El cuarto domingo de Cuaresma nos ofrece un discurso de Jesús esencial para comprender nuestro peregrinar hacia la Pascua: Jesús es expresión del amor incondicional de Dios por toda la humanidad.

Este amor hace que Jesús sea luz para nuestra existencia. Y por esto mismo Jesús es salvador para todo el que se acerca a Él con fe. Esta salvación, además, implica la vida eterna. Una vida eterna que no sólo significa extensión sino también calidad...

 

El evangelio que hemos escuchado es parte de la conversación entre Jesús y Nicodemo. Allí comenzó diciéndole al fariseo Nicodemo que es preciso “nacer de nuevo”, como acción de su Espíritu Santo. Es decir, no basta con convertirse, ni con un simple cambio, es necesario nacer de nuevo. Y este nacer de nuevo es absolutamente esperanzador. No es obra nuestra sino acción de Dios creador. Con eso se nos dice que no estamos “encerrados” en nuestras historias personales, en nuestros males, sino que Dios creador puede intervenir, si lo deseamos, y darnos ese nuevo nacimiento.

Claro que nosotros pensamos más bien como Nicodemo y creemos que eso es una hermosa ilusión, un hecho inalcanzable. Jesús por el contrario cree que es una realidad posible porque no es obra del esfuerzo del hombre sino don de Dios.

Ese don es nacer del Espíritu y ser espíritu, es decir, humanos animados por el Espíritu que nos hace “ser” nuevas criaturas. Eso es la plenitud de la obra creadora de Dios, el proyecto divino que hace plena vida, llenándola de su mismo Espíritu.

La conversación de Jesús con Nicodemo, continúa diciendo que Él no fue enviado a condenar a nadie sino como demostración del amor apasionado de Dios por la humanidad. Por eso viene a salvar. Para eso Jesús se hace luz para guiar nuestra existencia.

Pero es salvación, esa luz que es Jesús mismo pide una respuesta humana: la luz y la salvación hay que aceptarlas mediante la fe, reconociendo a Jesús como Hijo de Dios y Salvador.

Que Jesús es Salvador lo aprendido en el catecismo y fácilmente lo repetimos. Pero quizá no hemos captado que implica un gran acto de humildad de nuestra parte, porque obliga a reconocer que: cada uno es pecador, algo que nunca resulta agradable, aunque cueste admitirlo. Y reconocer que nadie puede salvarse por sí mismo, aunque lo intentamos de muchas maneras. A esto nos impulsa el orgullo.

Nicodemo pensaba que el hombre podría salvarse y realizarse a sí mismo, por su fidelidad a la ley divina o a cualquier otro ideal o estrategia buena que uno se propusiera. Jesús afirma que la creación ha de ser terminada por Dios mismo, infundiendo al hombre el Aliento (su Espíritu) de la vida definitiva. La salvación viene por la aceptación incondicional de Jesús y su camino.

Y así como Moisés levantó la serpiente de bronce para que los israelitas mordidos por las serpientes recuperaran la vida, ahora, Dios enviaba a su Hijo para salvar. El Dios humanado es quien concede salvación y vida eterna.

Salvación y vida eterna dependen de Jesús, hijo de Dios hecho hombre. Es el “humano nuevo”, el “espejo” donde mirarnos y descubrirnos. Acceder a esta salvación implica elegir vivir en la luz, que Él mismo irradia. Luz que inspira, que hace brillar con claridad que es Dios quien impulsa nuestras acciones.

Podemos vivir en esa luz que nos mueve al bien “según Dios”, no cualquier bien. Eso significa colaborar con Él en la re-creación de la humanidad. Podemos rechazar la luz y vivir desde la oscuridad que nos enreda en sus trampas y así darle supremacía a nuestro egoísmo. A sabiendas que ese egoísmo no puede salvarnos ni darnos vida eterna y es altamente destructivo de nuestra vida y de todo lo que nos rodea.

Que nuestra elección de vida esté orientada por la palabra de Jesús que afirma de modo taxativo: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna». Este amor de Dios es el origen y el fundamento de nuestra esperanza.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.

carmelitaniscalzi

 delaruecaalapluma

cipecar

teresa de avila

portalcarmelitano

Cites

Teresianum

carmelitaniscalzi