Hoy somos invitados a dejarnos atraer hacia el Crucificado. A poner nuestra mirada solo en Él y a preguntarnos por qué está allí.

La respuesta está en el mismo evangelio. En todo el texto evangélico. Su condena a muerte en la cruz fue la consecuencia de su vida. Jesús muere en una actitud de solidaridad y de servicio a todos. Sufre la muerte de un pobre, de un esclavo, de un abandonado que nada puede ante el poder de los que dominan el mundo...

 

Como el buen samaritano de su parábola, Jesús no fue ajeno al dolor de nadie. Dolor de los enfermos que se le acercaban, dolor de los pecadores condenados por todos, dolor de los corazones rotos porque se les negaba el amor (mujer de la hemorragias, prostitutas, leprosos), dolor de los socialmente odiados (publicanos), dolor de un pueblo desorientado por el abandono de sus dirigentes.

Hace dos domingos atrás escuchamos a Jesús utilizar la metáfora del grano de trigo. Con ella nos enseñaba que el egoísmo, en cualquiera de sus formas, sólo puede derrotarse con el amor, un amor de calidad hasta el extremo. No es un amor cualquiera, sino uno que surge de la conciencia de ser amados por Dios. Jesús ha subrayado, con palabras y gestos, el amor incondicional de Dios sobre el que podemos construir y sostener nuestra vida.

Ese amor incondicional, el auténtico amor, lo ha ido trabajando y demostrando a lo largo de toda su vida y por eso la cruz es sólo el culmen de una experiencia en la que no se puede separar el amor experimentado del amor entregado. Saberse el “hijo amado”, pero no como simple título, sino como experiencia que da fundamento y sentido a su vida, lo impulsa a esa entrega diaria que llega hasta el final, a la entrega de la vida en la cruz.

La aceptación de la muerte en la cruz entra en el designio de Dios. Pero entendamos bien: Dios no quiere el dolor de nadie. Jesús no busca sufrimientos. La Pasión que vive y la cruz en la que muere es la consecuencia del testimonio de amor apasionado que Dios siente por toda la humanidad. Es el amor y no otra cosa la respuesta al odio, la injusticia y la violencia que Él mismo, solidariamente, sufre con los hombres. Entregado por un amigo a las manos de los enemigos. Así, solo sin compañía alguna es entregado a la rueda de la injusticia y violencia que le quitará la vida. Pero nos sorprenderá saber lo que ha afirmado “nadie me quita la vida, yo la doy libremente”. No es arrastrado por las fuerzas del mal, sino que Él en la plenitud de su señorío expresa su amor sin echarse atrás ante nada.

Del Crucificado no parte ningún reproche, ninguna queja. Pero de su corazón abierto por la lanza del soldado brota sangre y agua, símbolo del amor misericordioso que nunca se cansa de perdonar, sanar, liberar nuestras vidas.

La contemplación auténtica de Cristo Crucificado obliga a deslizar la mirada hacia los miembros más sufrientes de la humanidad. Así nos lo enseña un gran místico carmelita, el Beato Francisco Palau, que nos encomienda: “Ora a ratos por las necesidades del cuerpo llagado de Jesucristo y ocúpate enteramente en la salvación de los otros”. “Constitúyete como una verdadera madre de tus prójimos, ya sean buenos o malos. Mételos dentro de tu corazón. Míralos como verdaderos hijos tuyos, cúbrelos con las alas de tu corazón”.

Desde la mirada al Crucificado somos invitados a poner la mirada en los otros crucificados: por la falta de amor y de entrega, por la falta de solidaridad. Tantos hermanos heridos: familias rotas por el desamor, niños y adultos no amados pero cuyo egoísmo es enaltecido, terribles confusiones de mundo y de lenguaje; niños condenados a muerte en el vientre materno; niños y adultos condenados al hambre y la explotación, reclutados para ser soldados; niños y niñas padeciendo violencia de los adultos y de otros niños; abuso de niños y adolescentes (físico, sexual, psicológico), indiferencia ante sus reclamos de justicia; jóvenes sin futuro, sin sentido en sus existencias; amores traicionados; hombres y mujeres sin trabajo al límite de sus fuerzas; gente deprimidas por haber llegado a aguantar lo indecible; injusticias y arbitrariedades de los poderosos; manipulación, culpabilización de unos contra otros, convirtiéndolos en chivos expiatorios; intolerancia y violencia social en escalada interminable; divisiones y conflictos sociales; vínculos y convivencias llenos de cizaña, sospecha y discordia; mentiras y verdades sesgadas por quienes tienen el poder de la comunicación y que hunden en el pesimismo y la desesperanza. En fin, es interminable la lista de inhumanidad y pecado.

Lo que estos crucificados esperan y anhelan de nosotros es la más entrañable misericordia. No se trata de un mero sentimiento que se expresa en buenas intenciones y bellas palabras. Es algo mucho más radical: es una actitud fundamental ante el sufrimiento ajeno, es reacción y acción para erradicar todo el mal que el rechazo del amor ha podido gestar, eso es la inhumanidad que golpea nuestro mundo.

Nosotros testigos del amor crucificado, llamados a amarnos como Él nos ha amado, necesitamos descentrarnos de nosotros mismos, escuchar el clamor de los crucificados y colocarnos en ese lugar de sufrimiento en el que se encuentran los heridos. Entonces, el amor que nos conmueve ante la Eucaristía o ante la Cruz, será un amor real que sigue brotando, del costado abierto del Crucificado, y a través nuestro se derrama incesantemente sobre las heridas de todos los hombres, nuestros hermanos.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.