Hemos llegado al quinto domingo de Cuaresma, hemos iniciado la última etapa de esta peregrinación hacia la Pascua. Estamos cerca de la Semana Santa en la que celebraremos los momentos más densos de la vida de Jesús. Hoy lo escuchamos decir «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado». Por esta causa el evangelista san Juan nos ayuda a mirar la cruz de Jesús desde la gloria que en ella se descubrirá en la mañana de resurrección: la muerte será vencida por la Vida, el egoísmo será vencido por el amor hasta el extremo, la maldición será vencida por la bendición que emana de Jesucristo, la desesperación será vencida por la esperanza que Jesús le inserta a la cruz...

 

En verdad la cruz de Jesús ya no es el horror y fatal final que representaba. Jesús la ha transformado entregándose totalmente en ella. Nuestras cruces también pueden cambiar de sentido y valor si se unen a la de Jesús.

Hoy Jesús nos explica el sentido de todo esto: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto». En esta frase se condensa toda la vida, toda la enseñanza de Jesús, y el sentido de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Jesús ha enseñado que los males de nuestro mundo no se solucionan por la fuerza, por la imposición de alguien más poderoso, porque tarde o temprano se vuelve a reproducir e incluso agrandar. Toda forma de egoísmo: la violencia, el odio, el rencor, la codicia, le envidia, la mentira, la soberbia, la ira, etc, solo pueden derrotarse con el amor. La cordialidad, la bondad, la paciencia, el respeto, la cortesía, la humildad, etc, formas del amor, pueden sanar y transformar la vida humana.

Jesús ha subrayado con palabras y gestos el amor incondicional de Dios sobre el que podemos construir y sostener nuestra vida. Ese mismo amor nos levanta cuando caemos o fracasamos, cuando experimentamos la incomprensión; es más, ese amor nos hace elevarnos sobre estos males y nos permite responder a la manera de Jesús.

“Dar vida” esa ha sido la misión de Jesús y también es la del cristiano. La vida surge por el amor. El egoísmo, muchas veces no nos impulsa a ningún gesto dañino, pero nos hace retraernos en el compromiso con el bien, en amar con gestos y palabras, como nos lo pide Jesús.

«El grano de trigo… si muere, da mucho fruto»: esta metáfora es genial. La cáscara que posee el grano de trigo es imagen del egoísmo, mientras el trigo la mantenga no puede germinar. Amar es romper la cáscara y donarse a los demás. La “muerte” del ego o falso yo es la condición para que la Vida se libere. El fruto que se espera del trigo no dependerá de un adoctrinamiento sino de la manifestación del amor total.

«El que tiene apego a su vida la perderá», o sea que preservarse egoístamente, limitar la existencia a la satisfacción de los sentidos, las pasiones, los apetitos y afecciones desordenadas, no nos llevan a esa plenitud y felicidad que ansiamos. Más bien nos llevan al fracaso total.

En cambio, el amor hasta entregar la vida no es desperdiciarla sino llevarla a plenitud. No se trata de entregarla de una vez muriendo, sino de entregarla poco a poco en cada instante, sin miedo a que se termine. Jesús no desprecia la vida sino todo lo contrario.

Ahora viene algo sumamente interesante, Jesús nos llama a compartir con Él su tarea: «el que quiera servirme que me siga». “Diakonos” significa servir, pero por amor, no servir como esclavo. Traducir por servidor, no deja claro el sentido del texto. Diakonos significa no sólo el que sirve a alguno por amor, sino el auxiliar/ayudante/colaborador en su trabajo. Debería traducirse «el quiere ayudarme/colaborar conmigo…»

Seguir a Jesús es compartir la misma tarea y la misma suerte, es entrar en el ámbito de lo divino, es dejarse llevar por el Espíritu. El lugar donde habita Jesús es el de la plenitud del amor. Entregando su vida, hará presente el Amor total. No se trata solamente de la muerte física que Él sufrió. Se trata de ese dar la vida, día a día, tal como nos muestra el evangelio, en la entrega confiada a los demás que observamos a lo largo de su misión. La capacidad de amar, que en Jesús es plena desde el principio, puede ser desarrollada por el discípulo por el ejercicio y la actividad del amor cotidiano. Así va siguiendo/ayudando a Jesús, hasta alcanzar como meta un amor como el suyo.

Jesús afirma que el hombre posee muchas más potencialidades de las que aparecen, y que solamente el don de sí total por el amor, las libera para que ejerzan toda su eficacia.

Quien se decide a seguirlo/ayudarlo permanece unido a Jesús, permanece en su amor; pero no de modo estático, sino dinámico, dejándose llevar del Espíritu, que es quien impulsa el amor y la entrega.

Este evangelio del quinto domingo de Cuaresma nos da la auténtica perspectiva para comprender la Pasión de Jesús. No es un precio a pagar a un Dios airado, ya el domingo pasado nos dijo Jesús «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna». La Pasión y especialmente la cruz de Jesús es la manifestación de un amor infinito que quiere llegar a todos, por eso mismo veremos a Jesús, el Jueves santo, colocarse en el punto más bajo, a los pies de la humanidad. Por eso nos entregará el mandamiento nuevo del amor.

Nosotros, sus discípulos, su comunidad podemos recorrer el itinerario de Jesús y producir fruto mediante la plenitud del amor que hace fecunda y plena nuestra vida trabajando por todos los hombres, hermanos nuestros, para que también ellos tengan Vida.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.