Cada domingo de Pascua la Palabra de Dios y la Eucaristía que recibimos quiere ayudarnos a penetrar más y más en el misterio de la resurrección del Señor.

La resurrección de Jesús es el centro de nuestra fe, pero nunca acabamos de comprender su más profundo significado. Aún así somos llamados a vivir esa vida nueva del resucitado que ya está en nosotros desde nuestro bautismo, vida que cultivamos, que damos vía libre en nosotros cada vez que aceptamos las enseñanzas de Jesús y las intentamos llevar a la vida. Esto es “evangelio”, esto es Buena noticia de Salvación...

 

Hoy san Lucas nos ayuda en esta apertura al Resucitado que viene a nuestro encuentro. Como venimos diciendo, cada relato evangélico subraya la dificultad que tuvieron los discípulos para comprender la resurrección de Jesús. No era algo que esperaban, no entraba en sus esquemas mentales, no era su esperanza. Por eso en el evangelio de hoy, a pesar del testimonio de Pedro y del relato que hacen los discípulos de Emaús, a pesar de la alegría de ver al Señor que en ese momento se hace presente se preguntan interiormente: ¿será una alucinación?, ¿estarán viendo un fantasma?, ¿verdaderamente es Jesús, el Maestro al que siguieron? Si quisieran autoengañarse y engañarnos no narrarían sus graves dificultades para poder creer en el Resucitado.

Jesús tiene las señales de la cruz y come lo mismo que ellos. Ahora se va haciendo realidad en ellos la «paz» que les deseó el Resucitado al llegar. Nosotros también somos destinatarios de esa paz. San Juan de la cruz nos diría cómo accedemos a ella: “Estése, pues, cerrado sin cuidado y pena, que el que entró a sus discípulos corporalmente, las puertas cerradas, y les dio paz sin ellos saber ni pensar que aquello podía ser, ni el cómo podía ser, entrará espiritualmente en el alma sin que ella sepa ni obre el cómo… y se las llenará de paz, declinando sobre ella, como el profeta dice (Is. 48, 18), como un río de paz, en que la quitará todos los recelos y sospechas, turbación y tiniebla que le hacían temer que estaba o que iba perdida. No pierda (el) cuidado de orar y espere en desnudez y vacío, que no tardará su bien”.

El santo carmelita nos dice que no nos preocupemos de nuestras incapacidades para este encuentro, basta abandonarnos confiados. El Resucitado llegará y nos dará su paz que despejará todo mal de nuestra interioridad. El cambio será tal que, como dice el mismo san Juan de la cruz, le “parece al alma que todo el universo es un mar de amor en que ella está engolfada, no echando de ver término ni fin donde se acabe ese amor, sintiendo en sí, como habemos dicho, el vivo punto y centro del amor”.

La Resurrección se nos ha dado a conocer esta verdad: la del infinito amor de Dios. Y es la acogida de este amor por parte nuestra que lo cambia todo.

Jesús sigue ofreciéndonos hoy su vida y su salvación. La acogida de este amor en nuestra vida, el orientar toda nuestra existencia desde la vida y la palabra de Jesús, que se centra en la vivencia del mandamiento nuevo del amor y nuestro compromiso por hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo, son condiciones necesarias para seguir experimentando, una y otra vez, que Jesús está vivo y camina junto a nosotros.

«Ustedes son testigos de todo esto». Somos llamados a ser testigos de esta experiencia de Jesús resucitado, de su palabra y sus gestos que cambian nuestra vida y la vida de aquellos que se deciden a creer. Somos testigos, sí, pero no enseñando doctrinas sublimes, sino contagiando su experiencia. No hablando grandes teorías sobre Cristo sino irradiando su Espíritu. En fin se trata de hacerlo creíble con la vida, no solo con palabras.

Hoy se hace necesaria una labor de recreación de nuestra vida y de nuestra Iglesia. Es necesario hacerlas capaces de esa salida o éxodo exterior imprescindible para mostrar al mundo la realidad, vigente y operante, de la resurrección. La fe en la Resurrección hace que nuestra vida no vuelva a ser la misma, sino que se convierta en irradiación del incondicional amor de Dios por toda la humanidad. Amor que no es mero sentimiento sino compromiso de Dios y de los que creen en Jesús por la vida en plenitud y la felicidad de toda la humanidad.

Fr. Pablo Ferreiro, ocd.