Hemos llegado a la Vigilia Pascual. También nosotros buscamos a Jesús, el que fue crucificado. Pero no lo buscamos solos, sino en comunidad, en familia. Esperamos su presencia.

Es una noche especial que pide nuestra atención, “estén despiertos”, tantas veces recomendado por Jesús. La vigilia pide nuestra atención despierta mientas escucha y hace memoria de la historia de la salvación. Las lecturas de esta noche repasan la presencia del Señor haciendo que nuestra historia humana, hecha de rebeldías, pecados y debilidades, se convierta, por el amor incondicional de Dios, en historia de salvación...

 

Dotados de una mirada nueva y con los ojos bien abiertos, a la luz del cirio pascual, símbolo de Jesús resucitado, seremos capaces de descubrir lo invisible a través de lo visible.

¡Cuánto nos cuesta ver con los ojos de la fe! ¡Qué fácilmente nos quedamos con lo que podemos constatar y controlar!

Nos hemos fabricado «un mundo cerrado», sin proyección ni futuro, sin apertura ni horizonte. Aprendimos a vivir sin futuro, a actuar sin proyectos. Hay que vivir el momento presente intensamente. Pero no como sabiduría que no se pierde en ensoñaciones o miedos por futuribles imaginados. Sino como formas de desencanto y de desesperanza. Unos corren al trabajo y se precipitan en una actividad intensa y deshumanizadora. Otros se refugian en la compra de cosas siempre nuevas. Otros se distraen con sus programas preferidos de televisión. Se crean relaciones humanas precarias y descartables. Somos incapaces de compartir a fondo con nadie, ni siquiera nuestra familia.

La pandemia, que todavía nos afecta, ha derrumbado tantas cosas. Al llevarnos al confinamiento ha puesto en evidencia que no nos soportamos a nosotros mismos y menos a los demás. Que necesitamos continuos estímulos, para distraernos de lo esencial, buscamos distancia de los demás, para sentirnos vivos. No podemos pararnos a “perder tiempo” con aquellos con quienes convivimos.

Esto es instalarse en la desesperanza. Y, sin embargo, el ser humano no puede vivir sin esperanza. Y cuando la esperanza se apaga en nosotros no crecemos, nos empobrecemos, nos destruimos. Sin esperanza dejamos de ser humanos.

Nos hemos acomodado a la religión porque es más fácil ser religiosos que creyentes.

El anuncio de la resurrección viene en ayuda de nuestra desesperanza, de nuestra débil fe y nuestra erosionada caridad.

Escuchamos el anuncio de la resurrección según san Marcos. Aparentemente un relato inquietante. Al narrar la Pasión de Jesús, san Marcos dejó constancia que los discípulos abandonaron a Jesús y que las mujeres que lo seguían miraban a distancia. Ahora nos dice algo más insólito todavía: las mismas mujeres fueron a ungir el cuerpo de Jesús en el sepulcro, pero no sólo no encontraron el cuerpo de Jesús, sino que huyeron de la tumba sin poder superar el miedo y, en contraposición al mandato del ángel, no dijeron nada a nadie. Un silencio que es fruto del pavor que les produjo una experiencia divina, experiencia en la que se les hablaba de la vida después de la muerte.

Los cuatro evangelio constatan las dificultades que tuvieron los primeros testigos en creer en la resurrección, o en el reconocimiento de Jesús resucitado. Estaban apesadumbrados, se sentían derrotados, con la esperanza hecha añicos. Nunca esperaban un mesías muerto y menos resucitado. Eso no entraba en sus esquemas mentales, por eso lo abandonaron en la Pasión y comenzaron a dispersarse tras su muerte.

La resurrección es algo que los desconcierta, no era un acontecimiento esperado. Ni estaban predispuestos a esto. La resurrección no formaba parte de la fe de todo Israel. Sólo creían en ella los fariseos y buena parte del pueblo, pero no lo creían como Jesús lo anunciaba. Por eso se dio un malentendido. Mientras que Jesús hablaba de su resurrección inmediata, ellos interpretaban que se trataba de la resurrección al fin del mundo. Por eso se sorprendieron, se desconcertaron y no acababan de creerlo.

Las mujeres salieron huyendo del sepulcro sin decir nada a nadie. Pero la revelación tenía que ser completada por un Jesús resucitado que los precedía a Galilea, donde lo verían, como se les había dicho.

¿Qué significa ir a Galilea? ¿Qué quiere decir que “allí los precede”?

Este evangelio de san Marcos se desarrolla principalmente en la región de Galilea. De allí son oriundos los discípulos. Allí tenían sus vidas, sus familias, sus trabajos. Allí escucharon por primera vez a Jesús. Allí fueron llamados por Él a seguirlo.

Es el lugar donde, asumiendo los mismos gestos, la misma bondad, la misma disponibilidad de Jesús, lo encontrarán vivo. No como una ilusión, no como algo imaginado. Esa presencia es real, y va transformando su manera de ser, no mágicamente, sino suavemente. Es una experiencia concreta que motiva e impulsa su vida.

Pero la forma tan singular en que el evangelista san Marcos nos habla de la resurrección subraya que la esperanza cristiana, a diferencia de las ilusiones humanas, se desarrolla en medio de los sinsabores que tiene la vida. De hecho la fe en la resurrección surgió a pesar de la cruz.

Ahora todo cobra sentido. El amor demostrado en la cruz, en el Pan y el Vino compartido, en el lavatorio de pies, en el amor derrochado con aquel perfume con que Jesús fue ungido en Betania. Todo se vuelve accesible. Todo cobra nuevo sentido a la luz del Resucitado. Podemos vivir con generosidad “derrochando” nuestro tiempo escuchando y compartiendo con quien está junto a nosotros, con quienes más lo necesitan, podemos compartir la mesa juntos, mirarnos a los ojos al comunicarnos o en el silencio. Podemos vivir amando desinteresadamente porque la vida no se pierde sino que se gana. Sabemos que el amor es más fuerte, lo aprendemos gracias a la Resurrección. Podemos disfrutar todo lo hermoso y bueno que hay en la vida.

El cambio fundamental al que nos llama Jesús es claro: dejar de lado la corriente del mundo, que nos hace egoístas, que nos hace mirar a los demás en función de nuestros propios intereses y atrevernos a iniciar una vida más fraterna y solidaria. La fuerza del Resucitado nos sostiene con su Espíritu.

Les deseo que el amor se encienda en cada corazón para que experimenten la vida y el Amor salvador de Jesús Resucitado, en las Galileas que a cada uno le toca vivir.

Pablo Ferreiro, ocd.