unifica, nos perdona, nos da salud y Salvación. Jesús habla con autoridad y poder también hoy. Pero para que Jesús pueda obrar, necesita que escuchemos su Palabra y que la vivamos con sinceridad.

Dejémonos sanar y liberar por Él, por la escucha orante de su Palabra. Llevemos los frutos de su victoria pascual. Que brille en nosotros un reflejo de la bondad y misericordia de Dios, de la fraternidad de Jesús, de la alegría y consolación del Espíritu Santo.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.