Cada domingo la Palabra nos hace ver a Jesús continuando su misión, realizando la obra del Padre. Cada domingo la Palabra nos dice lo que Jesús quiere hacer con nosotros. Así se renueva nuestra esperanza porque todo gesto que Jesús realiza (de perdón, de liberación, de sanación) lo quiere realizar en nosotros, a favor nuestro.

Las enseñanzas del Papa Francisco constituyen la mejor introducción y explicación del Evangelio de hoy: “A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura…” (E.G. 270)...

 

Este Evangelio es una invitación a conocer de primera mano el dolor y la frustración de tantos a quienes marginamos y excluimos, incluso con argumentos religiosos. Este Evangelio nos hará entender que nuestra identidad de Iglesia es ser “hospital de campaña”, como dice el Papa Francisco.

Después de lo sucedido en la puerta de la casa de Pedro y de que Jesús se retirara a orar, tomó la decisión de seguir su camino predicando el Evangelio: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios”.

El encuentro que hoy nos narra el evangelio podríamos situarlo en esos campos que Jesús recorre entre poblado y poblado. Allí podían habitar los leprosos. Era tanto el rechazo que provocaba esta dolencia que se los expulsaba de la comunidad. Tenían prohibido permanecer en ciudades o poblados. No podían orar en el templo, ni acudir a la sinagoga, ni unirse con los familiares sanos. Su enfermedad los convertía en solitarios y proscritos. A veces se juntaban varios y entre ellos se ayudaban con las dificultades que generaba el progreso de la enfermedad. Obviamente, vivían de limosnas que alguna persona generosamente les dejaba en algún recodo del camino, porque no podían encontrarse ni verse con la gente sana.

El leproso se acerca a Jesús y Jesús se acerca al leproso. No toma distancia, no pone un vallado de protección entorno a su persona. Nada ni nadie se interpone entre el marginado y Jesús. Se encuentra cuerpo a cuerpo con el enfermo, como personas, sin otra cosa que su entrañable misericordia. El leproso se arrodilla, y suplica como un hombre sumiso, pareciera un esclavo. Y Jesús responde haciendo lo impensable «conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». El término utilizado por san Marcos, más bien significa abrazarlo. Con esto entendemos la actitud compasiva de Jesús que se arriesga a contagiarse la enfermedad, y con toda certeza asume la marginalidad a que estaba sometido el enfermo. De hecho así lo refiere el final del evangelio de hoy: «ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos», es decir, Jesús se convirtió en un marginado por entrar en contacto con excluido social. Ha tocado al leproso, está contaminado, es hombre sucio.

¿De dónde sale esta marginación "divinizada" que afectaba al leproso y después a Jesús? Es obra de los hombres, pero el Evangelio pone de manifiesto algo más grave: esta marginación es sostenida por principios religiosos.

Cualquier institución, cualquier persona que margine o pretenda justificar la marginación desde la fe no actúa como Dios sino que está en contra de Él. Y esto lo podemos decir con toda certeza porque en Jesús conocemos el verdadero rostro y el amor de Dios. Solemos marginar y excluir a las personas por su situación social, por su procedencia, por sus errores, por su manera de ser, por sus ideas, por sus apariencias, por algún hecho de su historia personal, por sus opciones de vida. Solemos marginar por nuestros miedos, nuestras envidias, nuestras frustraciones, etc.. Sostenemos que se lo merecen y nos mantenemos a distancia de ellos como si nos fueran a contagiar algo de lo que les pasa o pasó.

Hoy la Palabra nos advierte con toda claridad que esta actitud no tiene nada que ver con Dios. Y nos invita a un profundo examen de conciencia para que descubramos el dolor y humillación que provocamos, también la raíz de nuestros prejuicios y el camino para eliminarlos.

La compasión de Jesús no es algo anecdótico de su persona. Es una apremiante llamada a permitirnos la compasión desde lo más hondo del corazón. La compasión nace siempre de la proximidad y la cercanía con el otro. Es una reacción ante el sufrimiento ajeno interiorizado, que llega hasta las entrañas y empuja a actuar, a ponerse en los “zapatos” del sufre, a acompañar ese sufrimiento e intervenir decididamente para cambiar esta situación.

La curación/inclusión del leproso se convirtió en Evangelio, es decir, Buena Noticia: la Iglesia que Jesús funda es una familia de discípulos caracterizada por la misericordia entrañable. Misericordia que incluye a todos los expulsados sociales, a todos los que son rechazados y desechados social e incluso religiosamente.

Esa Buena Noticia, el primero en proclamarla es el mismo leproso que «empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido».

Llama la atención que ninguna persona favorecida por Jesús sea llamada a ser discípulo. Esto sucede porque la salud que ofrece Jesús implica la libertad. La suegra de Pedro, el domingo pasado, respondió asumiendo la actitud de Jesús, se hizo servidora. El leproso de hoy anuncia el Evangelio y quizá reaparezca al final de la vida de Jesús, cuando antes de su Pasión es acogido en casa de un tal “Simón, el leproso”, en Betania, donde una mujer anónima lo unge (Mc 14, 1-3). ¿Será el mismo leproso que hoy cura? Es posible.

Hoy se nos proclama la Buena Noticia de que quienes van por la vida, cargando con la desesperanza, el abandono, la soledad, la culpa, el desaliento, la tristeza, el miedo, los estigmas familiares y sociales encontrarán en Jesús la salvación y la libertad. Él tiene el poder y la compasión necesarios para cambiar nuestra vida.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.