El Domingo de Ramos, con el que iniciamos la Semana Santa, nos lleva directamente al corazón del misterio pascual. Es el pórtico que nos introduce en lo que vamos a revivir y actualizar.

La primera lectura nos conecta con la vida y ministerio de Jesús. Esto es sumamente importante: no se puede separar la vida, ministerio y muerte de Jesús. No son hechos aislados. Jesús murió por aquello que vivió e hizo...

 

Jesús el humilde vecino de Nazareth, el Hijo amado de Dios, al que llamó Padre, recorrió pueblos y aldeas anunciando una Buena Noticia de la Salvación, del cumplimiento fiel de las promesas de Dios. Sus destinatarios eran para todos los que malvivían: pobres, niños viudas, pecadores, excluidos y oprimidos, enfermos, alienados. Compartió mesa con todos, salteándose las normas de la ley y los ritos poniendo por encima a las personas. La gente se maravillaba porque hablaba con autoridad, desde su experiencia de Dios, no de oídas. Sanó a muchos de sus enfermedades, liberó posesos, multiplicó el pan. Se puso de parte de los pobres, los débiles y excluidos, frente al egoísmo de los poderosos, perdonó misericordiosamente a los pecadores chocando así con la dureza inconmovible de los que se tenían a sí mismo por justos.

Su condena a muerte en la cruz fue la consecuencia de su vida. Jesús muere en una actitud de solidaridad y de servicio a todos. Sufre la muerte de un pobre, de un abandonado que nada puede ante el poder de los que dominan el mundo. Ante la mirada de los creyentes parece un falso profeta justamente abandonado por Dios.

Sin embargo su muerte, aceptada libremente, es la manifestación del amor apasionado de Dios por la humanidad, incluso por aquellos que lo han condenado y ejecutado.

El salmo nos introduce en la interioridad de Jesús: su oración siempre es un acto de confianza en el Padre, pase lo que pase. A pesar del ataque violento y eficaz de sus enemigos, Jesús como orante de este salmo, espera en Dios, se pone en sus manos y sabe que lo socorrerá, aunque sea después de la muerte.

La segunda lectura nos ofrece una perspectiva completa de la vida de Jesucristo, desde la Encarnación hasta la muerte de cruz. Y proclama que no termina todo en la cruz sino en la resurrección y exaltación a la derecha del Padre.

Pero esto no quita crudeza al relato de la Pasión que nos ofrece san Marcos. Jesús experimenta angustia y miedo en el huerto de los olivos. Se mantiene en silencio ante sus jueces y acusadores. El pueblo pide a gritos su muerte, aunque no sabe responderle a Pilato por qué razón. Condenado a la terrible muerte de cruz, agoniza y muere en medio de las burlas de los presentes: sacerdotes, escribas, soldados, pueblo en general e incluso lo que fueron crucificados con Él. Los que fueron sus adversarios en la vida pública y salieron mal parados al confrontar a Jesús, ahora son lo que triunfan. Los discípulos habían huido, solo algunas mujeres miran de lejos. Muere solo y abandonado.

Lo que más asombra y duele es el aparente silencio de Dios. Hasta el mismo Jesús le pregunta por qué lo ha abandonado. San Marcos subraya que Jesús muere desamparado y solitario sin sentir la presencia de Dios.

Los discípulos lo han abandonado, sus enemigos se burlan de la pretensión de Jesús en su relación con Dios. Sólo un centurión, el que está al mando de los que crucifican a Jesús puede proclamar: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!»

La fuerza del amor sostuvo a Jesús en la cruz. La respuesta de Dios fue la resurrección y glorificación de Jesús.

Ese amor de Jesús nos libera del egocentrismo abriéndonos a los demás. Capacitándonos y fortaleciéndonos para abordar los problemas de nuestro mundo. Así, ser discípulos de Jesús significa vivir en presencia de Dios, dando razón de nuestra esperanza, superando la tentación de acomodarnos al presente y renunciar a cambiarlo, a transformarlo como nos enseñó Jesús en su vida y en su palabra.

A los pies de la cruz renace en nosotros una fe madura y auténtica, en ese Dios que nos ama apasionadamente y nos invita a difundir su amor a toda la humanidad. Desde la cruz de Jesús somos enviados al encuentro de todos los crucificados de todos los lugares del mundo.

Santa Teresa nos señala que la oración es amistad con Jesús y esta amistad es volvernos como Él “siervos del amor”. Por eso quien vive este vínculo con Jesús, lo “ayuda a llevar la cruz”, sin abandonar jamás está condición de “siervo del amor”, sin buscar recompensas sino que “su gloria tienen puesta en si pudiesen ayudar en algo al Crucificado” (7M 3, 6).

Por eso santa Teresa nos exhorta a un discipulado auténtico, siempre en crecimiento, siempre atento a Jesús.

“Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco. Si Su Majestad nos mostró el amor con tan asombrosas obras y tormentos, ¿cómo queréis contentarle con sólo palabras?” (7M 4, 8).

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.