Hemos comenzado el tiempo de Cuaresma. Fue el pasado miércoles. Y el inicio de esta peregrinación cuaresmal tuvo un signo muy conocido: la imposición de las cenizas. ¿Qué significa este gesto? Las cenizas nos recuerdan nuestra condición de creaturas, desmiente la autosuficiencia que a veces nos caracteriza. Pero también tiene significados muy luminosos. Recibe las cenizas aquel que espera un “día” más pleno y gozoso. Porque en este tiempo algo importante se está desarrollando silenciosamente en nuestro interior. Por eso la Palabra de Dios de ese Miércoles de Ceniza nos llamaba a “desgarrar el corazón” no las vestiduras, es decir, nos invitaba al trabajo interior. El evangelio acentuaba lo mismo, subrayando que ninguna obra, ni siquiera las de piedad, nos alejara del contacto con nuestro interior.

Hoy el evangelio nos lleva con Jesús al desierto y al regreso del mismo comienza su misión. También a nosotros nos anuncia: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

Después de ser bautizado por Juan, el Espíritu lo empuja al desierto. Allí experimenta la tentación. El desierto es el lugar de la prueba. Allí experimenta qué significa ser humano. Puede ver cara a cara la tentación. Es decir, que el Espíritu lo empujó al desierto para hacerle vivenciar más la condición de todo ser humano. Así su solidaridad con nosotros no es meramente intelectual. Él es probado en todo. Es esta experiencia de la fragilidad del hombre que, aunque dotado del mismo Espíritu Santo, cae, sucumbe a la tentación. Jesús no es vencido por la tentación. Pero la ha sufrido y comprende la debilidad de cada ser humano que ha sido vencido por la tentación. Su compasión y misericordia nacen de saber en carne propia lo que al hombre hace caer.

Podemos compartir con Jesús esta experiencia del “desierto”, ciertamente que no nos referimos a un lugar geográfico, sino donde nos despojamos de todo aquello en lo que nos afirmamos, donde nos permitimos sentir nuestra fragilidad e impotencia.

Para vencer las tentaciones, es necesario la fidelidad a Dios por encima de todas las sugerencias de poder y de gloria que nos ofrece la tentación. En el desierto se experimenta a Dios más cercano. El desierto es el lugar ideal para escuchar su palabra. El desierto es lugar de lucha, pero también de nuevo nacimiento. El vacío del desierto es como un vientre materno que modela nuestra alma y nos hace nacer de nuevo.

La victoria que Jesús alcanza ante la tentación no se debe a ningún poder extraordinario, sino a que su vida no se centra en sí mismo sino en Dios. De allí que tenga un lugar decisivo la Palabra de Dios que Jesús no sólo repite: es aquello de lo que vive.

Escuchar y orar la palabra de Dios en el silencio. Identificar nuestras tentaciones. Discernir las ideas, rutinas, costumbres, actitudes y planteamientos que nos impiden abrirnos a la novedad de Dios, a su proyecto del Reino. Y descubrir, en nuestro desierto interior, la fuente de Agua Viva que es Jesús y que brota desde nuestro interior.

Jesús comienza su misión con unas palabras de esperanza y alegría: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

Las promesas de Dios se cumplen, se hacen realidad para nosotros. Pero necesitamos “convertirnos”, es decir, cambiar de mentalidad, de actitudes y fundamentalmente hacer del Señor centro efectivo de nuestra vida. Es la oportunidad de crecer, como dice san Pablo, “hasta que todos alcancemos el estado de hombre perfecto y la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13).

La Cuaresma, que hemos comenzado es un tiempo oportuno para ejercitarnos en el descentramiento: dejar de ser nosotros el centro de todo y poner a Dios y al prójimo en el centro de nuestra vida.

Es también un tiempo de combate gozoso: si Jesucristo es el protagonista principal de nuestra vida, podremos despojarnos de todo lo que nos impide ser plenamente libres, y seremos en verdad hijos de Dios. Así podremos compartir lo que somos y tenemos con los demás para posibilitar así el nacimiento de un mundo más justo y en paz.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.