Hoy, segundo domingo de Pascua, nuestra mirada se dirige a la Iglesia que ha nacido del Costado abierto de Jesús Crucificado. En cuyo centro se encuentra, dándole vida, Jesús Resucitado.

Nacida del Corazón abierto del Salvador. Nacida de su Amor Misericordioso. Está llamada a ser comunidad de Misericordia. Porque ha de acoger a todos: pecadores, excluidos, pobres, olvidados, sufridos, estigmatizados sociales, no amados. Y en el seno de ella, en el corazón de cada hermano que compone esta comunidad, han de encontrar la vida Divina que se comunica a través de la Misericordia...

 

Porque la Misericordia recibida no es para guardarla egoístamente, nunca puede ser una vivencia cerrada en nosotros. Sino que ha de volvernos a nosotros misericordiosos, canales trasmisores de esa inagotable Misericordia.

Misericordia, es sentir como propio lo que vive el otro. Es ofrecerle el corazón y tenderle continuamente la mano hasta que alcance la plenitud de Salvación que sólo Cristo puede comunicar. Jesús sintió como propias nuestras dolencias, nuestros sinsentidos y pecados, nuestras amarguras y opresiones, nuestra desorientación y desvío. Los hizo suyos y por su Amor Misericordioso y fiel fue hasta las últimas consecuencias, por nosotros, por nuestra salvación. Y así extendió los brazos en la cruz. La Resurrección confirma que éste es el camino de todo aquel que se sienta tocado por el Amor Misericordioso del Señor.

El Evangelio muestra al Resucitado encontrándose con los suyos, que llenos de miedo se han encerrado. En medio de ellos aparece saludándolos: «¡La paz esté con ustedes!».

«Paz»: el saludo típico del pueblo de Jesús, ahora en boca del Resucitado sintetiza todo lo mejor que nosotros podemos desear: la salud, la integración personal, la armonía con las personas, con la naturaleza, con Dios. El Resucitado no nos promete la prosperidad o el triunfo, sino la paz. Paz no significa que encajen todas las piezas de nuestro rompecabezas, sino que podamos contemplar todo, incluyendo los sinsabores y sufrimientos, con los ojos compasivos de Dios. Porque eso es lo que hemos de hacer, aunque el aprendizaje sea largo: aprender a mirarnos a nosotros mismos y a los demás, con los compasivos ojos de Aquel a quien Jesús nos enseñó a llamar Abba-Padre.

«Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor». En los discípulos surge la alegría. Paz y alegría es lo primero que recibimos de Jesús Resucitado. No hay queja, ni reproche de parte suya porque lo hayan abandonado. Su amor es más grande que nuestra pequeñez y que nuestro pecado.

«Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado». Y les muestra sus heridas: Para despertar su fe, Jesús no les pide que miren su rostro, sino sus manos y costado. Que vean sus heridas de crucificado. Que tengan siempre ante sus ojos su amor entregado hasta la muerte. Las heridas en el cuerpo del Resucitado subrayan que el amor deja huellas. Son para Él y para nosotros la mejor prueba de su amor.

Las heridas están en sus manos de buen pastor que sigue custodiando nuestra vida. Y también muestra la herida de su costado, para que miremos ese Corazón abierto al encuentro de los más olvidados, de los no amados; descubrir sus heridas y su pasión. Es ese Jesús el que ahora vive resucitado por el Padre.

«Reciban el Espíritu Santo…»: les vuelve a confiar la misión para la que los llamó: extender la experiencia de Misericordia a todos los hombres. Así como no les reprochó su abandono, así ahora muestra que sigue confiando en ellos. Nunca podremos decepcionar al Corazón de Jesús, porque el simplemente nos ama; se decepciona el que instrumentaliza al otro, lo usa, no lo ama.

«Tomás no estaba con ellos». Esta aclaración prepara una lección para todos los cristianos. Tomás es incrédulo porque solo tiene información sobre la resurrección, no tiene experiencia. En cierta manera la reclama: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré». Jesús le concederá lo que pide pero lo corregirá también, es decir, le dará la experiencia personal que pide, pero no separado en el individualismo, sino unido a la comunidad.

Separado de la comunidad no se puede tener experiencia de Jesús vivo. Ese individualismo que reclama Tomás lo pone en peligro de perderse. Solo unido a la comunidad se puede encontrar a Jesús. Por otra parte, la comunidad tiene que vivir en el amor y la misericordia a imitación de Jesús, de lo contrario los hombres perderán la esperanza, y no podrán encontrar a Jesús como vida y salvación.

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos». Las huellas de la cruz son inseparables Jesús Resucitado porque son el signo del amor total, de un amor que permanece para siempre.

«¡Señor mío y Dios mío!» La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad. Al llamarle “Señor y Dios”, reconoce su humanidad y divinidad, y al decir “mío”: reconoce el amor de Jesús y lo acepta dándole su adhesión.

La presencia de Jesús Resucitado se percibe como cercana y amistosa. En ella manifiesta su interés por nosotros, trata de llevarnos a su plenitud de vida. Abrámonos a la experiencia de su Amor fiel y Misericordioso siendo nosotros corazones misericordiosos para con los demás.

Fr. Pablo Ferreiro,ocd.