El cuarto domingo de Pascua, llamado del Buen Pastor, nos ofrece una de las más conocidas imágenes con que Jesús explica qué quiere ser Él para nosotros.

Quizá esta imagen nos resulte algo difusa, porque no conocemos de primera mano lo que es un pastor y su tarea. En tiempos de Jesús el pastor era el dueño de un pequeño número de ovejas, a las que cuidaba como si fueran parte de la familia. Tenían nombre propio cada una y no era extraño que el pastor, por cuidarlas, les permitiera refugiarse en su propia casa. Como anécdota, en el Antiguo Testamento el profeta Natán relata, para el rey David, una parábola protagonizada por un pastor que tiene una oveja a la que hace dormir en su propia cama. A tanto llegaba el cuidado de estos animales. Es del todo comprensible, porque de ellas dependía el sustento de la familia, las ovejas aportaban lana, leche, carne, cuero, abono...

 

Así que para los primeros oyentes de Jesús, era bastante familiar la imagen y podían entender fácilmente que tales pastores cuidaran y se expusieran a peligros por la vida de sus ovejas.

Jesús va más allá: ama a sus ovejas, o sea nosotros, y por nosotros da la vida. Nos conoce por nuestro nombre, es decir, tenemos un rostro y una historia que Él bien conoce. Por eso sabe conducirnos y su amor está dispuesto a todo por nosotros.

La expresión “buen pastor” significa que es el pastor ideal, único en su género. Con esta imagen nos está diciendo que su presencia como Resucitado es guía, cuidado y protección. Esto constituye las necesidades básicas de todo ser humano. Con esta imagen de Buen Pastor han surgido en los creyentes la confianza y con ello el compromiso.

Pero hay más, el Buen Pastor dice «conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí». No se trata de un conocimiento a través de la razón. Para el pueblo y la época de Jesús, la palabra conocimiento indicaba relación íntima. En el caso de Jesús esa intimidad se da por la participación del Espíritu Santo. Este mutuo conocimiento y amor, Jesús lo compara con el que existe entre Él y el Padre. Desde este conocimiento mutuo y esta comunión de corazón que provoca el Espíritu Santo, el Buen Pastor comparte su vida con las ovejas. Esta experiencia, que cada “oveja” vive con el Buen Pastor, necesita hacerse visible entre cada oveja y el resto del rebaño, es decir, en la Iglesia se necesita vivir en el mutuo conocimiento y la cordialidad.

Hace falta hacer una precisión muy importante. Jesús encarna el modelo ideal, único de Pastor. Hemos oído hasta la saciedad, que los pastores en la Iglesia son los sacerdotes y obispos y el resto del pueblo somos ovejas. Nada más lejos de lo que nos quiere decir el evangelio. Todos somos ovejas del mismo y Único Pastor. Y no solo somos ovejas sino que todos hemos de ser “pastores” de nuestros hermanos: custodiar, acompañar, nutrir la vida, mostrar interés y solicitud por los demás, desvivirse por ellos, promover el bien, el crecimiento y la plenitud de cada hermano, etc.

Todos hemos conocido personas que se han desvivido por nosotros, que nos han ayudado de muchas maneras en el camino de nuestra vida. Y lo han hecho desinteresadamente, con sus limitaciones humanas, con generosidad, valentía. Así nos han enseñado amar siendo, sin proponérselo, imagen trasparente de Jesús Buen Pastor.

De este modo se hace patente la afirmación de la segunda lectura: «¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente».

Fr.Pablo Ferreiro,ocd.