Hoy tercer domingo de Cuaresma, el evangelio nos sorprende con una acción “extraña” al modo habitual del comportamiento de Jesús: la expulsión de los mercaderes del templo.

Este evangelio colocado aquí, en el medio de la Cuaresma, es una llamada a revisar nuestro modo de interpretar la religión y la vivencia de la misma.

Solemos pensar que Jesús “purificó” el templo porque allí se hacían cosas inconvenientes e ilícitas. Pero no es así. Todo lo que se estaba haciendo en el gran atrio del templo era imprescindible para el desarrollo del culto: los animales que se vendían eran los permitidos para los sacrificios que allí se ofrecían. Los cambistas de monedas también eran necesarios, porque el templo no podía ser contaminado con monedas que no fueran acuñadas en el mismo templo...

 

De las cuatro narraciones que poseemos de la expulsión de los mercaderes del templo, escuchamos la del evangelista san Juan. Es el relato que presenta lo acontecido con mayor violencia. Aparentemente. El arte nos ha hecho imaginar una agresión feroz de parte de Jesús que, con un látigo en mano, golpeaba a diestra y siniestra a los mercaderes. Pero no fue así. En primer lugar el evangelista no dice que Jesús golpeara a nadie. Sí que derrumbó las mesas de los cambistas. El azote era un símbolo para designar los dolores que inaugurarían los tiempos mesiánicos. Se representaba al Mesías con el azote en la mano. El gesto de Jesús era una señal mesiánica transparente: se revela en el templo como Mesías.

En esos días de fiesta podía haber en el atrio del templo cerca de 10.000 personas. Es impensable que un solo hombre con unas cuerdas pudiera arrojar del templo a tanta gente. El templo tenía su propia guardia, que se encargaba de mantener el orden. Además, en una esquina norte del templo se levantaba la torre Antonia, una guarnición romana, allí Jesús sería juzgado por Pilato. Los centinelas podían dar la alarma inmediatamente si vieran algún tipo de problemas. Los levantamientos contra Roma tenían lugar siempre durante las fiestas. Eran momentos de alerta máxima. Los soldados romanos podían ingresar en cuestión de minutos y sofocar cualquier desorden con gran rapidez.

Ningún guardia, ni del templo ni romano se acercó a Jesús. Sólo un grupo de judíos, quizá enviados de los sumos sacerdotes, preguntan a Jesús por su gesto. Y además le piden un signo, es decir, le piden credenciales de profeta. Y Jesús contesta haciendo alusión a su muerte. Su muerte hará de Él el santuario definitivo.

¿Qué significa el gesto profético de Jesús? Con ese gesto descalifica una religión que no obedece a Dios, si no a los intereses mezquinos de los hombres. Jesús se separa de cualquier templo cuyo culto no esté basado en la misericordia, el perdón y la acogida a todos sin excepción. Por eso dirá, en otra ocasión: “Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios”. (Mt 9, 13).

Así que el problema no era tanto lo que se hacía sino qué significaba. Jesús actuó así porque entendía que el modo en que se pretendía dar culto a Dios no era el adecuado. “Al estilo profético, Jesús denuncia que ese no es el culto que Dios, su Abba, desea. Y no lo es porque el culto se sostenía en fronteras rituales que separaban lo sagrado y lo profano, los buenos de los malos, los puros de los impuros, y Dios quería un encuentro sin fronteras con cualquier ser humano que lo buscase, lo necesitase o sencillamente lo invocase”.[1]

Ahora los creyentes tienen un nuevo lugar de culto: el templo de Dios es Jesús. Es en Él donde Dios habita, no en un edificio de piedra. “Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar». Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y Tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él se refería al templo de su cuerpo”.

Si el cuerpo de Jesús es el nuevo templo, entonces debemos entender que todo ser humano es templo de Dios: “la auténtica salvación no llega por sacralizar espacios personas u objetos, sino que llegará cuando se deje habitar a Dios en cualquier espacio, persona u objeto porque toda la realidad es casa de Dios, es lugar de su presencia”. [2]

Si Dios está presente en todas y cada una de sus criaturas, hemos de tratar a todas con el mismo amor y cuidado que si fuera Él mismo. Reconoceríamos a toda persona como sagrada. Al "sustituir" el templo por su cuerpo, Jesús nos invita a vivir el encuentro con Dios en el centro de nuestra persona y de la vida misma. Es decir, somos invitados a la experiencia de Dios. Nos dice Santa Teresa: «No nos imaginemos huecos en lo interior… que tengo por imposible, si trajésemos cuidado de acordarnos tenemos tal huésped dentro de nosotras, nos diésemos tanto a las cosas del mundo, porque veríamos cuán bajas son para las que dentro poseemos»[3].

La puerta para ese encuentro es la oración. Pero no sólo el acto orante es el acto de culto a Dios, sino el acercarnos a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu. Se trata de una vinculación íntima con Jesús, hasta vivir de Él.

Esa es la novedad de vínculo que Jesús nos propone. Preguntémonos, entonces, de qué manera damos culto a Dios: como en el viejo templo de Jerusalén, o como Jesús nos lo propone hoy: en la amistad y seguimiento suyo.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.

 

[1] José Ramón Busto Saiz, Cristología para empezar.

[2] Ib.

[3] Sta Teresa Camino de Perfección 28, 10