El camino de la Cuaresma no sería tal si no contempláramos la Transfiguración de Jesús. Somos invitados con los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan a subir con Jesús a lo alto de la montaña, ver la gloria de Jesús y escuchar la voz del Padre que nos dice de Jesús: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».

¿Y qué veremos allí en el monte de la Transfiguración? Veremos que Dios no se contenta con un simple cambio en nuestras vidas, que quiere transformarnos, “transfigurarnos” a imagen de su Hijo querido...

 

El acontecimiento de la Transfiguración nos dará la más justa comprensión de la cruz: entrega en favor de los demás hasta las últimas consecuencias. Y que esa entrega por la cruz no termina en sufrimiento y muerte, sino en la victoria de la Vida Divina en nosotros.

Seis días después que Jesús les ha dicho a sus discípulos que su camino implica la cruz y la incomprensión del poder político y social (ancianos), del poder religioso (sumos sacerdotes) y del poder de los intelectuales (escribas); y de decir abiertamente que quien quiera seguirlo tiene que tomar su cruz, es decir, asumir las consecuencias de vivir su evangelio, Jesús se lleva a los discípulo Pedro, Santiago y Juan a la cima del Tabor. Allí tendrán una experiencia singular, verán la realidad más honda de Jesús y la calidad de Vida que Él comunica y que es más fuerte que la muerte. Y verán con asombro que la fuerza transfiguradora de la Pascua de Jesús, se manifiesta en la lo más escondido y contradictorio: en la experiencia de humillación y de muerte, en el corazón del fracaso, el sufrimiento y del abandono.

Pedro quiere permanecer allí por siempre, sin pasar por la cruz, para eso propone construir tres tiendas, en eterna fiesta de separación y gozo, con el Jesús transfigurado. Eso significa dejar abandonada la humanidad a su suerte. A pesar de su buena intención, no deja de ser una propuesta egoísta.

Las palabras de Pedro son interrumpidas por Dios mismo que declara: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo». Eso significa poner a Jesús en el centro de todo. Permitir que Él sea la única y decisiva Palabra. Necesitamos hacer silencio y permitir que esa Palabra de Jesús resuene en nuestro interior. Se convierta en nuestro alimento. Junto a la escucha e intimidad con Jesús, decidirnos cargar la cruz con Él, permanecer en la comunión con Dios arraigados en la humildad. A través de todo esto va sucediendo una continua transfiguración. El hombre transfigurado es alguien a quien se quiere escuchar, cuyo testimonio es creíble.

Jesús y los tres discípulos bajaron de monte. Allí se encontró con un hombre angustiado porque los otros discípulos de Jesús no pueden liberarlo del poder de un espíritu impuro. Tampoco los escribas que allí discutían. Lo hará Jesús. Luego en privado le explicará a todos sus discípulos que solo se lo puede expulsar con la oración. La tragedia de la humanidad, representada por ese hombre y su hijo alienado, solo Jesús puede sanarla, bajando con los discípulos orantes al valle de locura y discusión, es decir, subiendo a la montaña de la Transfiguración/Pascua para recibir allí la fuerza de Dios y a continuación ponerse al servicio de los pobres y necesitados, comunicando esa Vida divina experimentada.

Sabiéndonos “hijos queridos” podemos bajar continuamente del monte de la Transfiguración, y, fortalecidos con la Vida divina que se nos comunica, entregarnos hasta el fin, como el mismo Jesús, al servicio de los hermanos sumergidos en la miseria de un mundo sin sentido.

Ahora, por la Transfiguración comprendemos qué significa entregarse con Jesús hasta el fin, sin reservarnos nada.

Caminamos hacia la Pascua, renovaremos nuestro compromiso bautismal, no como asuntos privados e intimistas, sino para ser continuamente transfigurados, para ponernos al servicio de los hombres, y así alcancen la Vida en plenitud, esa vida que hoy resplandece en Jesús transfigurado.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.

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