Hoy el Evangelio nos hace poner la mirada en Jesús entregado totalmente al servicio de sus hermanos, los hombres, pero sabiendo su exclusiva pertenencia a Dios. Cada gesto, cada obra, cada palabra de Jesús hacen palpable a Dios nuestro Padre, hacen palpable su amor y ternura.

Jesús manifiesta el amor compasivo del Padre en las curaciones de los enfermos, en la expulsión de los espíritus impuros (signo de todo aquello que oprime, fanatiza, aliena al hombre). Pero lo más importante es el anuncio de la Buena Noticia que Jesús predica...

 

Sin embargo, Jesús no siempre es comprendido, los personajes que lo rodean, en este evangelio de hoy, nos muestran lo equivocados que estamos muchas veces en nuestra búsqueda de Jesús, las expectativas erróneas con que nos acercamos a Él.

San Marcos sitúa los hechos "al atardecer", que en este evangelio tiene dos significados: uno positivo y otro negativo. El significado negativo de "al atardecer" la falta de luz, simboliza la incomprensión hacia la persona y la obra de Jesús. Se está buscando algo distinto de lo que Él es y lo que Él ofrece.

Todos los evangelios empiezan constatando la euforia con que la gente sigue a Jesús. Se irá viendo que a la gran mayoría no les interesa nada más que el beneficio material de ser atendidos en sus necesidades. No se comprende la propuesta de Jesús. De hecho, se irá apoderando de la gente, primero la decepción, después el abandono y finalmente la oposición total.

No se comprende a Jesús cuando se lo busca como al líder que soluciona todo, es decir, cuando queremos evitar comprometernos a un amor semejante al suyo. Esta incomprensión, de algún modo querida, es sinónimo de negarse a ser adultos en la fe. A la vez no comprendemos el sentido de la compasión de Dios. Ciertamente que la vida nos resulta muchas veces dura, que el dolor nos agobia muchas veces. Pero las acciones de Jesús no son hechos aislados, desconectados entre sí y con su palabra. Son una llamada a colaborar con Él creando desde el amor nuevas realidades para todos nuestros hermanos. Nos llama a ser con Él expresión del amor del Padre por cada uno de sus hijos. Por cierto, el evangelio nunca nos llama a la resignación ante el mal o ante el dolor. Pero la solución ante el mal no consiste en suprimirlo sino en evitar que nos aniquile. La afirmación más fuerte y esperanzadora del evangelio frente al sufrimiento será decirnos que no estamos solos en Él. Y nos mostrará un Dios hecho carne, compañero y solidario que vivió desde dentro y hasta el fondo el misterio del dolor y sufrimiento físico, psíquico y moral.

El evangelio también nos presenta a quien sí entiende perfectamente a Jesús, esa es la suegra de Pedro. Son interesantes los gestos de Jesús: se acercó, la tomó de la mano, la levantó. Acercarse y tomar de la mano, muestra la calidad humana que sana la vida de las personas. La acción principal es la siguiente: “la levantó”, se usa el mismo verbo, en griego, para describir la resurrección. Al aproximarse y establecer contacto con la mujer, ella se siente tomada de la mano de Él y puesta en pie. Jesús ha hecho mucho más que eliminar una fiebre, al levantarla la ha asemejado a sí mismo, porque como afirma san Juan de la cruz: “porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado”. (1 S 4, 3). Lo que recibe la suegra de Pedro es el amor de Dios, salud de su vida, como dice san Juan de la cruz: “La razón es porque la salud del alma es el amor de Dios, y así, cuando no tiene cumplido amor, no tiene cumplida salud y por eso está enferma… cuanto más amor se le fuere aumentando, más salud tendrá y, cuando tuviere perfecto amor, será su salud cumplida”. (Cántico espiritual 11, 11).

La suegra de Pedro puesta en pie se pone a hacer lo que le brota de dentro: servir. No como ama de casa, sino desde ese “servicio” que, caracteriza la vida y misión de Jesús, y que por tanto es la marca del discípulo. Su manera de agradecer es precisamente esa y como ahora “está en pie”, puede inclinarse para servir. Comprende totalmente a Jesús: acoge su amor y ama sirviendo, colabora para que otros experimenten ese amor que sana la vida.

Ahora se nos revela algo íntimo de Jesús, aquello que lo mueve y llena de sentido, eso es la oración. Jesús se dirige a orar, a encontrarse con su Padre. Esta es otra clave del ser cristiano. Necesitamos orar porque allí somos hechos hijos, porque la propuesta de Jesús es una vida y es necesario comprender que Dios quiere comunicarse de corazón a corazón con sus hijos.

La comprensión de Jesús y de su acción la renovación que Él trae comienzan por el cambio, la renovación y plenitud del hombre que al creer en Jesús y acoger en sí mismo su amor es recreado al serle entregado el Espíritu Santo.

Ser orantes no es llamada a la pasividad sino a la entrega ya que, como Jesús, nadie se puede desentender del dolor y de la miseria de los demás. Pero hay que reconocer que esto es obra de Dios, es decir, tenemos que reconocernos como simples servidores, colaboradores no "Mesías" de la humanidad.

La invitación de Jesús es a todos, nadie puede desentenderse de evangelizar con Jesús, sino no se está con Él. Pero no vale cualquier método, sino su camino: compasión, servicio que nace del amor. Y fundamentalmente dejarse transformar por Dios en hombres nuevos, hijos suyos.

Hay un solo camino: el amor hecho servicio a ejemplo de Jesús.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.