Podemos decir que la liturgia del Jueves Santo es la que mejor expresa la esencia de lo que fue Jesús y su mensaje. Mañana recordaremos la muerte de Jesús, pero hoy se plantea el significado de esa muerte. El lavatorio de pies expresa este significado y el de la Eucaristía que celebramos.

Fue, sin duda una acción profética. Esta es la razón por la que, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena, se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe...

 

Para poder agradecer convenientemente los dones que hoy recibimos: la Eucaristía, el mandamiento nuevo del amor, el ministerio sacerdotal, lo mejor es no “acostumbrarnos” ni “normalizarlos”, de lo contario perdemos la capacidad de asombro, perdemos la capacidad contemplativa que nos permite descubrir la consecuencias de aceptar en nosotros dichos dones.

Algunas costumbres piadosas nos han hecho perder de vista que la Eucaristía se ha de celebrar en “espíritu y verdad” (Jn 4, 23 ), es decir, en la entrega diaria a la voluntad del Padre, en la decisión de amar a todos sin excepción y dando sentido a la vida desde el amor. Todo esto vivido en el día a día, en el entramado de la cotidianeidad.

Tenemos la tendencia a “emocionarnos” con el mandamiento del amor, y esto hace que el mandamiento nuevo se nos quede en el plano de lo ideal y nos cueste mucho situarlo en la realidad.

Por eso, sabiamente, la liturgia de hoy nos ofrece el relato del lavatorio de pies, en lugar de la institución de la Eucaristía. Aquí aprendemos de Jesús “maestro y señor”, cómo se ama en lo concreto.

¿Qué imagen nos da el Evangelio? Un Dios arrodillado ante el hombre. Nos cuesta mucho esta imagen como le costó al apóstol Pedro. Tanto nos cuesta que el arte apenas lo ha expresado, ha cambiado sutilmente la escandalosa imagen que nos manifiesta el evangelio. No nos resulta tan fácil asimilar que querer ponerse por encima de alguien ahora es ponerse por encima de Dios, un Dios que elige arrodillarse ante su amada criatura.

Jesús hizo del servicio el sentido de su vida. Fue su forma de amar concretamente. Tocar lo más profundo de cada uno, tocarlo amorosamente y llenarlo de su amor. Rescatar al otro del abismo más hondo en que pudiera encontrarse. Sanar esos profundidades heridas. Un amor que se abaja para elevar al otro a la altura de la semejanza, diría san Juan de la cruz.

Santa Teresita nos ayuda a concretar aún más el aterrizaje del mandamiento nuevo: “meditando estas palabras de Jesús, comprendí lo imperfecto que era mi amor a mis hermanas y vi que no las amaba como las ama Dios. Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar. Pero, sobre todo, comprendí que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón” (Santa Teresita, Manuscrito C).

Y completa estas ideas con una pequeña oración que llena de esperanza: “Yo sé, Señor, que tú no mandas nada imposible. Tú conoces mejor que yo mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo nunca podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí. Y porque querías concederme esta gracia, por eso diste un mandamiento nuevo...” (ib.).

Cuanto más avanzamos en el camino de amor en lo cotidiano, mejor podemos comprender que el signo del pan y del vino es el signo de que Jesús ha sido entregado y se sigue entregando. Entregado como pan que se parte y se comparte. Él mismo es partido y compartido y así da vida y nutre a los demás desde ese amor hasta el fin. Entregado en el vino del amor, de la amistad, de la alegría del compartir juntos como única familia.

Y el pan y el vino están en la mesa de la comensalidad, lugar que a lo largo del evangelio se mostró como nuevo lugar del encuentro con un Dios vivo y verdadero que quiere “misericordia y no sacrificios, conocimiento (experiencia) de Dios más que holocaustos” (Mt 9, 13). Por eso en esa mesa entran todos, pecadores e impuros, ilegales, es decir, los que nadie ama y también los creídos de sí mismos, todos son invitados y el Anfitrión ruega, como el Padre misericordioso de la parábola, a que se sienten en esta mesa festiva.

Hay una sorprendente revelación que nos permite vivir el mandamiento nuevo, revelación que es una consigna: “permanezcan en mi amor” (Jn 15, 9). ¿Cuál es la razón más profunda de esto? “como el Padre me amó así los he amado yo”. Y eso permite entender la llamativa manera de expresar su mandamiento: “ámense los unos a los otros como yo los he amado”, (Jn 15, 9), no pide nada para Él, pide que nos amemos los que estamos en esa mesa y a los que atraídos por ese amor se sentarán allí en el futuro.

Otro servicio de Jesús es su oración al final de la mesa “que todos sean uno”. Es lo que pide, unidad entre nosotros reflejo de la unidad de las Personas divinas. Unidad que expresa el amor verdadero y adulto y el motivo de que otros crean “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”. (Jn 17, 21).

Hoy los signos tan simples y comunes que Jesús usa para expresar su amor y su entrega: lavatorio de pies, comensalidad, pan y vino tienen que llevarnos al recuerdo alegre y esperanzador de tantos gestos de amor cotidianos que recibimos y que también damos. Quizá por ser tan corrientes no nos damos cuenta que son tan reales. Recordémoslos hoy y siempre. Nos irá haciendo a la idea de que no se necesitan cosas extraordinarias para amar como Él nos ha amado. Que esos gestos comunes y pequeñitos llenan de luz el mundo; que son gotitas de agua que terminan por generar un río y después un mar. Un mar de amor verdadero que llega a todas las playas, un río que alimenta tantos terrenos, que es indispensable para todo un impensado ecosistema lleno de vida. Sólo el amor genera la vida. Pero se forma de esas incontables gotas de amor diario.

Entonces habremos entendido y cumplido realmente lo que Él nos pide “Hagan esto en memoria mía”. (Lc 22, 19).

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.